Spanish poem
La Inmortal
by Almafuerte
Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo.—Jesús.
Aquí salgo del seno profícuo de la cósmica chusma sagrada, como surgen los rudos poceros, ungidos en greda, del pozo que cavan; con el acre sabor de la simple, desolante sentencia judaica: la ansiedad de la luz en los hombres recién aparece después que se sacian.
Aquí traigo los puños repletos de corrientes vergüenzas palmarias, cual un frío bufón que mostrase los ruedos raídos de un manto de grana; de vergüenzas corrientes que corren sin herir, sin rozar suspicacias... ¡Por qué tanto repican las cosas que ya no penetran ni a golpes de maza!
De vergüenzas corrientes que quiera sujetar con mi sola pujanza; de sus crines hirsutas cogerlas y al rostro perplejo del orbe lanzarlas. Pues yo sé que los nudos gordianos al más leve tirón se desatan; que se buscan misterios y surgen verdades que ciegan de simples y claras.
Que cualquier intelecto mediano para dar en la clave se basta, como al propio través de la noche con un candilejo cualquiera se marcha, que con sólo pulsar una vida ya se pulsan las cuerdas humanas; pues un solo vellón, uno solo, resume, presume la ingente majada.
Y aquí voy a tejer mis estrofas a favor del azar, como salgan, cual un niño que hacina en manojos jazmines dilectos y agrestes retamas; como corren, según las caídas, por el dorso terráqueo las aguas, y según las arrugas y gestos las perlas del santo sudor por la cara.
Porque nadie trenzó las ideas con mayor solidez y más gracia, que la gracia de flor con que nacen y van, por sí mismas, tramando su trama; porque toda labor que perdure y al rodar de los siglos no caiga, la sacaron así, paulatinas, las inusas ambientes del fondo de un alma.
Yo no sé qué saldrá de mi numen con mi pobre conciencia turbada: la conciencia del gusto vacila la vez que la miden conciencias villanas. Mas yo sé que bajé los peldaños por amor maternal de las llagas: si hay un juez que las vidas escruta, la gota de Cristo que tengo, me salva.
No será mi labor un conciso, bien trabado, bien lógico drama; las verdades morales se chocan y el arte más alto jamás las enlaza. Mas también, la visión de mi chusma cual andrajo flotante divaga... que descienda mi Dios a mis versos: ¡de pie!... ¡de rodillas!... ¡que voy a cantarla!
Pues, ¿qué son las grandezas más grandes, las blancuras del pecho más blancas, frente mismo del máximo fondo de donde salieron tan fuertes y santas?... ¡Lo que fueran tus gotas de llanto con las que hay que llorar, comparadas! ¡Lo que fueran chocando tus besos si dos muchedumbres de soles chocaran!
¡Lo que fueran tus piedras preciosas en los campos del éter bordadas! ¡Lo que fuera tu gesto de hormiga de todos los orbes ritmando la marcha! ¡Lo que fuera tu voz gobernando la revista de todas las razas! ¡Lo que fueron tus horas de insecto si todas las horas de Dios las tragaran!
Como en esos arcaicos escombros que silvestre zarzal amortaja, sobre plintos de mármol augusto discurren culebras terrosas y flavas, las culebras del hambre y los vicios su semblante de Dios desencajan y la bilis del Odio, superbas, de pálido azufre dantesco la bañan.
Ni el más leve, gentil sentimiento centellea su faz demacrada: pues al dulce rubor de las rosas la luz lo genera, la noche lo mata. Sus afectos flotando confusos en el mar del instinto sin playas, leviatanes enormes parecen que dentro su vago cubículo vagan.
¡Leviatanes enormes!... lo mismo que el vapor fantasmal de las aguas, con sus lívidos velos llorosos difuma de Londres la enérgica mancha: tras aquel invasor aguardiente que a geniales y a estúpidos mata, los contornos humanos asumen grotescos dibujos de bestias nefarias.
Turpitud multiforme, deforme, cuyo suero de gimio deprava cual tenaz filtración del infierno, familias y tribus, naciones y razas. Turpitud alevosa que viene de vigor y placer disfrazada sepultando la luz en la Sombra, torciendo, rompiendo la psiquis humana.
¡Leviatanes protervos!... Del modo que sus bravos arpones enlazan los torcidos anzuelos, la noche que dos espineles muy próximos atas: su persona moral es enjambre de torcidas pasiones bastardas, que la influencia de un astro maldito sacude, alborota, revuelve y engancha.
¡Leviatanes horribles!... Lo propio que las pobres personas baldadas, con los órganos sanos que tienen reponen o finjen aquél que les falta: de palpar sus tupidas tinieblas, ha sacado, también sus ventajas, y al dolor sin amigos que sufre le brotan ideas con dientes y garras.
Y cual dos huracanes contrarios que barriendo la tez de la Pampa, sibilantes de furia se funden y en férvidas rondas al éter se lanzan: su contrato social es un choque de violencias rasantes y pravas, remolino de pestes, coyundas que toda la recua del mal acollaran.
Pero como de dos peregrinos que repechan abrupta montaña, más lesiona sus pies el cobarde que menos afirma sus pies en la marcha: solamente los mansos corderos en aquel pedregal se desangran... ¡Mujerzuela procaz a quien rinde la limpia, sonante, genial bofetada!
Y es amigo traidor, vil hermano, vil esposo, vil padre... ¡Que caigan los brazos de Cristo y le formen cual una materna, mimosa muralla! Yo no dejo a mi plebe convicta faz a faz de tus nobles infamias... ¡Será todo lo vil; pero nunca más vil que tu vida más útil y sana!
¡Qué! ¿No tienes amigos amables que te ponen el pie cuando pasas, ni jamás un gorrión de tus migas llamándote padre rajó tus espaldas? ¡Qué! ¿No venden los grandes hermanos a sus grandes hermosas hermanas y los grandes maridos no suben después que sus honras bajaron muy bajas?
¡Qué! ¿Dirás que tus niños de cera no son tigres cachorros que lactan; que tus lazos efebos no sufren vigilias perplejas, insólitas ansias; que tu joven doctor,—ese mismo que repujan masaje y gimnasia,— siente claro, vivaz, fulminante cualquiera resorte maestro del alma?
¡Qué! ¿Dirás que tu guante de Suecia diez pulidas ganzúas no envaina; que tu sacro cerebro de Newton no vibra quién sabe que celdas nefandas? ¡Qué! ¿Dirás que mi firme cuchilla cuando hiende la carne del paria, porque bruñes tu piel con gamuza no hiere tu propia, tu misma carnaza?
Como están bajo el rubio topacio del provecto jerez agolpadas, por subir y flotar y engreirse,— chusmaje bravío,—las heces amargas; como están en el frígido lecho de los hondos aljibes de Arabia, muchedumbres de vírgulas viles debajo del puro cristal de las aguas;
Como está la ocasión del estrago,— ella misma, total, fulminaria,— tras el amplio dosel de esas nubes fugaces cual sueños fugaces que pasan; como cuelgan de regios tapices primorosas, bellísimas dagas, aguardando al Caín, al Otelo, o el cívico Bruto que vibre sus lamas;
Cual desdobla, crespones azules en las cumbres del monte la larva, mientras hierve iracunda en el fondo como una iracunda, perpetua amenaza: cual recoge la bestia felina su retráctil, su elástica zarpa, mientras duerme feliz meditando su opípara cena de carnes humanas;
Como terca y astuta y sumisa, sin tal vez amagar, se recata por detrás de la piel reluciente, del cáncer hediondo la red soberana: como corre a través de cien cráneos, dubitante y anónima y canta, la imperial, la furiosa locura que al fin sobre alguno se afirma y estalla:
Así están en tu ser los extremos do tu heroico egoísmo se lanza cada vez que tu yo, tu persona, tu fin, tu destino, peligran y claman. Así están aguardando pacientes la ocasión, de reinar como amas, las que tú denominas torpezas no sé con qué gesto de arcángel sin alas.
Así está lo más vil soportando su capullo de túnicas blancas, sin decir, ni vibrar, ni radiarse si el mar de tu vida no agita sus aguas... ¡Por qué toda esa luz que refulges puede ser en tinieblas trocada, miserable montón de miseria que todas las manos moldean y amasan!
Porque tú,—gran señor, gran patricio, gran ilustre, gran genio, gran lama,— por lo mismo que moro en las sombras, a mí no me ciegas, te cuento las manchas; y detrás de tu aspecto solemne, del perfume de honor que derramas, de la curva triunfal de tu testa... ¡Yo sé lo que sobra, yo sé lo que falta!
¡Que abandonen la cruz esos brazos que sin ver ni juzgar nos abrazan, y las lepras de todos envuelva su blanca batista que siempre está blanca que desciendan al mundo esas manos que la furia del mar amansaban, y al cerebro más firme y completo le impongan la enorme locura cristiana!
¡Que me cieguen mis ojos malditos, que con sólo mirar ya difaman! ¡Que me arranquen mi lengua de sierpe que sólo destila verdades airadas! ¡Que sacudan mi frente y la rompan como a frágil redoma de miasmas! ¡Que desgarren mi pecho y fulminen la esponja de viles vilezas que guarda!
¡Sí! ¡Yo sé que un perfume inefable, que un fulgor indeciso de alba, que una música sorda y sublime desprenden y esparcen las vidas más bajas! ¡Sí! ¡Yo sé que del fondo más hondo surgirán las alturas más altas, mientras haya girones, andrajos, deshechos, minucias de carnes humanas!
¡Sí! ¡Lo mismo que charcos hediondos resplandecen al sol como plata, y al brochazo del genio las formas, la cárcel del lienzo desertan y saltan; la presión de las manos divinas en la creta del Cosmos, echada, realizó la sutil y evidente, fugaz y absoluta presencia del alma!
¡Sí! ¡Que venga la luz a raudales, a diluvios ardientes de llamas! ¡Que me fluya del fondo del cráneo, y al último cráneo dilate su cauda! ¡Que se colme mi ser de justicia, del afán de ser justo sin saña, y lo mismo que a un campo sembrado me broten verdades eternas y mansas!
Aunque hieran los ojos del sandio que prefiere no ver lo que palpa; aunque surjan tan recias que rompan sus torsos ciclópeos, mi mísera entraña; ¡Aunque ya no me quede cerebro para hilar las ideas más vacuas y me tienda sin fuerzas, idiota, contando las olas del mar, en la playa!
Si el Amor electriza sus carnes,— el Amor que prolonga las razas, que los pies de marfil de Itacto besó con sus besos de nardos y ascuas;— yo no sé qué lupercos infames a tender ese tálamo bajan; yo no sé de qué vientre surgieron aquellas legiones de vicios con alas.
Primer vago rumor en el nido, primer vago matiz en la rama, primer vago fulgor en el cielo, los niños; pichones retoños y albas. Pero nunca sonríen aquellas mañanitas del polo nubladas; querubines de Dios... ¡querubines que bregan cubiertos de pupas y canas!
¡Valerosos impunes pichones que del nido paupérrimo saltan y a buscar su comida comienzan, nacientes el pico, la felpa y la garra; valerosos rapaces que tornan con sus tiernas manitas manchadas, a llenar, como próvidos padres, las faldas maternas de ricas migajas!
Como tienden al sol los rosales que tenaz el taladro taladra, sus dolientes pimpollos lo mismo que tiende sus brazos la vieja traviata: su precoz pubertad es el gesto, la sonrisa senil de las razas: floración de sepulcros, pimpollos que tardos, muy tardos, en fruto se cuajan.
Enfermizos, nacientes pimpollos cuyas hojas de seda desatas con tus artes de fauno... ¡con esos deleites sombríos que tú no declaras! Satinados pezones que sucias, callejeras deidades arrastran y recoje y estruja y exprime quién sabe qué mano de prócer, malvada.
Miserandos capullos marchitos con que nutres el horno y la fragua como quien alumbrase sus noches con rayos pedidos al sol de mañana, como quien recubriese sus minas con los propios diamantes que guardan... ¡salvación del afán de un minuto con toda la serie siglos que faltan!
Como aquellos duraznos salvajes que comercias a sendas barcadas, exquisitos algunos, carecen de rojos matices, de pulpa y de savia: cuando trueca su flor en espigas,— si en la vil soledad no se mata,— como fruto silvestre de bosque, de ser una vida rodando no pasa.
Y una vida vulgar es un cofre de inseguras, de fáciles tapas, donde mete cualquiera sus manos y el pobre tesoro completo le saca; pero hay vidas vulgares que suelen, como ciertas anónimas arcas, ocultar cautelosos resortes que saltan a veces... ¡y a veces no saltan!
¡Cautelosos resortes!... Lo mismo que los raudos cohetes traspasan el capuz de la noche y se vuelcan a chorros de luces brillantes y varias; de la mar bonancible, sumisa, de vulgares cabezas humanas, brotan siempre la curva silbante que vuelca sus luces o rojas o blancas.
Lo ruín, lo vulgar; el repuesto del templado cordaje del arpa; las torcidas virutas endebles que va como rulos dejando la tabla: la porción de color que pudiera ser mejilla, ser labio y es granza... ¡material de proyectos divinos que sirve de cuñas, andamios y gradas.
Como ruedan las noches de invierno, prematuras y torvas y tardas, sobre cada primor de las yemas poniendo colgajos de crudas escarchas, va también su vejez a dormirse del osario común a la zanja, sobre cada ilusión que despunta poniendo seguro, mordaz epigrama.
Porque toda vejez se defiende de los rayos del sol que se alza, circuyendo su calva de nimbos y echando a la joven burlonas miradas; porque toda vejez disimula su rencor al placer de las alas, desdoblando feroces antenas que hieren precisos la nota que falla.
Porque a cada ilusión que perdemos una fúlgida luz nos apagan y un nidal de pichones azules del fondo del pecho nos hurtan y matan: ¡y aquel antro se puebla de sombras que maldicen la lumbre del alba, y aquel nido desierto y helado, se colma de sendas tarántulas bravas!
Mas cual esos heroicos guerreros, cuya tez embellecen y manchan cicatrices de sable y estoque... con otras habidas en otras campañas; por la tez de mi plebe proterva, por sus manos roñosas y flacas, el afán del oficio depuso la tosca y excelsa señal de la garra.
Y así como los tales ilustres,— descreídos, borrachos y mandrias,— en las cuevas del pecho mantienen cual santo rescoldo, la fe de su patria; por haber ejercido de mártir en la ruda, perpetua jornada, yo no sé qué fulgor indecible de gran sacerdote, sus ojos irradian.
Como aquel rapazuelo sin padres que te sirve de pie mientras yantas, cuanto más te retiene la gula más fría recibe la sobra que traga: mientras cubre de goces tu vida, mientras llena de luz tu morada, su ración del placer que te sobra, se cubre, se llena de pútridas larvas.
Y cual esas mujeres abyectas que te sorben la bolsa y el alma, simulando llenar tus deseos con una presteza de madres y hermanas: cada vez que cualquier beneficio, tus umbrales de pórfido baja... ¡baja un garfio voraz de drenaje, un buzo equipado de recia escafandra!
¡Yo diviso diez lojas ardientes que conminan la gleba reacia, cuando miro tus dos manecitas jugar en sus lomos de acémila exhausta! ¡Yo percibo tu voz alentando la jipante cuadriga cansada cuando veo caer tus coronas en esas virtudes sombrías y flacas!
Yo me tapo los ojos y tiemblo cada vez que sus dotes alabas: me pareces un boa del Chaco que ya la fascina, que ya se la traga; me pareces un pulpo inhartable cuyas tenias flexibles alarga y en las carnes del náufrago inerte succiona la chispa final de substancia:
Me pareces un torpe cruz roja que la quiere sentir consternada y lo mismo que un sátiro ebrio le busca, le frota, le lama la sarna... ¡Caridad es pillaje, comedia, vanidad, precaución, diplomacia, relucientes retobos que cubren la bola de mármol del alma pagana!
Como aquellos hipócritas canes que regresan contritos al alba, rasguñando tu puerta febriles, con sordo gruñido suplican y llaman: a la faz de las puertas de bronce que la Luz de la Sombra separan, gemirán con gemido espantable tus más soberanos ingenios y famas.
Y cual ven al pasar los obreros que al par mismo del sol se levantan, a los lacios, tenaces mastines que lamen gimiendo la puerta cerrada: las legiones de siglos y siglos que lo Eterno en lo Eterno derrama, mirarán al pasar a tus grandes batiendo afanosos las áureas aldabas.
Y así como los amos del perro,— ya la sombra nocturna pasada,— vagamente recuerdan que alguno quién sabe ni cuándo ni dónde lloraba: la flamígera mente absoluta que al nidito de tórtolas haja, puede ser que sospeche algún día que suele ser genio la pécora humana.
¡Sí! Cual esa fugaz arenilla que en las losas del pórtico vaga, cuando silban los vientos airados y al ras del arroyo sus sondas arrastran: por los blancos pretiles del cielo y a la faz de su puerta sellada, rodarán reducidos a polvo... laureles, retortas, diademas y espadas.
Pues lo mismo que al joven recluta que reduce cobarde su talla, le despojan furiosos y cuasi le miden y escrutan las mismas entrañas: para dar con el peso preciso de la brizna de Amor que alentabas, tendrá Dios que arrancarte a montones las púrpuras necias que ciñen tu alma.
De la propia manera que cuando la jauría descubre la caza, si es algún jabalí temeroso, ladrando los canes parece que hablan; tu fortuna, tus leyes, tu ciencia que no fueron,—no, nunca,—cristianas, si perciben su faz en la sombra, clamando castigo parece que ladran.
Y así como Eliphas esgrimía su torzal de retórica sabia, cuando Job delirante, rugiente, royendo su podre con Dios altercaba cualquier lengua señora del verbo pretendió conducirla y salvarla... ¡si el Dolor es de Dios, Dios lo guía y el mismo trabajo secreto trabajan!
Cuando da su pulmón el sonoro resollar del titán que batalla: cuando rompe los aires cerúleos a enormes rebatos de viejas campanas cuando brilla su faz a las rojas claridades del odio y las llamas: cuando va deponiendo cabezas ya rubias y locas, ya graves y calvas.
Habrá siempre malignas y ocultas filtraciones de hiel en su alma: habrá siempre dos manos cubiertas de gruesos diamantes que compren y aplaudan: habrá siempre chispazos perdidos que fulminen las trojes humanas: habrá siempre fanáticos ebrios que azucen al dogo por pura jactancia...
¡Habrá siempre, jamás en tus puertas de valioso marfil incrustadas, rajadura secreta por donde vislumbre tu siervo verdades amargas! ¡Habrá siempre detrás de tus tronos un Luzbel que les roa las gradas y un bufón ofendido mostrando que son deleznables montones de paja!
Como no se concierta la sierpe con la sierpe vecina y hermana, para dar un asalto de lenguas regidas en orden, al tigre que pasa: pero como la sierpe que yace respirando rencor solitaria, si la pisa la fiera se torna silbante, furente, y el dardo le clava:
Cuando ya un dolor excesivo de su torpe modorra la saca, reacciona feroz y acomete la insignia primera de mando que alcanza. ¡Porque nunca el Dolor tuvo tiempo de inventar y medir represalias, y atropella por sí; por impulso, por ley, por instinto, por lógica innata!
Como va por el foso la Vida de sutil fetidez rodeada; como yacen los limos profícuos detrás de sus vuelos de fúnebre miasma: como triste, deforme, difusa, la materia del caos aguardaba los acentos de Dios que dijesen, ¡sé nube, sé piedra, sé carne, sé planta!
Así van las burbujas de gloria, las virtudes más bellas y mansas, por el ancho zanjón del arroyo, prolijas y sordas, latentes y bravas; así espera mi pulpa del genio, fluctuante, deforme, callada, la presión del Arar que decrete su toga, su lauro, su cetro, su tiara.
Y cual brotan del mar esas nubes que simulan paisajes de nácar; como luego, por múltiples modos, regresan y siempre la mar las exhala: no son más que vapor de sí propia tiranías, alcurnias y famas; flotarán esas nubes el tiempo que floten y rujan abajo esas aguas.
La crearon las leyes eternas al tomar al Dolor como causa y al poner la noción de lo Puro por fin, por objeto de todas las ansias: pero aquel bravo vivo doliente, para dar con la Luz que le llama, requirió sus declives y cauces, su plan y esqueleto de leyes humanas.
Y así fueron las leyes... tus leyes, que no salen jamás de una pauta: la feroz oriental que produjo los clásicos moldes de todos los parias; la que dió sus pacientes ilotas a la hirsuta virtud espartana; la de Roma imperial recubriendo de fúlgida gloria, cadenas y lacras:
La del recio trotar de barbarie por la fría cultura pagana, que llamó cosa vil al vencido, gordura del campo, terruño con alma: la cruel de tu ciencia de nombres desatando las turbas incautas, para verlas correr delirantes detrás de rotundas vacías palabras;
La presente, la tuya, la nuestra, la que tanto retocas y lavas, la que llena de tildes al débil y al fuerte le carpe y alfombra la cancha... rufianesca noción de un querube cuyas dobles, amplísimas alas ¡recubrieran cual toldos discretos, los torpes deleites de quien las pagara!
Sólo fué la grandeza que gozas por su fiebre de hacer, consumada... ¡mis hormigas de Dios, si quisieran, con finos buriles el aire labraran...! Mal oliente sudor de cuadrilla sangre vil de las hordas en armas: cenagoso caudal que tú riges... ¡lo mismo que rigen al mar sus resacas!
Si reclinas tu faz en el globo como quien su pulmón auscultara, cual recogen echados en tierra los indios errantes la voz de la Pampa; sentirás el traqueo solemne, de su heroica labor cotidiana, cual si fuera timbal ese globo y en él repicase la Vida su marcha.
Si tu yunta pujante sujetas, al plebeyo camino te bajas y un puñado de polvo recojes del mismo que bate la yunta que piafa: cogerás un terrón del progreso que sobó como el pan con sus palmas, sentirás el hedor de la sangre que puso diademas a todas las patrias.
Si cual un catador eminente que cien viejos borgoñas compara, comparando la sal de los mares en todos los mares tu crátera escancias: brindarás con el férvido mosto de la carne de chusma que tragan, con el trágico néctar del simple que fió de los genios que tú desamparas.
Si registras el haz del planeta, si sus dos hemisferios indagas cual pudiese la tigre llorosa buscar sus cachorros por cuevas y zarzas: no verás un rincón del desierto donde fije un pie la canalla, buscarás el solar, sin hallarlo, de aquel que tu feudo triangula y dilata.
Si barrenas la costra terrestre más allá de las últimas napas, como un niño voraz con sus dedos perfora y vacía su propia naranja: sacarás el serrín de los tristes que debajo del suelo trabajan... ¡se cerró como un puño el abismo, tal vez protestando de recua tan mansa!
Si tu joya más breve, más necia, con tu rítmica mano contrastas, como aquellas matronas que buscan a graves tanteos los granos que faltan: sentirás un imán prodigioso que tus hilos de nervios alarma... la pasión del orfebre ¡que puso tremantes de vida las prendas que gastas!
Si lo propio que sueñas dormido con un hecho anormal de tu infancia, las arenas del circo rehaces adonde moría la chusma cristiana: a verás fulminar los excesos faz a faz de Nerón que los ama: faz a faz de la cruz y los garfios cantar ideales, cantar esperanzas.
Y si como entre sueños consigues prolongar los que más se regalan, tu visión expectral prolongases y en cuevas y osarios la noche pasaras: la verías cavar en las tumbas el zanjón de la tumba pagana, la verías alzar los altares... ¡los mismos altares que ya no la salvan!
Si del reino ideal de Minerva desarrollas y extiendes el mapa, y persigues en él fríamente la ciencia más pura, la más algebraica: convendrás que tu triunfo primero triunfo fué de la humana ignorancia, y hallarás que los sueños de un loco van siempre alumbrando cualquiera vanguardia.
Si tus graves filósofos abres por sus hojas más plenas y sabias, con el propio fervor con que buscas los versos mejores del vate que aclamas: no verás en las hojas aquellas nada más que un montón de palabras que fulguran, a veces, la chispa del Sancho del siglo, la zona y la raza.
Si a tus negros presidios penetras, en tus patios ruidosos te paras, en la jerga del preso meditas y acoges y estudias los dijes que labra: sentirás que tu lengua y tus artes de los fondos humanos arrancan, como van por el cieno, latentes, los lirios, los nardos, las rosas, las dalias.
Si visitas en noches de planes de Caín y de Caco las aulas y su bronca función de poderes, la tuya de felpa, prolijo comparas: hallarás con horror y amargura, que tus goces orgánicos bajan y concuerdan con ese del crimen tan justo, tan fino manejo de garras.
Si la lívida frente del santo con genial entereza trepanas, y en sus nobles abismos arrojas ecuánime, libre, sedienta mirada: hallarás la molécula misma de algún cáncer atroz de cloaca, que pasando de padres en hijos abrió candorosas clemátides blancas.
Si en tus rondas nocturnas asieras al primer ganapán que pasara, como quien al azar, distraído, cualquier retoño del árbol arranca: detenerlas al César del orbe que sin rumbo ni séquito vaga, mientras alguien combina sus horas y el trono y el cetro de rey la depara.
Si la pulpa del vago, del ebrio, del peor, del más ínfimo palpas, como quien al buscar una perla registra la zona más vil de una casa: sentirás sollozar esas mudas, adiposas, abyectas piltrafas con el hondo plañir de los astros, que se hunden por siempre jamás en la nada.
Si la voz del silencio interrogas, del febril, del genial, del que brama, del que llena de sangre los cráneos, tañendo sonoras campanas de plata: pasará galopando mi Chusma por las teclas de luz de tu alma, cual si Dios, con sus manos, pulsase la gran sinfonía final de las causas.
Jadeante, grotesca, inasible:— por tenaz, por insólita y vaga,— soportando por siglos de siglos, minuto a minuto la cúpula humana: así está la misérrima plebe, la inmortal invencible alimaña que los tercos lebreles vigilan y acosan y aturden y aprietan y aplastan.
¡No! ¡No puede quedar en mi Chusma, nada más que la torva mirada con que atisban, tahures vencidos, sutiles, absurdas, quiméricas trampas! ¡No! ¡No puede sentir en su pecho nada más que rencores de paria, y el horresco furor de que todo reviente y en finas moléculas caiga!
Ni podrás vaporar para siempre las barreras de hiel que separan la mansión de las risas amables, de aquel «pandemonium» de sombras airadas,— ¡nada más que poniendo tus labios donde mismo supuran sus llagas, nada más que llenando tus leyes del fuego divino del alma cristiana!
Ella ve desfilar tus manjares en tus platos de Sévres y plata, mientras yace rendida, gimiendo debajo del bofe que cuasi no alcanza: y pues tiene tus órganos mismos, cualquier vez esos órganos mandan, ¡y sin dar una voz, cual un dogo del menos culpable la faz ataraza!
Ella siente la péndula loca de tus días felices, que pasan como fresca visión capitante de ninfas que ríen, de senos que saltan: y pues tiene sentidos y tiene por tenerlos, pasiones y ansias, ¡con su gran maldición de sedienta maldice, hasta mismo, tu vaso de agua!
Ella ve tus pasiones que vienen con talantes de santos y santas, reprimiendo gazmoñas, en ella, la mínima culpa, la mínima falta; y pues tiene noción de lo justo, de no sé qué suprema balanza,— ¡tu disfraz de Catón la sulfura, y enloda y escupe tu clámide blanca!
Ella ve florecer tus virtudes donde mismo resultan premiadas, cual escogen, sagaces, las hiedras, la sombra jocunda de cedros y tapias: y pues ella, la gran perseguida, sabe bien el coturno que calzas, cuando pisa tus pisos de roble, sospecha que pisa diabólicas trampas,
Ella ve que tu ley no sostiene ni el derecho ni el bien que consagra, cual un zarzo ruín que doblegan los rubios, copiosos racimos que carga: y pues ella prefiere los frutos al sostén deleznable de cañas, menosprecia tus leyes viviendo la vida salvaje del puño y la daga.
Ella ve que cualquier sacerdocio pone tren con la fe que levanta, como aquellas mujeres que dicen: ¡más oro, más lujo de quien más nos ama! y pues mora Minerva en su cráneo, y pues vive Jesús en su alma, ¡ni respeto ni amor le despiertan tus borlas de sabio, tus cruces de plata!
Ella ve que poder y fortuna con tu solo sudor no los ganas: que las flores no son del que riega, sino del dichoso señor de las plantas: y pues ese deber sin derechos, del nivel del señor la rebaja, ¡le parecen dogales malditos los clásicos yunques, las nobles azadas!
Ella busca la vida del ángel: de la simple función soberana, del dominio total de las olas que el cerebro ciñen turbantes de llamas; y al sermón del trabajo que suelen predicar los que nunca trabajan, magistrales modelos opone de trágicos robos, de finas estafas.
Ella siente brotar en sí misma, como sienten sus yemas las ramas, la legión palpitante de sueños que tientan, que buscan la luz de mañana: y ella ve que su propia belleza de lamentos del vientre no pasan: pues un sólo mendrugo que baje, cien días... ¡mil días de sueños aplasta!
Ella mira flotar en la zona del poder, el honor y la fama, las torcidas pasiones aquellas que sólo merecen el fuego y el hacha: y al buscar el abismo sin fondo donde deben caer fulminadas, ¡con espanto sublime las oye nombrar supervidas y cumbres humanas!
Y volviendo su rostro a sí misma de sí misma dudando, se palpa; y al mirar otra vez, le parece que todos un mismo secreto se pasan: y cien claros dilemas terribles la postrer ilusión le desgarran; ¡y una risa glacial y cortante del fétido fondo del hígado, lanza!
Formidable, diabólica risa... si Luzbel sus cavernas dejara, en los templos de Dios penetrase los días que visten de luces y galas, y riése de aquel artefacto de cartones y tules y panas: su rajante, su právida risa, ¡no, nunca pusiera más bajo las almas!
Desquiciante, profética risa... cual retumba la bóveda vasta y al tremendo tronar, trepidando, sus áureos, bruñidos estucos se rajan: ¡tal cuartea los tenues revoques, tal asorda la bóveda glauca del templo gentil del ensueño, aquella pujante, bestial carcajada!
Carcajada bestial de la bestia cuyo fuerte ronzal se desata: que se sueña sin freno, sin brida, sin un sofrenazo, sin una mirada; que presiente la selva salvaje, la continua, la libre vagancia; la existencia imperial del instinto, sin ver lo que pisan y rompen las patas.
¡No te pasme su furia! No temas sus arranques de virgen insana: mientras haya quien crea, no importa que templos y reyes y códigos caigan. Teme, sí, que cruzando tus ojos con sus ojos sin luz, te deshagas, como torre de horror y energía si el firme cimiento de piedra, le falta.
Teme, si con pavor indecible, con el mismo pavor de la nada, cual si todas las furias en coro pasasen mostrando sus hórridas caras, cual si todos los puntos del orbe le negasen apoyo a tus plantas, cual si todos los astros del cielo cerrasen de golpe sus ojos de llamas:
Que la bestia sublime descubra que no va su ración en la carga; que la virgen hermética sueñe y olvide sus votos de virgen y caiga: ¡que la mártir rechace su cáliz, que renuncie su nimbo y su palma cual un vil desertor, cual un Cristo que un día dejase su cruz solitaria!