Spanish poem
¿Recuerdas, Olimpio, Aquella
by Andrés Bello
¿Recuerdas, Olimpio, aquella única amistad constante, que no copió en su semblante las mudanzas de tu estrella? ¿Aquel amigo, consuelo que en la miseria ha dejado a tu corazón llagado por último bien el cielo? Testigo de los azares de la encarnizada lidia en que te postró la envidia, que hoy te abruma de pesares; así te dijo; —y en tanto, una luz serena y clara desarrugaba tu cara, mojando la suya el llanto:
«¿Eres tú aquel cuya gloria ensalzaron nobles plumas, y miraban de reojo mil envidias taciturnas? »Acatábante en silencio las gentes: la infancia ruda a escucharte se paraba, como la vejez caduca. »Eras meteoro ardiente que en una noche profunda se lleva tras sí los ojos, cuando por el cielo cruza. »Y ahora, arrancada palma, doblas tu cabeza mustia: no te da apoyo la tierra, no das al aire verdura. »¡Cuántas frentes a la sombra acostumbraba la tuya! Y ahora, ¡qué de sonrisas irónicas te saludan! »Ajado está el bello lustre de tu blanca vestidura; los que galán te adoraron, andrajoso, te hacen burla. »La detracción en tu vida clavó sus garras impuras; es texto a malignas glosas tu reputación difunta; »y como helado cadáver, desfigurada, insepulta, sabandijas asquerosas por todas partes la surcan. »Revelada por la llama que a tu memoria circunda, tu existencia es un terrero que cuantos pasan insultan; »y cien silbadoras flechas vienen a herirla una a una, que en tu corazón inerme hondas encarnan la punta. »Y con festivos aplausos cuenta el vulgo las agudas heridas, y los dolores, y las ansias moribundas; »como suelen bandoleros, al ver la presa segura, contar monedas y joyas que reciente sangre enturbia. »El alma, que de lo recto era un tiempo norma augusta, es ya como la taberna que por la noche relumbra; »a cuya reja se apiñan curiosos, por si se escucha el canto de locas orgias, o de las riñas la bulla. »Cortaron tus esperanzas, flor de que nadie se cura, manos crüeles, y al suelo las dan en trizas menudas. »Nadie te llora; tu suerte ningún corazón enluta; tu nombre es un epitafio de desmoronada tumba; »y el que con dolor fingido alguna vez lo pronuncia, es como el que muestra escombros de arruinada arquitectura, »que un tiempo adornaron jaspes, y sustentaron columnas, y ya malezas la cubren, y vientos y aguas la injurian.
»Mas ¿qué digo? En la miseria más elevado y sublime te muestras a quien la altura de tus pensamientos mide. »Tu existencia, combatiendo a los contrapuestos diques, suena como el océano que asalta los arrecifes. »Los que observaron de cerca la lucha, vuelven y dicen que, inclinándose a la margen, vieron tremenda Caribdis; »mas puede ser que la vista, calando ese abismo horrible, la perla de la inocencia en lo más hondo divise. »Turba los ojos la niebla de que pareces vestirte; mas sobre ella un claro cielo serenas lumbres despide. »¿Qué importa al cabo que el mundo contra tu entereza lidie, alzando nubes de polvo, que cualquier soplo dirige? »Para juzgar, ¿qué derecho, qué título nos asiste? ¿Qué objeto no es un enigma para los ojos más linces? »¿La certidumbre?... ¡Insensatos, que imagináis tierra firme, la que celajes vistosos en vuestro discurso fingen! »Así puede asirla el juicio del hombre, como es posible a la mano asir el agua sin que presta se deslice. »Moja apenas, y al instante huye; y al pecho que gime, y al ardiente labio, nada deja que la sed mitigue. »¿Es día? ¿Es noche? Los ojos nada absoluto distinguen: toda raíz lleva frutos; y todo fruto raíces. »Apariencias nos fascinan, ya sombras densas contristen la vista, o ya luminosos colores la regocijen. »Un objeto mismo a visos diferentes llora y ríe: por un lado, terso lustre; por el otro, oscuro tizne. »La nube en que el marinero ve rota nave irse a pique, para el colono es un campo que doradas mieses rinde. »¿Quién habrá que los misterios del pecho humano escudriñe? ¿Quién, que las trasformaciones varias de un alma adivine? »Larva informe surca el lodo; y tal vez mañana, libre mariposa, alas de seda despliegue, y aromas libe.
»Pero tú penas; y ¿cómo pudo ser que no penaras, oh víctima sin ventura de persecución villana? »¿Tú, a quien la calumnia muerde lo más sensible del alma? ¿Tú, en quien el sarcasmo agota sus flechas enherboladas? »Herido león, huiste a selva solitaria; y allí memorias acerbas te hacen más honda la llaga. »A ellas entregado vives; y ¡cuántas veces, ay, te halla la noche en la actitud misma en que te halló la mañana! »¡Dichoso, cuando a la sombra en que tu pecho descansa, la sombra, de los que piensan favorecida morada; »desde el alba hasta el ocaso, desde el ocaso hasta el alba, contemplando las facciones del valle y de la montaña; »atento al tapiz musgoso que las rocas engalana, al sosiego de los campos, o al tumulto de las aguas; »a la lozana verdura de yerbas jamás holladas, o a la nieve que los montes empinados amortaja; »a la bostezante gruta de tenebrosa garganta, y de verde cabellera, con florecida guirnalda; »O a la mar, do las antorchas del mundo su curso acaban, que como un pecho viviente respirando sube y baja; »o siguiendo con los ojos desde la arenosa playa, al ligero esquife, alegre depósito de esperanzas; »que las velas tiende y huye, huye, y rompe la delgada hebra que ata el duro pecho del marinero a la patria; »sobre el risco, donde tantos dispersos rumores vagan; bajo la espesura umbrosa, donde ni el silencio calla; »a los ecos das un eco; a las confusas palabras de místicas armonías vibra tu mente inspirada; »y concurres al inmenso coro que todo lo abraza, lo que remontado vuela, y lo que humilde se arrastra; »¡Coro de infinitas voces que suspende y arrebata, y en que la naturaleza a todos los seres habla!
»Consuélate, que algún día, y no distante quizás, el imperio de las almas a la tuya volverá; »y ha de verse, ante los ojos más obcecados, brillar con nueva luz, de tu frente la nativa majestad; »como joyel, a que el polvo deslustró la tersa faz, nuevamente acicalado para fiesta nupcïal. »En vano tus enemigos, de la sátira mordaz contra tu pecho inocente aguzaron el puñal; »y divulgaron secretos fiados a la amistad, como quien derrama el agua sobre el camino real. »En vano, en vano su furia humillada lanzarán contra tu nombre, a manera de enhambrecido chacal, »que, para saciar la rabia de su apetito voraz, desgarra la última carne del hueso roído ya. »Esos hombres que te ponen piedras en que tropezar, y de asechanzas te cercan, no, no prevalecerán. »Pasarán, como vislumbres entre espeso matorral, que a merced del viento corren, y no dejan huella atrás. »Te detestarán, sin duda, con el rencor infernal que alimenta contra el cielo el pecho de Satanás; »pero las voces de muerte, que como ardiente raudal salen de su boca impía, leve soplo extinguirá. »Mira entre tanto con ojos de generosa piedad a los que de un bajo instinto arrastra el poder fatal; »a los que, en densa ignorancia sumidos, no ven rayar celeste albor, que ilumine su mísera ceguedad; »que llaman luz a la sombra, y bonanza al huracán, y andan a tientas, sin rumbo, sin ley, sin fe, sin altar; »al soberbio que levanta contra el débil el procaz estrépito del torrente, demolido el valladar; »a la mujer seductora, desamorada beldad, a quien la sonrisa, estudio, a quien es arte el mirar, »y en cuyo ropaje, suelto a los vientos, redes hay, redes, que prenden las almas en dura cautividad; »al ambicioso que trepa sobre el ambicioso, a par de la hiedra, que a sí misma entretejiéndose va; »a la turba lisonjera que rinde a cada deidad efímera el torpe incienso de su adoración venal; »y a declamadores vanos, que hacen rüido y no más; oráculos que atestiguan la insensatez general. »¿Qué son contigo esos hombres de un día, enjambre fugaz de insectos que vio la aurora, y la tarde no verá? »Ellos son viles, tú grande, es el interés su imán, la gloria el tuyo: la guerra apetecen, tú la paz. »Nada hay común a la suya, y a tu carrera inmortal; ni se puede su alegría a tu dolor igualar; »que es sublime y grandioso espectáculo el que da la mano dispensadora que reparte el bien y el mal, »y alejando al genio el cebo de lo vano y lo falaz, lo labra con el arado que se llama adversidad».
¡Olimpio! un amigo fiel entonces te hablaba así, queriendo apartar de ti la henchida copa de hiel. Solo entre la turba larga que antes te halagó perjura, quiso de la desventura aligerarte la carga. Y tú, si en tono más grave, no de metal diferente, como el gran río a la fuente, como al esquife la nave, Le hablaste; —y cruzó veloz una sombra tu semblante; y un tierno afecto un instante hizo vacilar tu voz:
¡No me consueles, ni te aflijas! Vivo pacífico y sereno, que sólo miro al mundo de las almas, no a ese mundo terreno. «Ni es tan perverso el hombre: la fortuna, liberal o mezquina, tiñe en puro licor o en turbias heces la copa cristalina. «Del estrecho teatro, que aprisiona tu pensamiento, el mío oye a lo lejos el rumor, y vuela a su libre albedrío. «Si murmura la fuente, o solitaria bulle una verde orilla, o viene a mis oídos el arrullo de amante tortolilla; «O el esquilón de las exequias llora en la torre sublime, o de los sauces la colgante rama sobre las cruces gime; «Paréceme que huello excelsa cumbre, a do conduce el viento, de cuanto ser criado habita el orbe una voz de lamento. «Allí la pequeñez a la grandeza, el barro al oro igualo; y exploro los arcanos del abismo, y el firmamento escalo. «Cuando el humo lejano se levanta de humilde choza, pienso que en el ara se exhala, do se quema a Dios devoto incienso; «Y de dispersas luces por la noche sembrada la llanura, el infinito espacio tachonado de soles me figura. «Contemplo allí de lejos cuanto puebla la tierra, el mar profundo, y miro al hombre, misterioso mago, atravesar el mundo. «Y como suele el pájaro a su pluma, me entrego al pensamiento; y entiendo qué es la vida, y lo que dice aquel doliente acento. «¿Y quieres que murmure de mi suerte? ¿Cuál es el hombre, dime, a quien, parcial el cielo, de la carga universal exime? «Yo, que lóbrega noche vivo ahora, en mi denso horizonte conservo, cual rosada luz, que deja la tarde en alto monte, «La llama del honor, divina lumbre, que, en apacible calma, todavía ilumina lo más alto, lo más puro del alma. «Sin duda un tiempo —¿qué razón temprana de este modo no yerra? sueños dorados vi, cuales el hombre suele ver en la tierra. «Vi alzarse mi existencia coronada de visiones hermosas; mas ¡qué! ¿debí juzgar que fuese eterna la vida de las rosas? «Las ilusiones que tocar pensaban mis infantiles manos, disipó la razón, como disipa la aurora espectros vanos. «Y digo ya a la dicha lo que dice navegante que deja el suelo patrio, a la querida orilla que más y más se aleja. «Señala Dios a todo ser que nace su herencia de dolores, como, a la aurora, un amo a sus obreros reparte las labores. «¡Ánimo, pues! ¿Qué importa a un alma grande, destello peregrino de antorcha celestial, eso que el hombre suele llamar destino? «Ni elación en la frente generosa, ni aparezca desmayo, ora brille a los ojos la serena luz del día, ora el rayo. «Brame allá abajo la preñada nube que tempestades mueve, y su tranquilidad conserve el alma, cual la cumbre su nieve. «Forceja en vano el rebelado orgullo contra la ley severa (necesidad o expïación se llame) que al universo impera; «Rueda fatal, que a todo lo criado en movimiento eterno girando abruma, y de una mano sola reconoce el gobierno».