Spanish poem
En El Campo Venturoso
by Gaspar Gil Polo (1530–1584)
En el campo venturoso, Donde con clara corriente Guadalaviar hermoso Dejando el suelo abundoso Da tributo al mar potente; Galatea, desdeñosa Del dolor que a Licio daña, Iba alegre y bulliciosa Por la ribera arenosa Que el mar con sus ondas baña, Entre la arena cogiendo Conchas y piedras pintadas, Muchos cantares diciendo Con el son del ronco estruendo De las ondas alteradas: Junto el agua se ponía, Y las ondas aguardaba, Y en verlas llegar huía; Pero a veces no podía Y el blanco pie se mojaba. Licio, al cual en sufrimiento Amador ninguno iguala, Suspendió allí su tormento Mientras miraba el contento De su pulida zagala. Mas cotejando su mal Con el gozo que ella había El fatigado zagal Con voz amarga y mortal De esta manera decía: Ninfa hermosa, no te vea Jugar con el mar horrendo; Y aunque más placer te sea, Huye del mar, Galatea, Como estás de Licio huyendo. Deja ahora de jugar, Que me es dolor importuno: No me hagas más penar, Que en verte cerca del mar Tengo celos de Neptuno. Causa mi triste cuidado Que a mi pensamiento crea: Porque ya está averiguado Que si no es tu enamorado Lo será cuando te vea. Y está cierto, porque amor Sabe desde que me hirió, Que para pena mayor Me falta un competidor Más poderoso que yo. Deja la seca ribera, Do está el alga infructuosa: Guarda que no salga afuera Alguna marina fiera Enroscada y escamosa. Huye ya, y mira que siento Por ti dolores sobrados; Porque con doble tormento Celos me da tu contento Y tu peligro cuidados. En verte regocijada Celos me hacen acordar De Europa, ninfa preciada, Del toro blanco engañada En la ribera del mar. Y el ordinario cuidado Hace que piense contino De aquel desdeñoso alnado, Orilla el mar arrastrado, Visto aquel monstruo marino. Mas no veo en ti temor De congoja y pena tanta; Que bien sé por mi dolor Que a quien no teme al amor Ningún peligro le espanta. Guarte pues de un gran cuidado Que el vengativo Cupido Viéndose menospreciado, Lo que no hace de grado, Suele hacerlo de ofendido. Ven conmigo al bosque ameno, Y al apacible sombrío De olorosas flores lleno, Do en el día más sereno No es enojoso el Estío. Si el agua te es placentera, Hay allí fuente tan bella, Que para ser la primera Entre todas, solo espera Que tú te laves en ella. En aqueste raso suelo A guardar tu hermosa cara No basta sombrero o velo; Que estando al abierto cielo El sol morena te para. No escuchas dulces concentos, Sino el espantoso estruendo Con que los bravosos vientos Con soberbios movimientos Van las aguas revolviendo. Y tras la fortuna fiera Son las vistas más suaves Ver llegar a la ribera La destrozada madera De las anegadas naves. Ven a la dulce floresta, Do natura no fue escasa: Donde haciendo alegre fiesta La más calorosa siesta Con más deleite se pasa. Huye los soberbios mares; Vén, verás como cantamos Tan deleitosos cantares Que los más duros pesares Suspendemos y engañamos; Y aunque quien pasa dolores, Amor le fuerza a cantarlos, Yo haré que los pastores No digan cantos de amores, Porque huelgues de escucharlos. Allí, por bosques y prados, Podrás leer todas horas, En mil robles señalados Los nombres más celebrados De las ninfas y pastoras. Mas serate cosa triste Ver tu nombre allí pintado, En saber que escrita fuiste Por el que siempre tuviste De tu memoria borrado. Y aunque mucho estés airada, No creo yo que te asombre Tanto el verte allí pintada, Como el ver que eres amada Del que allí escribió tu nombre. No ser querida y amar Fuera triste desplacer; Mas ¿qué tormento a pesar Te puede, Ninfa, causar Ser querida y no querer? Mas desprecia cuanto quieras A tu pastor, Galatea; Solo que en estas riberas Cerca de las ondas fieras Con mis ojos no te vea. ¿Qué pasatiempo mejor Orilla el mar puede hallarse Que escuchar el ruiseñor, Coger la olorosa flor Y en clara fuente lavarse? Pluguiera a Dios que gozaras De nuestro campo y ribera, Y porque más lo preciaras, Ojalá tú lo probaras, Antes que yo lo dijera. Porque cuanto alabo aquí De su crédito lo quito; Pues el contentarme a mí Bastará para que a ti No te venga en apetito. Licio mucho más le hablara, Y tenía más que hablalle, Si ella no se lo estorbara, Que con desdeñosa cara Al triste dice que calle. Volvió a sus juegos la fiera Y a sus llantos el pastor, Y de la misma manera Ella queda en la libera, Y él en su mismo dolor.