Spanish poem
Versos Improvisados Con Varios Motivos
Bien llegados a España, caballeros. Esta joven nación, su tierra pura os brinda a los amigos extranjeros que lecciones la ofrecen de cultura: por el terso carril marchen ligeros los hijos de la rica Extremadura, vuestras artes, y ciencias y portentos a igualar y vencer con sus talentos. ¡O mi pueblo, sencillo patriarca tan agreste pacífico y tan rudo, de ferrados-carriles tu comarca van a ornar, y ya en vez del torpe y mudo buey que sus pasos por minutos marca ¡rodará gran vapor!... ¿Quién tanto pudo? ¿Qué impulso, qué vigor, qué movimiento pone a tan bella fábrica el cimiento? Hay una tierra, en medio el Océano donde O''Connell nació y a Byron cuenta, ¿qué reino hallar más fuerte y soberano que la patria feliz que a ambos alienta? Pues ya del genio y del poder Britano tanto el raudal inmenso se acrecienta que sus diques rompiendo a inundar pasa el virgen suelo que de sed se abrasa. Ya corren hasta aquí sus manantiales; ya el campo bebe su copioso riego; ya florecen brillando a sus cristales el extremeño prado y el manchego. ¡Ay! los que tal pobreza y tantos males en la guerrera lucha a sangre y fuego, soportaron pacientes, ¿cómo ahora, dicha comprenderán tan seductora? Agriado el corazón por los azares, perdida en desengaños la esperanza, nada aguardamos ya sino pesares, sólo en el mal tenemos confianza; por eso hacia la gente de los mares torva la vista, y suspicaz se lanza y rechazando el bien porque suspira responde el español: «Fraude, mentira». Empero, no a los hijos de Bretaña que nos tendieron las amigas manos cuando el Coloso amenazó a la España deben temer los nobles castellanos; antes bien recordar la fiel campaña que hicieron los dos reinos como hermanos para que aliento infunda a la memoria de Wellington su lauro y nuestra gloria. ¡Por qué ese recelar eterno y triste! ¡Por qué en el porvenir tal desconsuelo! ¡Por qué así nuestro espíritu reviste con su negro color el blanco cielo! Tal vez el hado en el rencor desiste con que siguió nuestro cefrado suelo, y su primer sonrisa alegremente nos muestra en el camino reluciente. ¡Cuánta prosperidad, cuánta grandeza! ¡Cuán fecundos los montes hoy salvajes pavimentos darán con su corteza, moradas ornarán con sus ramajes!; cuántos pueblos, alzando la cabeza por contestar de Europa a los ultrajes «venid aquí —dirán— pueblos hambrientos, ¡que nosotros estamos opulentos!»