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Spanish poem

Yo Tuve Una Prima

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Yo tuve una prima como un lirio bella, como un mirlo alegre, como un alba fresca, rubia como una mañana abrileña.

Amaba los versos aquella rapaza con predilecciones a su edad ajenas. La música augusta del rtimo cantaba dentro de su espíritu como ignota orquesta; todo lo que un astro le dice a otro astro, todo lo que el cielo le dice a la tierra, todo lo que el alma pregunta a la Esfinge, todo lo que al alma la Esfinge contesta.

Pobre prima rubia, pobre prima buena; hace muchos años que duerme ese sueño del que ni los pájaros, alegres como ella, ni el viento que pasa, ni el agua que corre, ni el sol que derrocha vida, la recuerdan.

Yo suelo, en los días de la primavera, llevar a su tumba versos y violetas; versos y violetas, ¡lo que más amaba!

En torno a su losa riego las primeras, luego las estrofas recito que antaño su deleite eran: las más pensativas, las más misteriosas, las más insinuantes, las que son más tiernas; las que en sus pestañas, como en blonda de oro, ponían las joyas de lágrimas, trémulas, con diafanudades de beril hialino y oriente de perlas. Se las digo bajo, bajito, inclinándome hacia donde yace, por que las entienda. Pobre prima rubia, ¡pero no responde! Pobre prima rubia, ¡pero no despierta! II Cierto día, una joven condiscípula, con mucho sigilo le prestó en la escuela un libro de versos musicales, hondos. ¡Eran los divinos versos de Espronceda! Se los llevó a casa bajo el chal ocultos, y los escondimos, con sutil cautela, del padre y la madre, y hasta de su sombra; de la anciana tía, devota e ingenua, que sólo gustaba de jaculatorias y sólo entendía los versos de Trueba.´ En aquellas tardes embermejecidas por conflagraciones de luz, en que bregan gigánticamente monstruos imprecisos del Apocalipsis o de las leyendas; de aquellas tardes que fingen catástrofes; en aquellas tardes en que el iris vuelca todos sus colores, en que el sol vacía toda su escarcela; en aquellas tardes del trópico, juntos los dos, en discreto rincón de la huerta, bajo de la trémula hospitalidad de nuestras palmeras, a furto de extraños, vibrantes leíamos el Canto a Teresa. ¡Qué revelaciones nos hizo ese canto! Todas las angustias, todas las tristezas, todo lo insondable del amor, y todo lo desesperante de las infidencias: todo el doloroso mundo que gravita sobre el alma esclava que amó quimeras, del que puso estrellas en la frente amada, y al tornar a casa ya no encontró estrellas. Todo el ansia loca de adorar en vano tan sólo a una sombra, tan sólo a una muerta; todos los despechos y las ironías del que se revuelca en zarzal de dudas y de escepticismos; todos los sarcasmos y las impotencias. III Y después, aquellas ágiles canciones de prosodia alada, de gracia ligera, que apenas si tocan el polvo del mundo con la orla de oro del brial de seda; que, como el albatros, se duermen volando que, como el albatros, volando despiertan: La ideal canción del bravo Pirata que iba viento en popa, que iba a toda vela, y a quien por los mares nuestros pensamientos, como dos gaviotas, seguían de cerca; Y la del Mendigo, cínico y osado, y la del Cosaco del Desierto, bélica, bárbara, erizada de ferrados hurras, que al oído suenan como los tropeles de potros indómitos con jinetes rubios, sobre las estepas...´ Pasaba don Félix, el de Montemar, con una aureola roja en su cabeza, satánico, altivo; luego, doña Elvira, «que murió de amor», en lirios envuelta. ¡Con cuántos prestigios de la fantasía ante nuestros ojos se alejaba tétrica! Y el Reo de muerte que el fatal instante, frente a un crucifijo, silencioso espera; y aquella Jarifa, cuya mano pálida la frente ardorosa del bardo refresca. Poco de su Diablo Mundo comprendíamos; pero adivinábamos, como entre una niebla, símbolos enormes y filosofías que su Adán desnudo se llevaba a cuestas IV ¡Oh mi gran poeta de los ojos negros!, ¡oh mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh mi gran poeta de la frente vasta cual limpio horizonte!, ¡oh mi gran poeta! Te debo las horas más inolvidables; y un día leyendo tu Canto a Teresa., muy juntos los ojos, muy juntos los labios, te debí también, cual Paolo a Francesca, un beso, el más grande que he dado en mi vida; un beso, más dulce que miel sobre hojuelas; ¡un beso florido que envolvió en perfumes toda mi existencia! Un beso que, siento, eternizaría del duro Gianciotti la daga violenta, para que en la turba de almas infernales, como en la terrible página dantesca, fuera resonando por los anchos limbos, fuera restallando por la noche inmensa, y uniendo por siempre mi boca golosa con la boca de ella! V ¡Oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡Quién hubiera dicho que yo te trajera, como pobre pago de los inefables éxtasis de entonces, esta humilde ofrenda!... ¡Oh, gallardo príncipe de la poesía! Pero tú recíbela con la gentileza de un Midas que en oro todo lo transmuta; en claros diamantes mi abalorio trueca, y en los viles cobres de mis estrofillas, para acaudalarlos, engasta tus gemas. Así tu memoria por los siglos dure, ¡oh, mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡oh, mi gran poeta!

Se las digo bajo, bajito, inclinándome hacia donde yace, por que las entienda. Pobre prima rubia, ¡pero no responde! Pobre prima rubia, ¡pero no despierta!

Cierto día, una joven condiscípula, con mucho sigilo le prestó en la escuela un libro de versos musicales, hondos. ¡Eran los divinos versos de Espronceda!

Se los llevó a casa bajo el chal ocultos, y los escondimos, con sutil cautela, del padre y la madre, y hasta de su sombra; de la anciana tía, devota e ingenua, que sólo gustaba de jaculatorias y sólo entendía los versos de Trueba.

En aquellas tardes embermejecidas por conflagraciones de luz, en que bregan gigánticamente monstruos imprecisos del Apocalipsis o de las leyendas; de aquellas tardes que fingen catástrofes; en aquellas tardes en que el iris vuelca todos sus colores, en que el sol vacía toda su escarcela; en aquellas tardes del trópico, juntos los dos, en discreto rincón de la huerta, bajo de la trémula hospitalidad de nuestras palmeras, a furto de extraños, vibrantes leíamos el Canto a Teresa.

¡Qué revelaciones nos hizo ese canto! Todas las angustias, todas las tristezas, todo lo insondable del amor, y todo lo desesperante de las infidencias: todo el doloroso mundo que gravita sobre el alma esclava que amó quimeras, del que puso estrellas en la frente amada, y al tornar a casa ya no encontró estrellas.

Todo el ansia loca de adorar en vano tan sólo a una sombra, tan sólo a una muerta; todos los despechos y las ironías del que se revuelca en zarzal de dudas y de escepticismos; todos los sarcasmos y las impotencias.

Y después, aquellas ágiles canciones de prosodia alada, de gracia ligera, que apenas si tocan el polvo del mundo con la orla de oro del brial de seda; que, como el albatros, se duermen volando que, como el albatros, volando despiertan: La ideal canción del bravo Pirata que iba viento en popa, que iba a toda vela, y a quien por los mares nuestros pensamientos, como dos gaviotas, seguían de cerca; Y la del Mendigo, cínico y osado, y la del Cosaco del Desierto, bélica, bárbara, erizada de ferrados hurras, que al oído suenan como los tropeles de potros indómitos con jinetes rubios, sobre las estepas...´ Pasaba don Félix, el de Montemar, con una aureola roja en su cabeza, satánico, altivo; luego, doña Elvira, «que murió de amor», en lirios envuelta. ¡Con cuántos prestigios de la fantasía ante nuestros ojos se alejaba tétrica! Y el Reo de muerte que el fatal instante, frente a un crucifijo, silencioso espera; y aquella Jarifa, cuya mano pálida la frente ardorosa del bardo refresca. Poco de su Diablo Mundo comprendíamos; pero adivinábamos, como entre una niebla, símbolos enormes y filosofías que su Adán desnudo se llevaba a cuestas IV ¡Oh mi gran poeta de los ojos negros!, ¡oh mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh mi gran poeta de la frente vasta cual limpio horizonte!, ¡oh mi gran poeta! Te debo las horas más inolvidables; y un día leyendo tu Canto a Teresa., muy juntos los ojos, muy juntos los labios, te debí también, cual Paolo a Francesca, un beso, el más grande que he dado en mi vida; un beso, más dulce que miel sobre hojuelas; ¡un beso florido que envolvió en perfumes toda mi existencia! Un beso que, siento, eternizaría del duro Gianciotti la daga violenta, para que en la turba de almas infernales, como en la terrible página dantesca, fuera resonando por los anchos limbos, fuera restallando por la noche inmensa, y uniendo por siempre mi boca golosa con la boca de ella! V ¡Oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡Quién hubiera dicho que yo te trajera, como pobre pago de los inefables éxtasis de entonces, esta humilde ofrenda!... ¡Oh, gallardo príncipe de la poesía! Pero tú recíbela con la gentileza de un Midas que en oro todo lo transmuta; en claros diamantes mi abalorio trueca, y en los viles cobres de mis estrofillas, para acaudalarlos, engasta tus gemas. Así tu memoria por los siglos dure, ¡oh, mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡oh, mi gran poeta!

La ideal canción del bravo Pirata que iba viento en popa, que iba a toda vela, y a quien por los mares nuestros pensamientos, como dos gaviotas, seguían de cerca;

Y la del Mendigo, cínico y osado, y la del Cosaco del Desierto, bélica, bárbara, erizada de ferrados hurras, que al oído suenan como los tropeles de potros indómitos con jinetes rubios, sobre las estepas...

Pasaba don Félix, el de Montemar, con una aureola roja en su cabeza, satánico, altivo; luego, doña Elvira, «que murió de amor», en lirios envuelta. ¡Con cuántos prestigios de la fantasía ante nuestros ojos se alejaba tétrica!

Y el Reo de muerte que el fatal instante, frente a un crucifijo, silencioso espera; y aquella Jarifa, cuya mano pálida la frente ardorosa del bardo refresca. Poco de su Diablo Mundo comprendíamos; pero adivinábamos, como entre una niebla, símbolos enormes y filosofías que su Adán desnudo se llevaba a cuestas IV ¡Oh mi gran poeta de los ojos negros!, ¡oh mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh mi gran poeta de la frente vasta cual limpio horizonte!, ¡oh mi gran poeta! Te debo las horas más inolvidables; y un día leyendo tu Canto a Teresa., muy juntos los ojos, muy juntos los labios, te debí también, cual Paolo a Francesca, un beso, el más grande que he dado en mi vida; un beso, más dulce que miel sobre hojuelas; ¡un beso florido que envolvió en perfumes toda mi existencia! Un beso que, siento, eternizaría del duro Gianciotti la daga violenta, para que en la turba de almas infernales, como en la terrible página dantesca, fuera resonando por los anchos limbos, fuera restallando por la noche inmensa, y uniendo por siempre mi boca golosa con la boca de ella! V ¡Oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡Quién hubiera dicho que yo te trajera, como pobre pago de los inefables éxtasis de entonces, esta humilde ofrenda!... ¡Oh, gallardo príncipe de la poesía! Pero tú recíbela con la gentileza de un Midas que en oro todo lo transmuta; en claros diamantes mi abalorio trueca, y en los viles cobres de mis estrofillas, para acaudalarlos, engasta tus gemas. Así tu memoria por los siglos dure, ¡oh, mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡oh, mi gran poeta!

Poco de su Diablo Mundo comprendíamos; pero adivinábamos, como entre una niebla, símbolos enormes y filosofías que su Adán desnudo se llevaba a cuestas

¡Oh mi gran poeta de los ojos negros!, ¡oh mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh mi gran poeta de la frente vasta cual limpio horizonte!, ¡oh mi gran poeta!

Te debo las horas más inolvidables; y un día leyendo tu Canto a Teresa., muy juntos los ojos, muy juntos los labios, te debí también, cual Paolo a Francesca, un beso, el más grande que he dado en mi vida; un beso, más dulce que miel sobre hojuelas; ¡un beso florido que envolvió en perfumes toda mi existencia!

Un beso que, siento, eternizaría del duro Gianciotti la daga violenta, para que en la turba de almas infernales, como en la terrible página dantesca, fuera resonando por los anchos limbos, fuera restallando por la noche inmensa, y uniendo por siempre mi boca golosa con la boca de ella!

¡Oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡Quién hubiera dicho que yo te trajera, como pobre pago de los inefables éxtasis de entonces, esta humilde ofrenda!... ¡Oh, gallardo príncipe de la poesía! Pero tú recíbela con la gentileza de un Midas que en oro todo lo transmuta; en claros diamantes mi abalorio trueca, y en los viles cobres de mis estrofillas, para acaudalarlos, engasta tus gemas. Así tu memoria por los siglos dure, ¡oh, mi gran poeta de la gran melena!, ¡oh, mi gran poeta de los ojos negros! ¡oh, mi gran poeta!