Spanish poem
Los Emigrantes
by Edmundo de Amicis (1846–1908)
APAGADA la vista, el cuerpo inerte, Extenuados, de aspecto triste y grave, Estrechando la esposa el brazo fuerte, Ascienden a la nave Cual se sube al tablado de la muerte.
Cada cual contra el pecho firme cierra Cuanto posee mísero en la tierra: Aquél un bulto, el otro un tierno infante Que al cuello se le aferra Temiendo al mar que ruge resonante.
Suben a bordo en larga fila, mudos; Y en sus semblantes rudos De desvelado llanto humedecidos Aún por los saludos Al país en el cual fueron nacidos,
Por traidor mercader van engañados Como objetos de escarnio al extranjero: Bestias de carga, ilotas despreciados, Carne de pudridero Que alquiló por vil precio el usurero.
La mirada reluce, que, funesta, Sobre Genova todos tienen puesta Con estupor profundo, Como sobre una fiesta La vista fijaría un moribundo.
Ora cruzan el líquido elemento A proa, combatidos por el viento; Van a tierra lejana En busca del sustento Que la patria crüel niega inhumana.
¿Adonde irán? A la región incierta En ia cual tanta gente quedó muerta; Como el mendigo ciego vagabundo Llama de puerta en puerta, Ellos errantes van de inundo en mundo.
Van con sus hijos como gran tesoro; Por capital, una moneda de oro Fruto vil de sus sudores; Y las mujeres van con hondo lloro Heridas del dolor de los dolores.
Y a pesar de la angustia de tal hora, Cada uno a su patria fiel adora, Aman, no obstante, el maldecido suelo Que sus hijos devora, Donde uno goza y mil claman al cielo.
En tan solemnes últimos instantes Recuerdan las cascadas resonantes, Y las casitas blancas do vivieran, Y los lagos brillantes, Y la aldea feliz en que nacieran.
Tal vez lanzando alguno un alarido Tornara presuroso al pobre nido De la elevada cumbre, En donde el padre de dolor transido No soporte la inmensa pesadumbre.
¡Pobres viejos, adiós! Quizá en un plazo Muy corto, la miseria con su abrazo Os circunde, y al gran montón de escombros Iréis en cuatro hombros, Y os echará la tierra un solo brazo.
¡Pobres viejos, adiós! Quizá a esta hora En las colinas que el ocaso dora Lloráis por vuestros hijos; vuestros llantos Los bendicen ahora... ¡Todos van a sufrir: a morir cuantos!
Ya se mueve el bajel, comienza lento. Zarpa, Génova gira, sopla el viento, Vago velo se esparce en la ribera. Se agita al firmamento El gentil gallardete y la bandera.
Ouien, la costa al perder, extiende el brazo; Quien inclina la frente en el regazo Do va su niño, el dique de sus ojos Rompido, añuda el lazo... Quien, a Dios implorando, cae de hinojos.
La nave se apresura; muere el día; El rumor de crüel melancolía De las ondas, reunido al son incierto, Proclama la agonía De las almas que quedan en el puerto.
¡Ay, hermanos, adiós! turba doliente, Compasivo os sea el cielo, el mar clemente; Que el sol no os abandone en el viaje; Adiós, mísera gente: ¡Ánimo, hermanos, paz, valor, coraje!
De fraternal cariño atad el nudo; A los niños cuidad del cambio rudo; Repartios el pan, ropas, dinero; Como un haz, al sañudo Combate resistid del extranjero.
Y que os consienta Dios cruzar los mares, Y todavía encontrar de las desiertas Moradas, sin pesares, Los padres esperándoos en las puertas.