Versos Spanish Francisco de Paula Martínez de la Rosa y Berdejo «Ven, Cara Esposa, Ven Al Nupcial Lecho

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«Ven, Cara Esposa, Ven Al Nupcial Lecho

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ESPOSO. «Ven, cara Esposa, ven al nupcial lecho, Por el Amor mullido Para labrar su nido! Présago el corazón late en mi pecho; Tu dulce aliento aspiro; Tu hermosa imagen veo; Dudo, temo, deseo; Ni aliento ni respiro; Y trémulo de ardor y de esperanza, Oigo el canto nupcial: ¡Ven, Himeneo!... ¿Quién en el mundo alcanza Tan soberano bien? En dulces lazos Mil veces, Laura mía, Te estrecharé en mis brazos Y gustaré en tus labios la ambrosía; Me llamaré tu dueño; Y guardaré tu sueño, Reclinada la sien sobre las flores Que yo mismo cogí con mil amores... Mas ¡ay! que aun hora mismo el alma anubla El triste pensamiento Que enturbió en aquel punto mi contento. En el verjel cercado, De mi padre heredado, Junto a un lecho de césped y de rosas, Cual tú frescas y hermosas, La boca descubrí de horrenda sima, Que al vella pone grima; Y el techo divisé de una morada Bajo lava y escombros sepultada... ¡Quién sabe si otro tiempo El dueño de este asilo Vivió alegre y tranquilo. De dulces bienes lleno, De su esposa en el seno, Y allí la muerte dura Apagó con un soplo su ventura!... Tal vez el infeliz la juzgó eterna, Y eterna fe sincero prometía; Y de su esposa tierna Iguales juramentos recibía, Cuando tembló la tierra Que en sus entrañas al volcán encierra; Corrió la lava ardiente, Cual férvido torrente; Y el lecho y el hogar y el pueblo junto Despareció en un punto... ¿Mas por qué, Laura mía, Con tan fúnebre imagen me atormento, Cuando el alma no basta al sumo gozo Que me espera en un hora, en un momento; Cuando a mi lado estático te admire; Y te estreche en mi seno palpitante, Y en tu regazo de placer espire!» POETA. Enmudeció el Esposo; y más cercano Suena el canto nupcial, poblando el viento De júbilo y contento: Un coro de doncellas, Más que las Gracias bellas, Por la espalda flotando el blanco velo, Do flores y arrayán cubren el suelo; Y con mano sostienen cariñosa El paso incierto de la tierna Esposa. Síguenla las matronas Con ramos y coronas, Premio de la virtud y la hermosura; En tanto que una lágrima indiscreta Muestra a la turba inquieta De una madre el afán y la ternura. CORO DE DONCELLAS. Cual nieve cándida Brilla a la aurora, Si el sol la dora Con su esplendor; La virgen tímida Mas pura brilla, Si su mejilla Tiñe el pudor. CORO DE MATRONAS. Con leve púrpura Nace la rosa, Crece medrosa, De escaso olor; La besa el céfiro, Sus hojas riza, Y la matiza Tierno el amor. POETA. Mientras sonaba el alternado acento, Sus alas plegó el viento; La mar clara y serena Dormíase en la arena; Y luces de colores en guirnaldas De los copados árboles pendían Y al aire blandamente se mecían... Amor la dulce calma y noche pura, Amor tanta hermosura, Amor el firmamento Con estrellas sin cuento, Amor el aura espira, Y amor y solo amor todo respira. Mas ya llega festiva La turba alegre y viva; Y un coro de zagalas y pastores Mueve la leve planta entre las flores. El galán se acerca, Y a su amada cerca; Ya tímido cede, Duda y retrocede; Ya nueva esperanza Le anima, y avanza; Mas luego se humilla, Dobla la rodilla; Y ablanda el desdén De su dulce bien. La linda zagala Ostenta su gala, Con posturas mil Del cuerpo gentil; Ora a dulces lazos Brinda con sus brazos; Ora se retira; Ora en torno gira; Tan rápido el pie Que apenas se ve... Mas el fino amante La sigue constante; Ni un punto sosiega, La estrecha, le ruega; Temores, deseos, Dulces devaneos, Y riñas fugaces, Y treguas y paces, Y grato favor Muestra allí el amor... Pero en tanto que crúzanse veloces Los licenciosos brindis de Lieo, Y el aire pueblan las alegres voces: ¡Ven, Himeneo, ven!... ¡ven, Himeneo! Una zagala hermosa, De su amante celosa, Del concurso se aleja y torna acaso La vista hacia el ocaso; Del Vesuvio en la cima descubriendo Negra columna que a los cielos sube, Cual tenebrosa nube... Se aterra, corre, grita; Y al seno del festín se precipita. Súbito cesa el canto: Al júbilo, a la danza, a los amores, Sucede negro espanto; Como en radíente estío Repentina tormenta Inunda el campo y el ganado ahuyenta. Entre la densa turba desaladas Buscan las madres a sus tiernos hijos; Grita la hermana en vano El nombre del hermano; Corre la esposa en brazos del esposo; Y del tropel medroso La fuga y los clamores Redoblan de la noche los horrores. «¿Dónde estás, Laura mía (Frenético Lisardo repetía): Ven a mi brazos, ven; y si la suerte Nos condena a la muerte, Un instante siquiera En mi seno te estreche, y luego muera!» Asi clamaba al cielo Con triste desconsuelo, Sin hallar rastro o huella De la amada doncella, Que pálida y sin vida En la arena cayó desvanecida. Al lado está su madre, Sola su madre en la desierta orilla; Y en su regazo a la infeliz sustenta, Y de pavor no alienta; Llora, solloza, gime, Y tiernos besos en su frente imprime; Mientras desciñe con sensible anhelo Las mustias flores y el ajado velo. Cual estatua de mármol reclinada Sobre la tumba helada, Así aparece Laura desde lejos, De la pálida luna a los reflejos; Cuando la ve su esposo, Y vuela presuroso, Y acude, acorre, llega, Y a su dolor se entrega; Siendo su pena tanta Que se anudó su voz en la garganta. Cien veces y otras cien la mano ardiente Lleva a la yerta frente; Se inclina al bello rostro, observa , mira Si su amada respira; Y en su ciego delirio casi toca Los labios con su boca... Mas en el punto mismo Volvió Laura del largo parasismo; A tiempo que la Aurora, El pavoroso anuncio disipando, Daba al mundo su luz consoladora.

¡Ven, Himeneo!

¡Ven, Himeneo, ven!... ¡ven, Himeneo!