Versos Spanish Evaristo Carriego La Queja

Spanish poem

La Queja

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Como otras veces cuando la angustia le finge graves cosas hurañas, la infeliz dijo, después que el rojo vómito tibio mojó la almohada, las mismas quejas de febriciente, las mismas quejas entrecortadas por el delirio, las que ella arroja como un detritus de la garganta. Bajo el recuerdo remoto y vivo, jornadas rudas de su desgracia, rápidos cruzan por la memoria sus desconsuelos de amargurada: desde el sombrío taller primero que vio su carne cuando era sana hasta la hora de la caída de la que nunca se levantara. Porque era linda, joven y alegre ascendió toda la suave escala: supo del fino vaso elegante que vuelca las flores en la cloaca. Porque a su abismo lo creyó cumbre, leves mareos de la esperanza quizá embriagaron sus realidades puesto que huyeron sin inquietarla, y la salvaron de los hastíos que levemente la desolaran, como poemas sentimentales, largos idilios de cortesana. Después terrible, llegó el descenso, y hubo agonías de lucha infausta: el tren lujoso, los bares de moda, últimas glorias de consagrada ya no volvieron a mecer tiernas ensoñaciones interminadas, ya no volvieron ansias ocultas de las novelas de fe romántica, ni a obsedar, tristes, sus aventuras las heroínas que ella imitara, pues, desde entonces, casi insensible, vivió la vida de una de tantas y enamoróse de un orillero, por un capricho, porque ostentaba, como un orgullo jamás vencido, adorno y premio de sus audacias, una imborrable cicatriz honda sobre su rostro: cartel de cara, brutal nobleza, blasón sangriento que con fiero arte grabó la daga. La vio el suburbio pasar risueña, porque en sus horas inconfesadas de peregrina de los burdeles fue la devota que amó las llagas, y a su belleza rindió homenaje la inmunda jerga que deshojaba en delictuosas galanterías rosas obscenas para sus gracias, la jerga inmunda, que en madrigales volvió la torpe frase guaranga de los celosos apasionados, que bravamente, como ofrendadas invitaciones de amor, lucían vivos claveles en la solapa, largos reproches en sus cantares y torvas iras en las miradas sus caballeros, esos a quienes por su coraje, la roja heráldica de las pendencias y las prisiones dio pergaminos de aristocracia. Más tarde el otro. Las exigencias, las tiranías de aquel canalla que ella mantuvo, las indecibles horas de eterna mujer golpeada, siempre el azote como caricia sobre sus lomos que soportaron sin rebeliones de carne esclava: ¡Lomos de pobre bestia sufrida, de pobre bestia ya reventada! Y aquella noche, ¡Noche tremenda! en que sintiendo la horrible náusea del primer vómito, que arrancó el golpe del bruto infame, loca de rabia, embravecida, con todo su asco le escupió al rostro su sangre insana. Y otra vez, y otra, feroz recuerdo del miserable, lleva la marca, lleva el estigma que dejó el tajo con que, al marcharse, le abrió la cara. Después, enferma Los sufrimientos, las mentirosas voces de lástima o los insultos jamás velados: ¡La vida puerca, la vida mala! Perdió en el lecho sus atractivos, Y así, destruida la antigua gracia, ya no hubo triunfos, pues los deseos para saciarse la hallaron flaca. Por eso a solas, hoy, en el cuarto donde se muere, donde le arranca hondos gemidos la tos violenta, la tos maldita que la desangra, bajo la fiebre que la consume tiene rencores de sublevada, ¡Tiene unas cosas! ¡Oh, si pudiera con los pulmones echar el alma! Por eso grita su queja inútil de inconsolable, la queja aciaga, inofensiva, porque en su boca, son estertores de amordazada, las frases duras que va arrojando como un detritus de la garganta llena de angustias, al mismo tiempo que los pedazos de sus entrañas.