Spanish poem
Los dos soles de Toledo
by Alonso de Alcalá y Herrera (1599–1682)
Pomposo mirto de Venus, cedro oloroso y gentil, verdes chopos y cipreses briosos en competir. Flores que en sublimes trinos lisonjeros conducís el primor y los fulgores del sol, nieve y de rubí. Del incendio de mi pecho pues testigos sois, oíd: que muere por Mitilene, el dueño de este pensil. Decídselo, flores, vos mirto, vos se lo decid, y sed mis terceros, chopos, si su cielo me encubrís. De los soles de sus ojos esplendores merecí, pero en mi destino temo perderlos por infeliz. En este vergel dichoso verlos pude presumir, no debo de merecerlos, doleos, flores, de mí. Soles son, yo lo confieso, pero su esplendor sutil pechos que no son de bronce pudo en fuego convertir. Y si victorioso en ellos glorioso trofeo vi, sé que es su querer muy niño y puédese desdecir. Yo estoy, flores, receloso, porque opuesto tengo en fin, y el querub que hermoso espero es sujeto femenil. Pero de suerte sus ojos los quiero, que desistir no podré si se opusiesen mil reinos y mundos mil. Que como por ellos muero luego que feliz los vi cobré bríos invencibles con que poder resistir. Pero socorredme, flores, que si en verlos los perdí, no puedo vivir sin ellos, por ellos quiero morir.
¿Qué mucho mi fe sintiese, mi bello sol, tu rigor, si en peligro vi mi honor, si temí que te perdiese? ¿Qué mucho que en mi creciese el vivo incendio en recelos si vi perder mis desvelos, y viendo mi honor perdido me vi sin ti, sin sentido y sin socorro en mis celos? Que puesto que yo en tus ojos de mi honor vi los reflejos no presumí que de lejos viese en ellos sino enojos. Pero si los desenojos yo mismo los escuché, revivir puede mi fe. Dese el temor por vencido, pues que victorioso he sido y de celos me libré.
Dudoso estoy si bronce soy, si hombre, pues vivo sin morir en mi tormento; ser hombre no es posible, pues no siento, y de hombre sólo tengo injusto nombre. Bronce debo de ser, bronce me nombre quien tuviere de hombre entendimiento; que si vivir sin Mitilene intento bien merezco de bronce vil renombre. ¡Oh bello querubín, dulce bien mío! ¿Cómo podré vivir sin tí, sin verte, si de mí, con ser bronce, no me fío? Pues te quiero, mis ojos, yo de suerte que en el fuego del pecho el bronce es río y puede ser el río de mi muerte.
Niño Dios, ciego Cupido, mi niño de oro, mi bien, ¿cómo es esto, tú en prisiones? Es querer que yo lo esté. ¿Qué fue, niño, tu designio? ¿Quieres el ídolo ser de este templo de mi pecho? Tuyo es siempre ¿no lo ves? Si por el oro y rubíes culto quieres pretender, rubíes son sus primores, mejor oro el de su fe. Siempre del niño te puse trono en mi pecho y dosel, y tú siempre con él fuiste ciego dios, injusto juez. Pero no quiero ofenderte, pues sin quererte ofender de suerte me destruiste que fue suerte el querer bien. Porque si perdí el sentido por quien no me quiere bien ¿qué suerte como perderle perdiéndome yo por él? Pero si en mis ojos, niño, tus ojos quieres ceder, yo sé bien que con ser ciegos los suyos rendir podré. Que sin los tuyos, chiquillo, bien sé que imposible es, pues por los de Mitilene ciego vive el infiel. Luego que su nombre supe mi suerte infeliz juzgué, y entre mí dije: don Lope, nombre de crueles es. Pero el mío, que es de Nise, peor mucho debe ser, pues ni sé si por él muero ni sé si vivo por él. ¡Oh si feneciese el tiempo del rigor y del desdén, y en sus ojos ver pudiese desempeños de mi fe! ¿En qué le ofendí, bien mío, o de qué tu enojo es, si con él siempre fui firme y él conmigo no lo fue? Cese tu rigor, mi niño, cese tu rigor, pues ves, que si mi pecho encendiste podré consumirte en él.