Spanish poem
Una Soberana Horrible
by Antonio Plaza (1830–1882)
Una soberana horrible entre las sombras impera, y su reinado es tranquilo como el de la nada extrema. De sombras es su ropaje, de sombras en su diadema, do en vez de piedras preciosas negros puntos se condensan. Tiene un túmulo por trono, por palacio una caverna en la que nunca los rayos del vívido sol penetran. De esa mansión las cortinas son, como la tumba, negras, y cual péndulo las mueve viento que el alma congela. Y narcóticos los frutos que en secos árboles cuelgan; porque narcóticas aguas aquel triste campo riegan, y el triste mar del olvido sin azul, sin trasparencia, con soporíferas ondas turbias, monótonas, lentas, arrulla el pesado sueño, prolonga la imbécil siesta de la imbécil servidumbre de la mujer que allí reina. ¿Queréis que revele el nombre que la soberana lleva?... Es su nombre: la Ignorancia, audaz, vanidosa, vieja; su razón es el capricho, porque la razón detesta; su progreso es la costumbre; ojos tiene, pero es ciega, y muchos que no son ciegos, ciegos obedecen a ella.
En lontananza se mira brillar como punto de oro, linda luz que del Oriente se aproxima poco a poco. Después, de dos peregrinos los bultos antes dudosos se ven: un viejo con alas; en su aspecto grave y hosco, y empuña reloj de arena, cuyo finísimo polvo anuncia que de la calma el fin encuéntrase próximo. Lo sigue una linda virgen: la Reforma. —Lindo el óvalo es de su faz, y es muy linda la expresión que hay en sus ojos. Cubre sus formas de hada ropa más blanca que el copo de nieve. Brilla en su frente diadema de fuego rojo. Su marcha es firme, y el eco de su paso a uno tras otro de los que duermen despierta; y enciende la ira, el odio, en aquellos que no quieren dejar el sueño sabroso.
La caverna al fin invade la luz que su frente arroja; y al herir sus resplandores el imperio de la sombra, todos se levantan. —Unos la saludan y la adoran; pero otros cierran los ojos, porque su brillo les choca. Los primeros dicen: Tú eres la verdad, Reforma, ¡bendita seas y bendita sea tu luz reveladora! Los últimos gritan: Eres la impiedad y la discordia, ¡maldita seas, que a tu frente maldita luz la corona! ¡Adelante! dicen unos, ¡atrás! —otros con voz ronca. Y los que roncaban juntos bajo el sudario de sombras, hoy a combatir se aprestan ebrios de sangre y de cólera.
Brillan desnudos aceros, y los fusiles detonan; el clarín rompe los aires, y los cañones ribomban. Alzanse nubes de polvo, jinetes van, vienen, chocan; el ¡ay! de los moribundos horribles gritos ahogan: la sangre mancha la tierra, está la muerte de broma, que la cuba de Tomiris se llena hasta que desborda, y en su rojo contenido el rencor infame boga. Sigue una lucha a otra lucha; tras una batalla, otra; que en ese interno combate nadie alcanza la victoria; y entretanto que unos bajan a colonizar las íosas, hay otros, los escogidos, que suben, medran, engordan, y los que aguadores eran en generales se tornan. La Ignorancia al fin despierta; imprime diversas notas a sus cantados bostezos; se espereza, se prolonga, y de la lid el rüido no altera su calma insólita; que sabe que es su reinado eterno. —Si una victoria obtienen los reformistas, se disfraza de Reforma, y burla de su enemigo las conquistas ilusorias. Y la Reforma que es joven, inexperta, candorosa, deja a su rival que usurpe el puesto que a ella le toca. El Tiempo entonces le dice, sin pararse: Tú, ahora eres «La Ignorancia", lucha, que atrás viene otra Reforma. Las escenas se repiten, y van y vienen reformas, que siempre conduce El Tiempo tras una Reforma otra; y todo reforma el hombre, y al hombre nada reforma.