Versos Spanish Eulogio Florentino Sanz Quiero Que Sepas, Aunque Bien Lo Sabes

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Quiero Que Sepas, Aunque Bien Lo Sabes

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Quiero que sepas, aunque bien lo sabes, Que a orillas del Sprée (ya que del río Se hace mención en circunstancias graves) Mora un semi-alemán, muy señor mío, Que entre los rudos témpanos del Norte Recuerda la amistad y olvida el frío. Lejos de mi Madrid, la villa y corte, Ni de ella falto yo porque esté lejos, Ni hay una piedra allí que no me importe; Pues sueña con la patria, a los reflejos De su distante sol, el desterrado, Como con su niñez sueñan los viejos. Ver quisiera un momento, y a tu lado, Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles En carroza triunfal rompe hacia el Prado... ¿Ríes?... Juzga el volar cuando no vueles... ¡Átomo harás del mundo que poseas Y mundo harás del átomo que anheles! Al sentircoram vulgo no te creas... Al pensarcoram vulgo, no te olvides De compulsar a solas tus ideas. Como dejes la España en que resides, Donde quiera que estés, ya echarás menos Esa patria de Dolfos y de Cides; Que obeliscos y pórticos ajenos Nunca valdrán los patrios palomares Con las memorias de la infancia llenos. Por eso, aunque dan son a mis cantares Elba, Danubio y Rhin, yo los olvido Recordando a mi pobre Manzanares. ¡Allí mi juventud!... ¡ay! ¿quién no ha oído Desde cualquier región, ecos de aquella Donde niñez y juventud han sido? Hoy mi vida de ayer, pálida o bella, Múltiple se repite en mis memorias, Como en lágrimas mil única estrella... Que quedan en el alma las historias De dolor o placer, y allí se hacinan, Del fundido metal muertas escorias. Y, aunque ya no calientan ni iluminan, Si al soplo de un suspiro se estremecen, ¡Aún consuelan el alma!... ¡o la asesinan! Cuando al partir del sol las sombras crecen, Y, entre sombras y sol, tibios instantes En torno del horario se adormecen; El dolor y el placer, férvidos antes, Se pierden ya en el alma indefinidos, A la luz y a la sombra semejantes. Y en esta languidez de los sentidos, Crepúsculo moral en que indolente Se arrulla el corazón con sus latidos, Pláceme contemplar indiferente Cuál del dormido Sprée sobre la espalda Y en lúbrico chapín sesga la gente. O recordar el toldo de esmeralda Que antes bordó el Abril en donde ahora Nieve septentrional tiende su falda: Mientras la luz del Héspero incolora Baria el campo sin fin, que el Norte rudo Salpicó de brillantes a la aurora.

coram vulgo

coram vulgo

¡Hijo de otra región, trémulo y mudo Con la mirada que por ti paseo. Nieve septentrional, yo te saludo! Una tarde de Mayo (casi creo Que salta a mi memoria su hermosura De este cuadro invernal, como un deseo), Una tarde de flores y verdura, Rica de cielo azul, sin un celaje, Y empapada en aromas y frescura; En que, al son de las auras, el ramaje Trémulo de los tilos repetía De otros lejanos bosques el mensaje; Yo, con mi propio afán por compañía, Del recinto salí que nombró el mundo Corte del rey filósofo algún día. A su verdor del Norte sin segundo, De un frondoso jardín los laberintos Atrajeron mi paso vagabundo... En armoniosa confusión distintos, Cándidos nardos y claveles rojos, Tulipanes, violetas y jacintos, De admirar el vergel diéronme antojos; Y perdíme en sus vueltas, rebuscando, Ya que no al corazón, pasto a los ojos. Y una viola, que al favonio blando Columpiaba su tímida corola, Quise arrancar... Mas súbito, clavando Mis ojos en el césped, donde sola Daba al favonio sus esencias puras, Respeté por el césped la viola... ¡Guirnalda funeral, de desventuras Y lágrimas nacida, eran las flores De aquel vasto jardín de sepulturas! Pero jardín. Allí, cuando los llores, Aún te hablarán la amante o el amigo Con aromas y jugos y colores... ¡Y de tu santo afán mudo testigo, Algo en aquellas flores sepulcrales, Algo del muerto bien será contigo! Dentro de nuestros muros funerales Jamás brota una flor. ...Mal brotaría De ese alcázar de cal y mechinales, Indice de la nada en simetría, Que a la madre común roba los muertos Para henchir su profana estantería; ¡Ruin estación de huéspedes inciertos Que ofreciera a los vivos su morada Por alquilar los túmulos abiertos! De tierra sobre tierra fabricadas, Más solemnes quizá, por más sencillas, Las del santo jardín tumbas aisladas, Con su césped de flores amarillas Se elevan... no muy altas... a la altura Del que llore, al besarlas, de rodillas. ¡Mas sola allí, sin flores, sin verdura, Bajo su cruz de hierro se levanta De un hispano cantor la sepultura!... Delante de su cruz tuve mi planta. Y soñé que en su rótulo leía: «¡Nunca duerme entre flores quien las canta!» ¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría Que el cantor de las flores en tu seno Durmiera tan sin flores algún día! Mas ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno, Por atmósfera extraña sofocado, Sobre extraña región cayó en el cieno! ¡Ay del vate infeliz que, amortajado Con su negro ropón de peregrino, Yace en su propia tumba desterrado! Yo, al encontrar su cruz en mi camino, Como engendra el dolor supersticiones, Llamé tres veces al cantor divino. Y de su lira desperté los sones, Y turbé los sepulcros murmurando La más triste canción de sus canciones... Y a la viola, que al favonio blando Columpiaba allí cerca su corola, Volví turbios los ojos... Y clavando La rodilla en el césped (donde sola Era airón sepulcral de una doncella) Desprendí de su césped la viola. Y al lado del cantor volví con ella; Y así lloré, sobre su cruz mi mano, La del pobre cantor mísera estrella: —Bien te dice mi voz que soy tu hermano; ¿Quién saludara tus despojos fríos Sin el ¡ay! de mi acento castellano? Diéronte ajena tumba hados impíos... ¡Si ojos extraños la contemplan secos, Hoy la riegan de lágrimas los míos! Sólo suena mi voz entre sus huecos, Para que en ella, si la escuchas, halles Los de tu propia voz póstumos ecos... ¡Por las desiertas y sombrías calles Donde duerme tu féretro escondido, No pasa, no, la Virgen de los valles! Una vez que ha pasado no ha venido... Trajéronla con rosas... A tu lado La virgen, desde entonces, ha dormido... Si su pálida sombra, al compasado Son de media noche, inoportuna, Flores entre tu césped ha buscado, Bien habrá visto a la menguante luna Que en el santo jardín, rico de flores, Solo yace tu césped sin ninguna. ¡No tienes una flor!... Ni ¿a qué dolores Una flor de tu césped respondiera Con aromas y jugos y colores? Sólo al riego de lágrimas naciera, Y de tu fosa en el terrón ajeno ¿Quién derrama una lágrima siquiera? ¡Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno, Que, en atmósfera extraña sofocado, Sobre extraña región cayó en el cieno! Cantor en el sepulcro desterrado, Descansa en paz. ¡Adiós!... Y si a deshora Un viajero del Sur pasa a tu lado, Si al contemplar tu cruz, como yo ahora, Con su idioma español el Viajero Te llama aquí tres veces y aquí llora, Dígale el son del aura lastimero Cuál en los brazos de tu cruz escueta Peregrino del Sur lloré primero... ¡Recibe con mi adióstu vïoleta! La tumba de la virgen te la envía...

¡Por las desiertas y sombrías calles

Donde duerme tu féretro escondido,

tu vïoleta!

¡Y al unirse la flor con su poeta, Ya en el ocaso agonizaba el día!