Spanish poem
El Velorio
Como ya en el barrio corrió la noticia, algunos vecinos llegan consternados, diciendo en voz baja toda la injusticia que amarga la suerte de los desdichados A principios de año, repentinamente murió el mayorcito ¡Si es para asustarse: apenas lo entierran, cuando fatalmente la misma desgracia vuelve a presentarse! En medio del cuadro de caras llorosas que llena el ambiente de recogimiento, el padre recibe las frases piadosas con que lo acompañan en el sentimiento Los íntimos quieren llevárselo afuera, pues presienten una decisión sombría en su mirar fijo: de cualquier manera con desesperarse nada sacaría Porque hay que ser hombre, cede a las instancias de los allegados, que fingen el gesto de cansancio propio de las circunstancias: Paciencia, por algo Dios lo habrá dispuesto. La forma expresiva de las condolencias narra lo sincero de las aflicciones, que recién en estas duras emergencias se aprecian las pocas buenas relaciones. Entre los amigos que han ido a excusarse, uno que otro padre de familia pasa a cumplir, sintiendo no poder quedarse: ¡Ellos también tienen enfermos en casa! Encuentran el golpe realmente sensible, aunque irreparable, saben que sus puestos están allí, pero les es imposible al fin crían hijos y se hallan expuestos Como habla del duelo todo el conventillo, vienen comentarios desde la cocina, mientras el teclado de un ronco organillo más ronco y más grave solloza en la esquina. Las muchas vecinas que desde temprano fueron a brindarse, siempre cumplidoras, están asombradas ¡El era bien sano, y en tan corto tiempo: cuarenta y ocho horas! ¡Parece mentira! ¡Pobre finadito! Nunca, jamás daba que hacer a la gente: ¡Había que verlo, ya tan hombrecito, tan fino en sus modos y tan obediente! La angustiada madre, que llorando apura el cáliz que el justo Señor le depara, muestra a las visitas la vieja figura con que la noche antes él aún jugara. Y, afanosamente, buscando al acaso, halla entre las vueltas de una serpentina aquel desteñido traje de payaso que le regalase su santa madrina. Y la rubia imagen a la cual rezaba truncas devociones de rezos tardíos, ¡Ah, qué unción la suya, cuando comenzaba: «Jesús Nazareno, rey de los judíos!» Como esas benditas cosas no la dejan, y ella torna al mismo fúnebre relato y va siendo tarde, todas la aconsejan cariñosamente recostarse un rato. Muchas de las que hace tiempo permanecen con ella, se marchan, pues no les permite quedarse la hora, pero antes se ofrecen para algo de apuro que se necesite Las de «compromiso» van abandonando silenciosamente la pieza mortuoria: sólo las parientes se aguardan, orando por el angelito que sube a la Gloria. La crédula hermana se acerca en puntillas, a ver, nuevamente, «si ya está despierto», y le llama y pone sus frescas mejillas sobre la carita apacible del muerto. En el otro cuarto se tocan asuntos de interés notorio: programas navales, cuestiones, alarmas, crisis y presuntos casos de conflictos internacionales. Mientras corre el mate, se insinúan datos sobre las carreras y las elecciones, y «la fija, al freno», de los candidatos es causa de algunas serias discusiones. Como no es posible que en esos instantes, y habiendo muchachas, puedan sostenerse sin ningún motivo temas semejantes, los juegos de prendas van a proponerse. Varios se retiran como pesarosos de no acompañarlos: no hay otro remedio, quizás esperasen, sin duda gustosos, si fuerzas mayores que están de por medio Y, al dejar al padre menos afligido, a las susurradas frases de la breve triste despedida, sigue el convenido casi misterioso: «Mañana a las nueve».