Spanish poem
A España
No a tu soberbia y tu codicia sumas propicio aguardes el favor celeste, ni breve triunfo conseguir presuntas que poco esfuerzo a tu valor le cueste; como; vestida de ligeras plumas, te le dio un día la cobriza hueste, de estos mundos antigua moradora, cuyo infortunio el universo llora: La que opuso en la lid pecho desnudo y cuerpo que cubrió leve vestido a pecho que guardaba doble escudo y a cuerpo de armadura revestido, frente y faz descubierta al hierro agudo a rostro por el yelmo defendido; lidiando así entre el Indio y el Ibero con un hombre de carne otro de acero: la que oponía flechas a arcabuces y a los cóncavos bronces que en su seno guardan del rayo las siniestras luces y el estampido horrísono del trueno; con que tan simples ánimos reduces a pensar que un poder al hombre ajeno e igual al de los Dioses soberanos tremendo armaba tus feroces manos. No tales hechos a los siglos cuente ni más que humanos tu altivez los nombre, que a vista de ventaja tan patente no hay quien de oírlos, sino tu, se asombre; y la que a pie peleaba juntamente, de ti invadida, con caballo y hombre, cual con monstruoso aterrador centauro, ceder debió de la victoria el lauro. Mas nosotros la flecha voladora no te opondremos a la ardiente bala: las armas mismas manejamos hora el mismo bélico arte nos iguala: a resonante mole destructora sabremos dar del huracán el ala, y en contra de tu escuadra fulminante Armstrong nos presta su cañón gigante. Mas por ventura en esperar te ufanas que nos cabrá de Méjico el destino, y que Almontes tenemos y Santanás que a la conquista te abran el camino: mas, ¡cuánto son tus esperanzas vanas y cuán ciego tu error y desatino, si piensas que hallarás un sólo Almonte que su amistad a tu venida apronte! Aquí nadie desea tu venida, ni hay diestra alguna a recibirte presta: si el noble corazón que pronto olvida y a quien el odio y la venganza cuesta, cerrar dejaba la profunda herida de tu conquista y opresión funesta, con el ultraje nuevo, nuevamente abrirse ahora y enconar la siente. Y otra vez nuestros míseros anales, con tanta sangre y lágrimas escritos, recorren nuestros ojos; y los males de tu cruda conquista y tus delitos, a los horrores del Infierno iguales y en fiereza y en número infinitos, se ofrecen, como nuevos y presentes a nuestros pechos e indignadas mentes: la inaudita traición de Cajamarca y vasta mortandad del vulgo indiano, y el suplicio del mísero monarca tras el rescate que pagara, en vano; y convertido en sanguinosa charca por la codicia y el furor hispano el ya dichoso dilatado imperio que leyes dio al antártico hemisferio: casi extinguida innumerable raza, más que con armas nobles y guerreras, con el puñal y ponzoñosa taza y el fuego abrasador de las hogueras; de los hambrientos perros con la caza que hombres descuartizaban como fieras, con el látigo atroz de alambres hecho, con el garrote y el candente lecho. Y al fogoso mancebo el viejo cano tu yugo atroz que aún alcanzó le cuenta: mayor siempre el orgullo castellano, y más intolerable nuestra afrenta; dueño de todo el ávido tirano, la Inquisición de víctimas hambrienta, muerto al nacer cuanto fulgor brillaba, rey el Error y la Razón esclava. Y así la anciana voz añade cebo al juvenil coraje y la bravura, y al oírla el colérico mancebo con labio ardiente la venganza jura; y anhela que el Perú huelles de nuevo y hacerlo de tus huestes sepultura, vengando tu conquista y tiranía no vengadas bastante todavía.
(1864)