Spanish poem
Mientras Que La Monarquía
by Duque de Rivas (1791–1865)
Mientras que la Monarquía Se desmorona, y el borde Toca de una sima horrenda, Duermen en pueriles goces, Entre placeres se aturden, Deleites sólo conocen, Sin cuidarse del peligro, El Rey de España y sus nobles. Así una casa se quema, Así desdichas atroces Sobre una Infeliz familia El ciego destino pone; Y en tanto el imbécil ríe, Duerme el embriagado joven, Y el niño con sus juguetes Es el más feliz del orbe. Si alegre fué todo el día Con públicas diversiones, Con saraos y luminarias No lo fué menos la noche. El pueblo las anchas calles En gozosas turbas corre, Para ver iluminadas Las casas de los señores. En las plazas principales Suenan músicas acordes, Y farsas se representan Del Rey celebrando el nombre. * * * Del palacio del Retiro Llenos están los salones De todo el fausto y la ga1a Que son honra de la corte. En los soberbios jardines Brillan vasos de colores, Que en el estanque reflejan Formando guirnaldas dobles. Un gran fuego de artificio Las densas tinieblas rompe, Y rastros de luz envía A las celestes regiones: De los rayos que le lanzan Los nublados tronadores, Dijérase que la tierra Se estaba vengando entonces. Varias encendidas ruedas, Girando luego veloces En atmósfera de chispas, Parecen mágicos soles; Mas pronto en huecos tronidos De humo blanco alzando un monte, Se disipa, y desaparece Aquel gigantón enorme De luz, que ofuscó 1os astros, Y que deslumbró a la corte Como trasunto o emblema Del orgullo de los hombres. En el salón de los reinos, Donde el trono de dos orbes, De oro y terciopelo, estriba En colosales leones, El Rey está con las damas, La Reina con los señores, Y chocolate y conservas, Y helados pasan en orden, En mancerinas de oro Y en bandejas, cuyos bordes Lucientes piedras adornan En caprichosas labores. En seguida se bailaron, Al compás de alegres sones, Las folías y chaconas, Y aun zarabandas innobles. De cada señora al lado Sitio un caballero escoge, Y en un cojín, para hablarle, La rodilla, izquierda pone. Allí en animados grupos Lo más rico y lo más noble De Madrid y España asiste, Y extranjeros de alto porte. Estaban, pues ¿De qué sirve Que el tiempo perdamos, nombres Ya olvidados repitiendo, Y que alcanzaron entonces Boga por riqueza y sangre, Mas que hoy ya nadie conoce? De conocidos hablemos, De amigos, nuestros hombres Que aun los vemos y tratamos, Aunque ha dos siglos que esconde Sus cenizas el sepulcro, Sima que todo lo sorbe. * * * En un lado de la sala Estaba el famoso Lope, El Fénix de los ingenios, Con el cabello y bigote Blancos como pura nieve, Y al través se reconoce De sus clericales ropas Que fué guerrero de joven. La insignia adorna su pecho de la hospitalaria orden, Y el fuego brilla en sus ojos, Que hace a los mortales dioses. Con él habla un caballero, Cabeza gorda, deformes Los pies, de negro azabache Melena y barba, mas noble Aspecto; diciendo chistes Está, y resuenan conformes Carcajadas, y aun aplausos, En cuantos hablar le oyen. Es Don Francisco Quevedo, A quien un clérigo, torpe Ya por la edad, ceceando Y con malicias responde. Ser el tal pronto se advierte Son Luis Góngora y Argote, Del nuevo estilo de moda Inventor, columna y norte. El padre Paravicino, Que de sabio alto renombre Goza, y a Madrid encanta Por sus peinados sermones, También es del corro; y luego En él ufano ingirióse, Aun tan niño que en sus labios Ni bozo se ve que asome, Don Esteban de Villegas, Español Anacreonte, En versos cortos divino, Insufrible en los mayores. En una pausa del baile, De Villamedian el Conde, Que ha danzado con la Reina, Alargó la mano a Lope, Y como ingenio de marca Entre los otros mostróse. Acaba de publicarse Su poema de Faetonte, En aquel tiempo un prodigio, Que hoy tiene apenas lectores; Obra de perverso gusto Y de hinchados clausulones. Góngora, que, envanecido, Un adepto de alto nombre Ve en tan claro personaje, Sus encomios prodigóle. Y todos 1e celebraban, Aunque yo decir no ose Si sus versos aplaudían O su favor en la corte. Don Francisco Manuel MeIo, En quien se juntan los dotes De historiador y poeta Con los bélicos blasones, Allí está, aunque taciturno; Sin duda abriga temores De que el Duque de Braganza Su osado intento no logre. El gran Don Diego Velázquez, De pinceles españoles Gloria, también conversaba Con tantos famosos autores; Pero lo que dicen ellos Parece que apenas oye, Porque de Rubens los cuadros Con gran encanto recorre; Y en aquel retrato ecuestre Del Emperador, en donde Apuró Ticiano el arte, Los ojos árabes pone. También el Rey un momento Afable al corro acercóse, Hablando de una comedia Que salió al público entonces, Y cuyo autor se nombraba Un ingenio de esta corte, A la cual, aunque por cierto Era un disparate enorme, Todos dieron mil elogios Y de portento renombre, Pues que es obra del Rey mismo No hay en Madrid quien ignore. Ya muy tarde entró en la sala, Saludos y adulaciones Recibiendo del concurso, Con aire altanero y noble El Conde-Duque ; se llegan Los Grandes y Embajadores Para hablarle, el Rey Felipe Con gran cariño le acoge; Y con él, y con el Nuncio Y un milanés, enredóse En importante coloquio, Que su atención regia absorbe. * * * La Reina, que en gallardía A todas se sobrepone, Y cuyos hermosos ojos, Brillantes como dos soles, En Villamediana tuvo Clavados toda la noche, Viendo al Rey y al favorito Con aquellos dos señores Extranjeros en consulta, Que ha de ser larga supone La conversación, notando Que hay vivas contestaciones. Mas atenta, al Conde mira, Le hace una seña, y veloce, Aunque con gran disimulo, De la sala retiróse, De una danza numerosa Que empezó la gente joven A enredar, aprovechando La confusión y el desorden. Conoció al punto la seña El favorecido Conde, Que amantes favorecidos Las más pequeñas conocen. Pero no son ellos solos; También ay! de ellas se imponen Los celosos...El Monarca La seña fatal recoge. A salir Villamediana Siguiendo su amado norte, Iba por distinto lado Del salón, cuando turbóle El ver al Rey furibundo, Que con miradas atroces, Ojos cual los de un fantasma, En él sin quitarlos pone. Sobrecogido, de mármol, Ni a dar un paso atrevióse, Y trabó, disimulando Un altercado con Lope.