Spanish poem
XX (Retíranse los araucanos con pérdida de…)
by Alonso de Ercilla (1533–1595)
Retíranse los araucanos con pérdida de mucha gente; escápase Tucapel muy herido, rompiendo por los enemigos; cuenta Tegualda a don Alonso de Ercilla el estraño y lastimoso proceso de su historia
Nadie prometa sin mirar primero lo que de su caudal y fuerza siente, que quien en prometer es muy ligero proverbio es que de espacio se arrepiente. La palabra es empeño verdadero que habemos de quitar forzosamente y es derecho común y ley espresa guardar al enemigo la promesa.
Bien fuera destas leyes va la usanza que en este tiempo mísero se tiene. Promesas que os ensanchan la esperanza y ninguna se cumple ni mantiene; así la vana y necia confianza que estribando en el aire nos sostiene, se viene al suelo y llega el desengaño cuando es mayor que la esperanza el daño.
De mí sabré decir cuán trabajada me tiene la memoria, y con cuidado la palabra que di, bien escusada, de acabar este libro comenzado; que la seca materia desgustada tan desierta y estéril que he tomado me promete hasta el fin trabajo sumo y es malo de sacar de un terrón zumo.
¿Quién me metió entre abrojos y por cuestas tras las roncas trompetas y atambores, pudiendo ir por jardines y florestas cogiendo varias y olorosas flores, mezclando en las empresas y requestas cuentos, ficciones, fábulas y amores, donde correr sin límite pudiera y dando gusto, yo lo recibiera?
¿Todo ha de ser batallas y asperezas, discordia, fuego, sangre, enemistades, odios, rencores, sañas y bravezas, desatino, furor, temeridades, rabias, iras, venganzas y fierezas, muertes, destrozos, rizas, crueldades que al mismo Marte ya pondrán hastío, agotando un caudal mayor que el mío?
Mas a mí me es forzoso ser paciente, pues de mi voluntad quise obligarme; y así os pido, Señor, humildemente que no os dé pesadumbre el escucharme. Quel atrevido bárbaro valiente aun no me da lugar de disculparme: tal es la furia y priesa con que viene, que apresurar la mano me conviene.
El cual, como encerrada bestia fiera, ora de aquella y ora desta parte abre sangrienta y áspera carrera, y por todas el daño igual reparte con un orgullo tal, que acometiera allá en su quinto trono al fiero Marte, si viera modo de subir al cielo, según era gallardo de cerbelo.
Pero viéndose solo y mal herido y el ejército bárbaro deshecho, y todo el fiero hierro convertido contra su fuerte y animoso pecho, se retrujo a una parte, en la cual vido quel cerro era peinado y muy derecho, sin muro de aquel lado, donde un salto había de más de veinte brazas de alto.
Como si en tal razón alas tuviera, más seguras que Dédalo las tuvo, se arroja desde arriba de manera que parece que en ellas se sostuvo; hizo prueba de sí fuerte y ligera, que el salto, aunque mortal, en poco tuvo, cayendo abajo el bárbaro gallardo como una onza ligera o suelto pardo.
Mas, bien no se lanzó, que en seguimiento infinidad de tiros le arrojaron, que, aunque no le alcanzara el pensamiento, antes que fuese abajo le alcanzaron. Fue tanto el descargar, que en un momento en más de diez lugares le llagaron, pero no de manera que cayese ni solo un paso y pie descompusiese.
Viéndose abajo y tan herido, luego del propósito y salto arrepentido, abrasado en rabioso y vivo fuego, terrible y más que nunca embravecido, quisiera revolver de nuevo al juego y vengarse del daño recebido; mas era imaginarlo desatino, que el cerro era tajado y sin camino.
Cinco o seis veces la difícil vía y de fortuna el crédito tentaba, que fácil lo imposible le hacía el coraje y furor que le incitaba: por un lado y por otro discurría, todo de acá y de allá lo rodeaba, como el hambriento lobo encarnizado rodea de los corderos el cercado.
Mas viendo al fin que era designio vano y de tiros sobre él la lluvia espesa, retirándose a un lado, vio en el llano la trabada batalla y fiera priesa; y como el levantado halcón lozano que, yendo alta la garza, se atraviesa el cobarde milano, y desde el cielo cala a la presa con furioso vuelo,
así el gallardo Tucapel, dejado el temerario intento infrutuoso, revuelve a la otra banda, encaminado al reñido combate sanguinoso. En esto el bando infiel desconfiado, de mucha gente y sangre perdidoso, se retiró siguiendo las banderas que iban marchando ya por las laderas.
No por eso torció de su demanda un solo paso el bárbaro valiente, antes recio embistió por una banda, tropellando de golpe mucha gente, y dándoles terrible escurribanda, pasó de un cabo a otro francamente, hiriendo y derribando de manera que dejó bien abierta la carrera.
Quién queda allí estropiado, quién tullido, quién se duele, quién gime, quién se queja, quién cae acá, quién cae allá aturdido, quién haciéndole plaza, dél se aleja; y en el largo escuadrón de armas tejido un gran portillo y ancha calle deja, con el furor que el fiero rayo apriesa rompe el aire apretado y nube espesa.
De tal manera Tucapel, abriendo de parte a parte el escuadrón cristiano, arriba a los amigos, que siguiendo iban la retirada a paso llano, con el concierto y orden procediendo, que vemos ir las grullas el verano, cuando de su tendida y negra banda ninguna se adelanta ni desmanda.
Nosotros, aunque pocos, cuando vimos que a espaldas vueltas iban ya marchando, de nuestro fuerte en gran tropel salimos en la campaña un escuadrón formando, y a paso moderado los seguimos, de la vitoria enteramente usando; pero dimos la vuelta apresurada temiendo alguna bárbara emboscada.
Duró, pues, el reñido asalto tanto que el sol en lo más alto levantado distaba del poniente en punto cuanto estaba del oriente desviado. Nosotros, ya seguros, entretanto que remataba el curso acostumbrado, dando lugar a las noturnas horas del personal trabajo aliviadoras,
el ciego foso alrededor limpiamos, sin descansar un punto diligentes, y en muchas partes dél desbaratamos anchas, traviesas y formadas puentes; los lugares más flacos reparamos, con industria y defensas suficientes, fortificando el sitio de manera que resistir un gran furor pudiera.
La negra noche a más andar cubriendo la tierra, que la luz desamparaba, se fue toda la gente recogiendo según y en el lugar que le tocaba; la guardia y centinelas repartiendo, que el tiempo estrecho a nadie reservaba, me cupo el cuarto de la prima en suerte en un bajo recuesto junto al fuerte;
donde con el trabajo de aquel día y no me haber en quince desarmado, el importuno sueño me afligía, hallándome molido y quebrantado; mas con nuevo ejercicio resistía, paseándome deste y de aquel lado sin parar un momento; tal estaba que de mis propios pies no me fiaba.
No el manjar de sustancia vaporoso, ni vino muchas veces trasegado, ni el hábito y costumbre de reposo me habían el grave sueño acarreado. Que bizcocho negrísimo y mohoso por medida de escasa mano dado y la agua llovediza desabrida era el mantenimiento de mi vida.
Y a veces la ración se convertía en dos tasados puños de cebada, que cocida con yerbas nos servía por la falta de sal, la agua salada; la regalada cama en que dormía era la húmida tierra empantanada, armado siempre y siempre en ordenanza, la pluma ora en la mano, ora la lanza.
Andando, pues, así con el molesto sueño que me aquejaba porfiando, y en gran silencio el encargado puesto de un canto al otro canto paseando, vi que estaba el un lado del recuesto lleno de cuerpos muertos blanqueando, que nuestros arcabuces aquel día habían hecho gran riza y batería.
No mucho después desto, yo que estaba con ojo alerto y con atento oído, sentí de rato en rato que sonaba hacia los cuerpos muertos un ruido, que siempre al acabar se remataba con un triste sospiro sostenido, y tornaba a sentirse, pareciendo que iba de cuerpo en cuerpo discurriendo.
La noche era tan lóbrega y escura que divisar lo cierto no podía, y así por ver el fin desta aventura (aunque más por cumplir lo que debía) me vine, agazapado en la verdura, hacia la parte que el rumor se oía, donde vi entre los muertos ir oculto andando a cuatro pies un negro bulto.
Yo de aquella visión mal satisfecho, con un temor, que agora aun no le niego, la espada en mano y la rodela al pecho, llamando a Dios, sobre él aguijé luego. Mas el bulto se puso en pie derecho, y con medrosa voz y humilde ruego dijo: «Señor, señor, merced te pido, que soy mujer y nunca te he ofendido.
Si mi dolor y desventura estraña a lástima y piedad no te inclinaren y tu sangrienta espada y fiera saña de los términos lícitos pasaren, ¿qué gloria adquirirás de tal hazaña, cuando los justos cielos publicaren que se empleó en una mujer tu espada, viuda, mísera, triste y desdichada?
Ruégote pues, señor, si por ventura o desventura, como fue la mía, con amor verdadero y con fe pura amaste tiernamente en algún día, me dejes dar a un cuerpo sepultura, que yace entre esta muerta compañía. Mira que aquel que niega lo que es justo lo malo aprueba ya y se hace injusto.
No quieras impedir obra tan pía, que aun en bárbara guerra se concede, que es especie y señal de tiranía usar de todo aquello que se puede. Deja buscar su cuerpo a esta alma mía, después furioso con rigor procede, que ya el dolor me ha puesto en tal estremo que más la vida que la muerte temo;
que no sé mal que ya dañarme pueda: no hay bien mayor que no le haber tenido; acábese y fenezca lo que queda pues que mi dulce amigo ha fenecido. Que aunque el cielo cruel no me conceda morir mi cuerpo con el suyo unido, no estorbará, por más que me persiga, que mi afligido espíritu le siga».
En esto con instancia me rogaba que su dolor de un golpe rematase; mas yo, que en duda y confusión estaba aún, teniendo temor que me engañase, del verdadero indicio no fiaba hasta que un poco más me asegurase, sospechando que fuese alguna espía que a saber cómo estábamos venía.
Bien que estuve dudoso, pero luego (aunque la noche el rostro le encubría), en su poco temor y gran sosiego vi que verdad en todo me decía; y que el pérfido amor, ingrato y ciego, en busca del marido la traía, el cual en la primera arremetida, queriendo señalarse, dio la vida.
Movido, pues, a compasión de vella firme en su casto y amoroso intento, de allí salido, me volví con ella a mi lugar y señalado asiento, donde yo le rogué que su querella con ánimo seguro y sufrimiento desde el principio al cabo me contase y desfogando la ansia descansase.
Ella dijo: «¡Ay de mí!, que es imposible tener jamás descanso hasta la muerte, que es sin remedio mi pasión terrible y más que todo sufrimiento fuerte; mas, aunque me será cosa insufrible, diré el discurso de mi amarga suerte; quizá que mi dolor, según es grave, podrá ser que esforzándole me acabe.
Yo soy Tegualda, hija desdichada del cacique Brancol desventurado, de muchos por hermosa en vano amada, libre un tiempo de amor y de cuidado; pero muy presto la fortuna, airada de ver mi libertad y alegre estado, turbó de tal manera mi alegría que al fin muero del mal que no temía.
De muchos fui pedida en casamiento, y a todos igualmente despreciaba, de lo cual mi buen padre descontento, que yo acetase alguno me rogaba; pero con franco y libre pensamiento de su importuno ruego me escusaba, que era pensar mudarme desvarío y martillar sin fruto en hierro frío.
No por mis libres y ásperas respuestas los firmes pretensores aflojaron, antes con nuevas pruebas y requestas en su vana demanda más instaron, y con danzas, con juegos y otras fiestas mudar mi firme intento procuraron, no les bastando maña ni artificio a sacar mi propósito de quicio.
Muy presto, pues, llegó el postrero día desta mi libertad y señorío: ¡oh si lo fuera de la vida mía! Pero no pudo ser, que era bien mío. En un lugar que junto al pueblo había donde el claro Gualebo, manso río, después que sus viciosos campos riega, el nombre y agua al ancho Itata entrega,
allí, para castigo de mi engaño, que fuese a ver sus fiestas me rogaron, y como había de ser para mi daño, fácilmente comigo lo acabaron. Luego, por orden y artificio estraño, la larga senda y pasos enramaron, pareciéndoles malo el buen camino y que el sol de tocarme no era dino.
Llegué por varios arcos donde estaba un bien compuesto y levantado asiento, hecho por tal manera que ayudaba la maestra natura al ornamento. El agua clara en torno murmuraba, los árboles movidos por el viento hacían un movimiento y un ruido que alegraban la vista y el oído.
Apenas, pues, en él me había asentado, cuando un alto y solene bando echaron, y del ancho palenque y estacado la embarazosa gente despejaron. Cada cual a su puesto retirado, la acostumbrada lucha comenzaron, con un silencio tal que los presentes juzgaran ser pinturas más que gentes.
Aunque había muchos jóvenes lucidos todos al parecer competidores, de diferentes suertes y vestidos, y de un fin engañoso pretensores; no estaba en cuáles eran los vencidos, ni cuáles habían sido vencedores, buscando acá y allá entretenimiento, con un ocioso y libre pensamiento,
Yo, que en cosa de aquellas no paraba el fin de sus contiendas deseando, ora los altos árboles miraba, de natura las obras contemplando; ora la agua que el prado atravesaba, las varias pedrezuelas numerando, libre a mi parecer y muy segura de cuidado, de amor y desventura,
cuando un gran alboroto y vocería (cosa muy cierta en semejante juego) se levantó entre aquella compañía, que me sacó de seso y mi sosiego. Yo, queriendo entender lo que sería, al más cerca de mí pregunté luego la causa de la grita ocasionada, que me fuera mejor no saber nada.
El cual dijo: -Señora, ¿no has mirado cómo el robusto joven Mareguano con todos cuantos mozos ha luchado, los ha puesto de espaldas en el llano? Y cuando ya esperaba confiado que la bella guirnalda de tu mano la ciñera la ufana y leda frente en premio y por señal más valiente,
aquel gallardo mozo bien dispuesto del vestido de verde y encarnado, con gran facilidad le ha en tierra puesto, llevándole el honor que había ganado; y el fácil y liviano pueblo desto como de novedad maravillado, ha levantado aquel confuso estruendo, la fuerza del mancebo encareciendo.
Y también Mareguano que procura de volver a luchar, el cual alega que fue siniestro caso y desventura, que en fuerza y maña el otro no le llega; pero la condición y la postura del espreso cartel se lo deniega, aunque el joven con ánimo valiente da voces que es contento y lo consiente;
pero los jueces, por razón, no admiten del uno ni de otro el pedimiento, ni en modo alguno quieren ni permiten inovación en esto y movimiento, mas que de su propósito se quiten si entrambos de común consentimiento, pareciendo primero en tu presencia no alcanzaren de ti franca licencia.
En esto a mi lugar enderezando de aquella gente un gran tropel venía, que como junto a mí llegó, cesando el discorde alboroto y vocería, el mozo vencedor la voz alzando, con una humilde y baja cortesía dijo: -Señora, una merced te pido, sin haberla mis obras merecido:
que si soy estranjero y no merezco hagas por mí lo que es tan de tu oficio, como tu siervo natural me ofrezco de vivir y morir en tu servicio; que aunque el agravio aquí yo le padezco, por dar desta mi oferta algún indicio quiero, si dello fueres tú servida, luchar con Mareguano otra caída,
y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero, hasta dejarle en todo satisfecho; y consiento que al punto y ser primero se reduza la prueba y el derecho, que siendo en tu presencia cierto espero salir con mayor gloria deste hecho. Danos licencia, rompe el estatuto con tu poder sin límite absoluto.
Esto dicho, con baja reverencia la respuesta, mirándome, esperaba; mas yo, que sin recato y advertencia, escuchándole atenta le miraba, no sólo concederle la licencia pero ya que venciese deseaba, y así le respondí: -Si yo algo puedo, libre y graciosamente lo concedo.
Luego con un gallardo continente ambos juntos de mí se despidieron, y con grande alborozo de la gente en la cerrada plaza los metieron, adonde los padrinos igualmente el sol ya bajo y campo les partieron, y dejándolos solos en el puesto el uno para el otro movió presto.
Juntáronse en un punto y porfiando por el campo anduvieron un gran trecho, ora volviendo en torno y volteando, ora yendo al través, ora al derecho, ora alzándose en alto, ora bajando, ora en sí recogidos pecho a pecho, tan estrechos, gimiendo, se tenían, que recebir aliento aun no podían.
«Volvían a forcejar con un ruido, que era de ver y oírlos cosa estraña, pero el mozo estranjero, ya corrido de su poca pujanza y mala maña, alzó de tierra al otro y de un gemido de espaldas le trabuca en la campaña con tal golpe, que al triste Mareguano no le quedó sentido y hueso sano.
Luego de mucha gente acompañado a mi asiento los jueces le trujeron, el cual ante mis pies arrodillado, que yo le diese el precio me dijeron. No sé si fue su estrella o fue mi hado ni las causas que en esto concurrieron, que comencé a temblar y un fuego ardiendo fue por todos mis huesos discurriendo.
Halléme tan confusa y alterada de aquella nueva causa y acidente, que estuve un rato atónita y turbada en medio del peligro y tanta gente; pero volviendo en mí más reportada, al vencedor en todo dignamente, que estaba allí inclinado ya en mi falda, le puse en la cabeza la guirnalda.
Pero bajé los ojos al momento de la honesta vergüenza reprimidos, y el mozo con un largo ofrecimiento inclinó a sus razones mis oídos. Al fin se fue, llevándome el contento y dejando turbados mis sentidos; pues que llegué de amor y pena junto de solo el primer paso al postrer punto.
Sentí una novedad que me apremiaba la libre fuerza y el rebelde brío, a la cual sometida se entregaba la razón, libertad y el albedrío. Yo, que cuando acordé, ya me hallaba ardiendo en vivo fuego el pecho frío, alcé los ojos tímidos cebados, que la vergüenza allí tenía abajados.
Roto con fuerza súbita y furiosa de la vergüenza y continencia el freno, le seguí con la vista deseosa, cebando más la llaga y el veneno. Que sólo allí mirarle y no otra cosa para mi mal hallaba que era bueno, así que adonde quiera que pasaba tras sí los ojos y alma me llevaba.
Vile que a la sazón se apercebía para correr el palio acostumbrado, que una milla de trecho y más tenía el término del curso señalado, y al suelto vencedor se prometía un anillo de esmaltes rodeado y una gruesa esmeralda bien labrada, dado por esta mano desdichada.
Más de cuarenta mozos en el puesto a pretender el precio parecieron donde, en la raya y el pie cada cual puesto, promptos y apercebidos atendieron: que no sintieron la señal tan presto cuando todos en hila igual partieron con tal velocidad, que casi apenas señalaban la planta en las arenas.
Pero Crepino, el joven estranjero, que así de nombre propio se llamaba, venía con tanta furia el delantero, que al presuroso viento atrás dejaba. El rojo palio al fin tocó el primero que la larga carrera remataba, dejando con su término agraciado el circunstante pueblo aficionado.
Y con solene triunfo rodeando la llena y ancha plaza, le llevaron; pero después a mi lugar tornando, que le diese el anillo me rogaron. Yo, un medroso temblor disimulando (que atentamente todos me miraron), del empacho y temor pasado el punto, le di mi libertad y anillo junto.
Él me dijo: -Señora, te suplico le recibas de mí, que aunque parece pobre y pequeño el don, te certifico que es grande la afición con que se ofrece; que con este favor quedaré rico y así el ánimo y fuerzas me engrandece, que no habrá empresa grande ni habrá cosa que ya me pueda ser dificultosa.
Yo, por usar de toda cortesía (que es lo que a las mujeres perficiona), le dije que el anillo recebía y más la voluntad de tal persona; en esto toda aquella compañía hecha en torno de mi espesa corona, del ya agradable asiento me bajaron y a casa de mi padre me llevaron.
No con pequeña fuerza y resistencia, por dar satisfación de mí a la gente, encubrí tres semanas mi dolencia, siempre creciendo el daño y fuego ardiente; y mostrando venir a la obediencia de mi padre y señor, mañosamente le di a entender por señas y rodeo querer cumplir su ruego y mi deseo,
diciendo que pues él me persuadía que tomase parientes y marido, al parecer según que convenía, yo por le obedecer le había elegido: el cual era Crepino, que tenía valor, suerte y linaje conocido, junto con ser discreto, honesto, afable, de condición y término loable.
Mi padre, que con sesgo y ledo gesto hasta el fin escuchó el parecer mío, besándome en la frente, dijo: -En esto y en todo me remito a tu albedrío, pues de tu discreción e intento honesto que elegirás lo que conviene fío, y bien muestra Crepino en su crianza ser de buenos respetos y esperanza.
Ya que con voluntad y mandamiento a mi honor y deseo satisfizo y la vana contienda y fundamento de los presentes jóvenes deshizo, el infelice y triste casamiento en forma y acto público se hizo. Hoy hace justo un mes, ¡oh suerte dura, qué cerca está del bien la desventura!
«Ayer me vi contenta de mi suerte, sin temor de contraste ni recelo; hoy la sangrienta y rigurosa muerte todo lo ha derribado por el suelo. ¿Qué consuelo ha de haber a mal tan fuerte?; ¿qué recompensa puede darme el cielo, adonde ya ningún remedio vale ni hay bien que con tan grande mal se iguale?
Éste es, pues, el proceso; ésta es la historia y el fin tan cierto de la dulce vida: he aquí mi libertad y breve gloria en eterna amargura convertida. Y pues que por tu causa la memoria mi llaga ha renovado encrudecida, en recompensa del dolor te pido me dejes enterrar a mi marido;
que no es bien que las aves carniceras despedacen el cuerpo miserable, ni los perros y brutas bestias fieras satisfagan su estómago insaciable; mas cuando empedernido ya no quieras hacer cosa tan justa y razonable, haznos con esa espada y mano dura iguales, en la muerte y sepultura».
Aquí acabó su historia, y comenzaba un llanto tal que el monte enternecía con una ansia y dolor que me obligaba a tenerle en el duelo compañía; que ya el asegurarle no bastaba de cuanto prometer yo le podía: solo pedía la muerte y sacrificio por último remedio y beneficio.
En gran congoja y confusión me viera, si don Simón Pereira, que a otro lado hacía también la guardia, no viniera a decirme que el tiempo era acabado; y espantado también de lo que oyera, que un poco desde aparte había escuchado, me ayudó a consolarla, haciendo ciertas con nuevo ofrecimiento mis ofertas.
Ya el presuroso cielo volteando en el mar las estrellas trastornaba, y el Crucero las horas señalando, entre el sur y sudueste declinaba en mitad del silencio y noche, cuando visto cuánto la oferta la obligaba, reprimiendo Tegualda su lamento, la llevamos a nuestro alojamiento;
donde en honesta guarda y compañía de mujeres casadas quedó, en tanto que el esperado ya vecino día quitase de la noche el negro manto. Entretanto también razón sería, pues que todos descansan y yo canto, dejarlo hasta mañana en este estado, que de reposo estoy necesitado.
"ESTA PAGINA SERÁ ELIMINADA POR ESTAR DUPLICADA" Allí, para castigo de mi engaño, que fuese a ver sus fiestas me rogaron, y como había de ser para mi daño, fácilmente comigo lo acabaron. Luego, por orden y artificio estraño, la larga senda y pasos enramaron, pareciéndoles malo el buen camino y que el sol de tocarme no era dino.
Llegué por varios arcos donde estaba un bien compuesto y levantado asiento, hecho por tal manera que ayudaba la maestra natura al ornamento. El agua clara en torno murmuraba, los árboles movidos por el viento hacían un movimiento y un ruido que alegraban la vista y el oído.
Apenas, pues, en él me había asentado, cuando un alto y solene bando echaron, y del ancho palenque y estacado la embarazosa gente despejaron. Cada cual a su puesto retirado, la acostumbrada lucha comenzaron, con un silencio tal que los presentes juzgaran ser pinturas más que gentes.
Aunque había muchos jóvenes lucidos todos al parecer competidores, de diferentes suertes y vestidos, y de un fin engañoso pretensores; no estaba en cuáles eran los vencidos, ni cuáles habían sido vencedores, buscando acá y allá entretenimiento, con un ocioso y libre pensamiento,
Yo, que en cosa de aquellas no paraba el fin de sus contiendas deseando, ora los altos árboles miraba, de natura las obras contemplando; ora la agua que el prado atravesaba, las varias pedrezuelas numerando, libre a mi parecer y muy segura de cuidado, de amor y desventura,
"ESTA PAGINA SERÁ ELIMINADA POR ESTAR DUPLICADA"
cuando un gran alboroto y vocería (cosa muy cierta en semejante juego) se levantó entre aquella compañía, que me sacó de seso y mi sosiego. Yo, queriendo entender lo que sería, al más cerca de mí pregunté luego la causa de la grita ocasionada, que me fuera mejor no saber nada.
El cual dijo: -Señora, ¿no has mirado cómo el robusto joven Mareguano con todos cuantos mozos ha luchado, los ha puesto de espaldas en el llano? Y cuando ya esperaba confiado que la bella guirnalda de tu mano la ciñera la ufana y leda frente en premio y por señal más valiente,
aquel gallardo mozo bien dispuesto del vestido de verde y encarnado, con gran facilidad le ha en tierra puesto, llevándole el honor que había ganado; y el fácil y liviano pueblo desto como de novedad maravillado, ha levantado aquel confuso estruendo, la fuerza del mancebo encareciendo.
Y también Mareguano que procura de volver a luchar, el cual alega que fue siniestro caso y desventura, que en fuerza y maña el otro no le llega; pero la condición y la postura del espreso cartel se lo deniega, aunque el joven con ánimo valiente da voces que es contento y lo consiente;
pero los jueces, por razón, no admiten del uno ni de otro el pedimiento, ni en modo alguno quieren ni permiten inovación en esto y movimiento, mas que de su propósito se quiten si entrambos de común consentimiento, pareciendo primero en tu presencia no alcanzaren de ti franca licencia.
"ESTA PAGINA SERÁ ELIMINADA POR ESTAR DUPLICADA"
En esto a mi lugar enderezando de aquella gente un gran tropel venía, que como junto a mí llegó, cesando el discorde alboroto y vocería, el mozo vencedor la voz alzando, con una humilde y baja cortesía dijo: -Señora, una merced te pido, sin haberla mis obras merecido:
que si soy estranjero y no merezco hagas por mí lo que es tan de tu oficio, como tu siervo natural me ofrezco de vivir y morir en tu servicio; que aunque el agravio aquí yo le padezco, por dar desta mi oferta algún indicio quiero, si dello fueres tú servida, luchar con Mareguano otra caída,
y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero, hasta dejarle en todo satisfecho; y consiento que al punto y ser primero se reduza la prueba y el derecho, que siendo en tu presencia cierto espero salir con mayor gloria deste hecho. Danos licencia, rompe el estatuto con tu poder sin límite absoluto.
Esto dicho, con baja reverencia la respuesta, mirándome, esperaba; mas yo, que sin recato y advertencia, escuchándole atenta le miraba, no sólo concederle la licencia pero ya que venciese deseaba, y así le respondí: -Si yo algo puedo, libre y graciosamente lo concedo.
Luego con un gallardo continente ambos juntos de mí se despidieron, y con grande alborozo de la gente en la cerrada plaza los metieron, adonde los padrinos igualmente el sol ya bajo y campo les partieron, y dejándolos solos en el puesto el uno para el otro movió presto.
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Juntáronse en un punto y porfiando por el campo anduvieron un gran trecho, ora volviendo en torno y volteando, ora yendo al través, ora al derecho, ora alzándose en alto, ora bajando, ora en sí recogidos pecho a pecho, tan estrechos, gimiendo, se tenían, que recebir aliento aun no podían.
«Volvían a forcejar con un ruido, que era de ver y oírlos cosa estraña, pero el mozo estranjero, ya corrido de su poca pujanza y mala maña, alzó de tierra al otro y de un gemido de espaldas le trabuca en la campaña con tal golpe, que al triste Mareguano no le quedó sentido y hueso sano.
Luego de mucha gente acompañado a mi asiento los jueces le trujeron, el cual ante mis pies arrodillado, que yo le diese el precio me dijeron. No sé si fue su estrella o fue mi hado ni las causas que en esto concurrieron, que comencé a temblar y un fuego ardiendo fue por todos mis huesos discurriendo.
Halléme tan confusa y alterada de aquella nueva causa y acidente, que estuve un rato atónita y turbada en medio del peligro y tanta gente; pero volviendo en mí más reportada, al vencedor en todo dignamente, que estaba allí inclinado ya en mi falda, le puse en la cabeza la guirnalda.
Pero bajé los ojos al momento de la honesta vergüenza reprimidos, y el mozo con un largo ofrecimiento inclinó a sus razones mis oídos. Al fin se fue, llevándome el contento y dejando turbados mis sentidos; pues que llegué de amor y pena junto de solo el primer paso al postrer punto.
"ESTA PAGINA SERÁ ELIMINADA POR ESTAR DUPLICADA"
Sentí una novedad que me apremiaba la libre fuerza y el rebelde brío, a la cual sometida se entregaba la razón, libertad y el albedrío. Yo, que cuando acordé, ya me hallaba ardiendo en vivo fuego el pecho frío, alcé los ojos tímidos cebados, que la vergüenza allí tenía abajados.
Roto con fuerza súbita y furiosa de la vergüenza y continencia el freno, le seguí con la vista deseosa, cebando más la llaga y el veneno. Que sólo allí mirarle y no otra cosa para mi mal hallaba que era bueno, así que adonde quiera que pasaba tras sí los ojos y alma me llevaba.
Vile que a la sazón se apercebía para correr el palio acostumbrado, que una milla de trecho y más tenía el término del curso señalado, y al suelto vencedor se prometía un anillo de esmaltes rodeado y una gruesa esmeralda bien labrada, dado por esta mano desdichada.
Más de cuarenta mozos en el puesto a pretender el precio parecieron donde, en la raya y el pie cada cual puesto, promptos y apercebidos atendieron: que no sintieron la señal tan presto cuando todos en hila igual partieron con tal velocidad, que casi apenas señalaban la planta en las arenas.
Pero Crepino, el joven estranjero, que así de nombre propio se llamaba, venía con tanta furia el delantero, que al presuroso viento atrás dejaba. El rojo palio al fin tocó el primero que la larga carrera remataba, dejando con su término agraciado el circunstante pueblo aficionado.
"ESTA PAGINA SERÁ ELIMINADA POR ESTAR DUPLICADA"
Y con solene triunfo rodeando la llena y ancha plaza, le llevaron; pero después a mi lugar tornando, que le diese el anillo me rogaron. Yo, un medroso temblor disimulando (que atentamente todos me miraron), del empacho y temor pasado el punto, le di mi libertad y anillo junto.
Él me dijo: -Señora, te suplico le recibas de mí, que aunque parece pobre y pequeño el don, te certifico que es grande la afición con que se ofrece; que con este favor quedaré rico y así el ánimo y fuerzas me engrandece, que no habrá empresa grande ni habrá cosa que ya me pueda ser dificultosa.
Yo, por usar de toda cortesía (que es lo que a las mujeres perficiona), le dije que el anillo recebía y más la voluntad de tal persona; en esto toda aquella compañía hecha en torno de mi espesa corona, del ya agradable asiento me bajaron y a casa de mi padre me llevaron.
No con pequeña fuerza y resistencia, por dar satisfación de mí a la gente, encubrí tres semanas mi dolencia, siempre creciendo el daño y fuego ardiente; y mostrando venir a la obediencia de mi padre y señor, mañosamente le di a entender por señas y rodeo querer cumplir su ruego y mi deseo,
diciendo que pues él me persuadía que tomase parientes y marido, al parecer según que convenía, yo por le obedecer le había elegido: el cual era Crepino, que tenía valor, suerte y linaje conocido, junto con ser discreto, honesto, afable, de condición y término loable.
"ESTA PAGINA SERÁ ELIMINADA POR ESTAR DUPLICADA"
Mi padre, que con sesgo y ledo gesto hasta el fin escuchó el parecer mío, besándome en la frente, dijo: -En esto y en todo me remito a tu albedrío, pues de tu discreción e intento honesto que elegirás lo que conviene fío, y bien muestra Crepino en su crianza ser de buenos respetos y esperanza.
Ya que con voluntad y mandamiento a mi honor y deseo satisfizo y la vana contienda y fundamento de los presentes jóvenes deshizo, el infelice y triste casamiento en forma y acto público se hizo. Hoy hace justo un mes, ¡oh suerte dura, qué cerca está del bien la desventura!
«Ayer me vi contenta de mi suerte, sin temor de contraste ni recelo; hoy la sangrienta y rigurosa muerte todo lo ha derribado por el suelo. ¿Qué consuelo ha de haber a mal tan fuerte?; ¿qué recompensa puede darme el cielo, adonde ya ningún remedio vale ni hay bien que con tan grande mal se iguale?
Éste es, pues, el proceso; ésta es la historia y el fin tan cierto de la dulce vida: he aquí mi libertad y breve gloria en eterna amargura convertida. Y pues que por tu causa la memoria mi llaga ha renovado encrudecida, en recompensa del dolor te pido me dejes enterrar a mi marido;
que no es bien que las aves carniceras despedacen el cuerpo miserable, ni los perros y brutas bestias fieras satisfagan su estómago insaciable; mas cuando empedernido ya no quieras hacer cosa tan justa y razonable, haznos con esa espada y mano dura iguales, en la muerte y sepultura».
"ESTA PAGINA SERÁ ELIMINADA POR ESTAR DUPLICADA"
Aquí acabó su historia, y comenzaba un llanto tal que el monte enternecía con una ansia y dolor que me obligaba a tenerle en el duelo compañía; que ya el asegurarle no bastaba de cuanto prometer yo le podía: solo pedía la muerte y sacrificio por último remedio y beneficio.
En gran congoja y confusión me viera, si don Simón Pereira, que a otro lado hacía también la guardia, no viniera a decirme que el tiempo era acabado; y espantado también de lo que oyera, que un poco desde aparte había escuchado, me ayudó a consolarla, haciendo ciertas con nuevo ofrecimiento mis ofertas.
Ya el presuroso cielo volteando en el mar las estrellas trastornaba, y el Crucero las horas señalando, entre el sur y sudueste declinaba en mitad del silencio y noche, cuando visto cuánto la oferta la obligaba, reprimiendo Tegualda su lamento, la llevamos a nuestro alojamiento;
donde en honesta guarda y compañía de mujeres casadas quedó, en tanto que el esperado ya vecino día quitase de la noche el negro manto. Entretanto también razón sería, pues que todos descansan y yo canto, dejarlo hasta mañana en este estado, que de reposo estoy necesitado.