Spanish poem
Aurora en el baño
Ya llegó la feliz hora en que la divina Aurora contenta viene a entregar su beldad encantadora a los abrazos del mar. La escala desciende lenta, y más y más se amedrenta, y cuando cerca se ve de donde es fuerza que sienta del agua el frío su pie, se detiene, y de la hermosa frente humedece la nieve: al fin en las aguas osa introducir el pie breve, hecho de jazmín y rosa. Mas se estremece y espanta del súbito intenso frío, y, exhalando un ay, levanta la apenas hundida planta, con hechicero desvío. De nuevo la escala pisa, temblando toda cual hoja, y más que nunca indecisa; más fuerte ola improvisa viene, que toda la moja. Que el mar, aunque está sereno, de amor y deseos lleno, arrojó a la playa sola esa alborotada ola, para traerla a su seno. Mas, con el frío marino, familiarizada ya, del piélago cristalino por entro las aguas va abriendo fácil camino. ¡Oh dichosa la mirada que la contempla extasiada, cuando con gracia sin par resbala süave o nada por el sosegado mar! ¡Parece que el océano está de llevarla ufano, y que con placer se siente cortar y abrir dulcemente por tan delicada mano! Truécase en quieta laguna, que no encrespa onda ninguna, y ella de espaldas descansa en la superficie mansa, como un infante en la cuna. Tal vez, el leve sombrero arrojando delantero, tras él ardiente se lanza, y en ágil nadar ligero en breve ufana le alcanza. O tal vez de agua le llena con que su cabeza baña: o, como nueva Sirena, canta con dulzura extraña que las almas enajena. Tal vez a la dulce amiga con quien más amor la liga algo la cuenta muy quedo, al labio aplicando el dedo, para que a nadie lo diga, pasó ya una larga hora; y aún dejar no quiere Aurora baño que tanto la agrada, y, si lo estuvo a la entrada, más indecisa está ahora. Mas, aunque al vivo placer que siente ninguno iguale, pues ve en fin que es menester, se llega ya a resolver, y tarda y penosa sale. Y, aunque ella evitar procura, llena de vergüenza casta, que la húmeda vestidura dibuje su forma pura, su honesto empeño no basta: que el empapado vestido, al cuerpo hermoso ceñido, claro nos demuestra que ella no ha menester para bella de arte ni adorno mentido. Y nos da la ocasión fe de que su beldad divina de nada deudora fue a la hueca crinolina o al elástico corsé. Llora la mar su partida, y rabiosa envidia siente de la tierra que la anida y goza más largamente de su hermosura querida. Y yo gimo al contemplar que tal vez el mar la encierra, tal vez la tierra, y al par tengo envidia de la tierra, y tengo envidia del mar.
(1863)