Spanish poem
Stéphane Mallarmé
by Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838–1889)
Ha tiempo que he soñado, Duquesa, ser la Hebe que en tu jicara ríe si a tu beso se entrega. Yo no estoy en el Sèvres en que tu boca bebe, pues no soy más que un vate que ni aun a abate llega.
Rubia que a quien te peina, tu divino oro mueve a obras de orfebrería, puesto que éste no alega méritos y consigue que tu mirada leve desdeñe los bombones y el gozquejo que juega,
nómbrame del rebaño de tus almibaradas sonrisas, que cual blancas ovejas amansadas pacen en corazones y balan indecisas.
Nómbrame... que Boucher me pintará en un rosa abanico, arrullándolas con mi flauta amorosa. Nómbrame a mí. Duquesa, pastor de tus sonrisas.
Dominando el rebaño de la humanidad horrenda, mostraban las hirsutas melenas por momentos los mendigos de azul, perdidos en la senda.
Su estandarte agitaban encenizados vientos que en si llevan del mar la divina hinchazón, y en tomo a ellos abrían grandes surcos sangrientos.
Retaban al Infierno, la frente ante el ciclón, y viajaban sin pan, sin cayado y sin urnas, chupando del amargo Ideal el limón.
Casi todos murieron en barrancas nocturnas, embriagados de gozo al verse malheridos. La Muerte les besó las trentes taciturnas.
Es ángel poderoso quien Ies tiene vencidos; enrojece el ocaso de su espada el fulgor, pero están sus espíritus por el orgullo henchidos.
Ayer amamantados de Ensueño, hoy el Dolor les da el pecho. Al medir sus llantos voluptuosos se levanta su madre» se arrodilla en su honor
el pueblo; les consuela el ser majestuosos. Mas a sus pies están los hermanos que humilla el martirio irrisorio de azares tortuosos.
Surca el salobre llanto su pálida mejilla y tragan las cenizas con idéntico amor; la suerte les enroda, burlesca y ramploncilla.
Pudieron conseguir a toque de tambor de razas ojizainas falsa compasión tierna, Prometeos sin un buitre devorador.
Mas no; viejos, frecuentan desiertos sin cisterna; caminan bajo el látigo de un espectro rabioso: El Mal Sino. Sus mellas ríen si se prosterna
la gente; él trepa encima, jinete pegajoso, y del torrente lleva al barrizal que enfanga y cambia en sucio orate al nadador brioso.
Quien por tocar la propia bocina se remanga, gracias a él se verá por rapaces befado, que soplando en sus puños remeden su charanga.
Gracias a él, si quieren tentar un pecho ajado con flores que consiguen encender la impureza le nacerán babosas al ramo condenado.
Gusanera es su axila, y en su monda cabeza lleva chapeo de plumas el esqueleto enano. Es, para ellos, el colmo de la humana tristeza,
y si, zurrados, retan al perverso tirano, su estoque rechinando sigue al rayo de luna que bruñe la osamenta y la atraviesa en vano.
Sin el orgullo austero de la mala fortuna, aunque quieren odiar, sólo guardan rencor; de la afrenta desdeñan tomar venganza alguna.
Y así, son d sarcasmo de cualquier rascador de rabel, de los chicos, de la astrosa ralea que con la andorga huera danza de buen humor.
Predican sabios vates vengadora pelea, y sin saber su mal, al verles fracasados, los juzgan impotentes, les niegan toda idea:
«Pueden, sin recoger suspiros mendigados, cual se encabrita el búfalo que aspira la tormenta, sabotear ahora males eternizados.
»De incienso embriagaremos al Fuerte porque alienta en lucha con los fieros serafines del Mal; cada farsante de éstos sin ropa roja intenta
detenemos.» Y escupen su desprecio mortal al desnudo que implora, de inmensidad indigente. Y estos Hamlets ahitos de zooobra jovial
a ahorcarse de un fárol van ridículamente.
La luna se afligía. Serifines llorando en la calma, entre flores vaporosas, soñando, con el arco en los dedos, sacaban de sus violas sollozos que rozaban lo azul de las corolas. —De tu beso primero era el bendito día. Gustosa en torturarme mi vaga fantasía se embriagaba discreta con el perfume triste que, aun sin pesar ni dejo, tras cogerle, subsiste en aquel corazón que el Ensueño ha cogido. Con la mirada fija en el envejecido pavimento iba... Entonces, en tus rizos luciendo el sol de aquella tarde, apareciste riendo en la calle. Crei ver el sombrero nimbado
del hada de mis sueños de niño muy mimado, cuando dejaban caer sus manos mal cerradas nieve de blancos ramos de estrellas perfumadas.
En la ventana está ocultando desdorados sándalos viejos de su viola resplandeciente —flauta o laúd en otro tiempo—,
la pálida Santa que extiende el libro viejo que prodiga el Magnificat deslumbrante según las completas y vísperas.
Roza el vitral de ese ostensorio el harpa alada de algún Angel creada en el vuelo vespertino para el primor de su falange.
Y deja el sándalo y el libro, y acariciante pasa el dedo sobre el plumaje instrumental la tañedora del silencio.
¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea! Desplumada, con su ala que sangra y que negrea en los cristales, de oro y aromas abrasados, en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados, cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora. Cuando de la reliquia se ha hecho portadora para el padre que adversas sonrisas ha ensayado, la soledad azul y estéril la temblado. ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija, y la inocencia de vuestros pies helados una horrible nacencia!
¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás, y con marchita mano el seno apretarás donde la mujer se ha hecho sibilina blancura para labios que de aire azul quieren hartura?
La sombra amenazaba ya con su fatal ley a un viejo Afán que mis vértebras ha deshecho; triste por perecer bajo el fúnebre techo sus alas posó en mí. ¡Ay, sala de carey
y de ébano, capaz de sobornar a un rey, la Muerte las guirnaldas de gloria ha contrahecho y es mentira tu orgullo para el que satisfecho de fé, vive alejado de la equivoca grey!
Sé que en la inmensidad de esta noche, la Tierra arroja un resplandor de misterio que yerra a través de los siglos, cual fúlgido remedio.
El idéntico espacio, anulado o crecido, a los testigos fuegos muestra desde su tedio que en un astro, entre fiestas, un genio se ha encendido.
Tal cual la Eternidad le reintegra y convierte se alza el Vate con el hierro desenvainado. No pudo comprender su siglo amedrentado que en esa extraila voz triunfaba la Muerte.
Con aquel sobresalto de la Hidra que advierte que el Angel da a los términos un sentido elevado, confiesan en voz alta el filtro que han tomado en el caudal que alguna fuente sin honra vierte.
¡Hostiles a las nubes y al suelo, si la culpa en la tumba de Poe no tiene quien la esculpa en un bajorrelieve, adorno deslumbrante;
firme bloque caído en un desastre oscuro, que tu granito, al menos, una meta levante al vuelo de Blasfemias que surcan lo futuro!