Spanish poem
¡Qué Triste Llanto Hiere Mis Oídos!
¡Qué triste llanto hiere mis oídos! ¡Qué rumor tan confuso! ¡Qué lamento! ¡Oh noticia cuel! ¿Con qué gemidos Demostraré mi angustia? No hay aliento Que pueda explicar penas tan furiosas, Ni cosa que se iguale a mi tormento. ¿Pero qué Hijos de peñas escabrosas, Por carniceros tigres engendrados, Y arrullados por sierpes venenosas, Y qué pechos serán los que obstinados No padezcan ahora la amargura, Que acibara los nuestros desdichados? ¡Oh Muerte inexorable, oh Muerte dura! ¿Por qué cortas la planta más florida, Privándonos así de su hermosura? ¿Por qué tan a menudo enfurecida Empleas en los buenos tu guadaña, Que debieran gozar eterna vida? ¿No sería mejor, no fuera hazaña Segar aquellos monstruos venenosos, Que la inocencia ahogan con su saña? Entonces, si, serían más famosos Tus hechos, Muerte; entonces los mortales Con tu vista serían virtuosos. Más ahora, que traes tantos males Al que tributa a la virtud honores, Que conviertes sus ojos en raudales, Pues que solo descargas tus rigores En los que cultivando su talento, Procuran ser más sabios, o mejores; Maldecimos tu mano, tu ardimiento, Suplicando al que reina en las alturas Que para compensar tanto tormento, Y acabar de una vez con tus locuras, Te arrojen al Averno, y con cadenas Te hagan tan formidables ataduras, Que se revienten de hinchazón las venas, Y sea disipado enteramente El humor infernal de que están llenas. ¡Ay Dios! El sentimiento, que al presente, Con, furor me devora, lo ha causado Esa tu ansia de aniquilar ardiente. Sí, Muerte, si la vida has destrozado De Cadalso, Cadalso esclarecido, Cuya frente en los Cielos ha tocado; De aquel que en el ingenio ha competido Con el dulce Anacréon, alabando Como el anciano a Baco, y a Cupido; Y con la diestra a veces empuñando La sonora trompeta, celebraba De los guerreros el glorioso bando; El cothurno otras veces se calzaba, O pintando los hechos lastimosos Lágrimas compasivas arrancaba; Otras, bajo los mirtos más frondosos Sentado con su Fili en las riberas De los mansos arroyos sonorosos, Con quejas, y canciones lastimeras, En que el fuego brillaba, y la dulzura, Mostraba sus heridas verdaderas; Verías conmoverse la espesura, Ablandarse las piedras, y el contento Dibujado en las flores, y verdura. ¡Cuántas atacó el vicio macilento! Pero con gracia tal que parecía Ser de Persio, o Marcial su activo acento. Ya no puede crecer, oh Muerte impía, Esta planta feraz, pues la cortaste Cuando sus frescas ramas extendía. Tú el saber, y la risa nos quitaste; Y a la España aquel Hijo, en quien fundada Tenia su esperanza, la robaste. Esta matrona, que antes penetrada Se vio de humanidad para cualquiera, Ahora, de agonía traspasada, Se abandona a su llanto de manera, Que, la frente en sus manos apoyando, Inmóvil muchas horas persevera. Está allá en su memoria repasando Los Hijos más famosos, que ha perdido, Y los va unos con otros comparando; Apolo del suceso enternecido, A sus plantas se postra, y con dolientes Ayes su flaco aliento interrumpido, La acuerda los pasados y presentes, Que compusieron obras delicadas;. Y aunque en Pindo bebieron de sus fuentes, Eran las de este tan aventajadas, Que encima descollaban cual robusto Quejigo sobre yerbas desmedradas: Y al mirar la cabeza, que con gusto Orló mil veces, ya deshecha, llora, Llamando con furor al Cielo injusto. Hasta el terrible Marte, que colora Con sangre los arroyos; y los prados, Y gusta de la muerte, gime ahora; De sus ojos, de saña encarnizados, Lágrimas compasivas han corrido, Maldiciendo mil veces a los hados, Y a la funesta mano, que ha prendido Fuego al robusto Obús 2, de do la muerte Salió para un soldado tan cumplido; Llora de rabia el Dios su infausta suerte, Llora el haber perdido en este solo Un sabio César, un Aníbal fuerte; Y que hubiera del uno al otro polo Su nombre cual guerrero dilatado, Que hoy solo se repite por Apolo. En su mente renueva que, ya armado Muy joven con insignias militares, Bajo sus estandartes fue alistado; Y, atrevido pisando los lugares, Por donde el Duero lleva su corriente Se labraba laureles a millares, Que hubieran coronado aquella frente, Que esta noche el Britano valeroso Sin querer destrozó bárbaramente 4. Sí: el mismo Inglés intrépido dudoso Estuvo al prender fuego en el terrible Obús, de tanto daño receloso. Quería que el destrozo fuera horrible; Que la sangre del Íbero vertiera; Que fuera su furor irresistible: Mas no quería, no, que destruyera De un varón altamente respetado La vida, que apreció sobremanera Ese ímpetu detén arrebatado Hierro destruidor; mira su ciencia;. Venera su talento delicado. ¿Mas quién halló a la guerra resistencia? ¿Quién dudó que es origen de mil males, Y en quién la Muerte funda su potencia? ¿Quién se encontrará ya de los mortales Que no se canse, y sienta los excesos, Que suelen cometerse en tiempos tales? ¿Quién no verá que de entre los progresos De las armas, que en medio de las glorias Nacen infelicísimos sucesos? ¿Quién no mira que ocultan las historias Las desgracias, que manan de la guerra, Contando las hazañas y victorias? ¿Y quién de los que habitan esta tierra Habrá llorado tanto cual nosotros, Donde el compendio del dolor se encierra? ¡Felices muchas veces, oh vosotros, Que alegres con la suerte, que os dio el Cielo, No envidiáis las fortunas de los otros! ¡No queréis tener mando sobre el suelo, Ni después de la muerte lograr fama: Pero no conocéis el desconsuelo! Esto fortuna con verdad se llama; Estos son los placeres más sabrosos, Donde nunca la pena se derrama. Pero tú, que allá en campes luminosos Gozas bienes eternos, tú, que habitas Lugares dó no moran los viciosos, Do no hay cizañas, donde no hay malditas Discordias, donde todo es paz, contento, Y do reinan dulzuras infinitas; Escucha compasivo mi lamento; Y pide.que te siga prestamente Al que manda en la tierra, y firmamento. Y un altar rico, hermoso, y eminente Formaré mientras tanto en tu memoria, Que humeando estará continuamente. Pintaré al rededor la triste historia, En que acabó tu vida, señalando Tus acciones de más renombre, y gloria. En ella expresaré por menor cuando Saliste a ver las obras avanzadas, Tu espíritu guerrero demostrando. Que ni las duras balas disparadas Por el altivo Inglés, ni el estallido De las pesadas bombas, y granadas, Ni la sangre del muerto, ni el gemido Del herido pudieron conmoverte, Como un peñasco de olas combatido. Pues más sereno cada vez, y fuerte Por medio del peligro discurrías Sin el temor más leve de la muerte. Con prolija atención, y arte medías El trabajo tenaz de la trinchera; Todo lo andabas; todo lo veías. Atropos mientras tanto altiva, y fiera Sobre tu frente con vigor sonaba Para cortar tu aliento la tijera; Clotho la rueca de pesar soltaba; Y a Lachesis el hilo, que torcía; En los trémulos dedos se enredaba. Mas tu pecho guerrero, que gemía Por llegar de la Fama al alto templo, Del furor del contrario se reía, Dando de tu valor heroico ejemplo Al soldado feroz, que desmayado, Y triste por tu muerte le contemplo. Pintaré al General al otro lado Lleno de agitación, porque ha perdido El oficial que había más amado; Y a todos los mejores preferido 6, Por ser en lo político excelente, Y en diferentes lenguas instruido 7, Pondré la alteración, que justamente Tuvo todo: el Ejército, sabiendo La muerte de un varón tan eminente. Pondré tu cuerpo... Pero no: ese horrendo Espectáculo lejos de mis ojos, Que se están con el llanto deshaciendo. No quiero que los lúgubres despojos, Que consiguió la Muerte, a tus amigos Produzcan con su vista mil enojos. Únicamente aspiro a que testigos Sean de tu valor, y tu talento, Que apreciaron tus mismos enemigos. También para un eterno monumento Del honor, que tus méritos lograron, Poner esta inscripción en él intento: «Aquí yace Cadalso, a quien amaron Marte, Palas y Apolo; cuya muerte Amigos y enemigos lamentaron». Tu altar formarle quiero de esta suerte; Ya que los siempre inexorables hados Hoy me privaron del placer de verte. Y de leche reciente bien colmados Dos vasos, dos de aceite mantecoso Serán en él cada año derramados. Tu nombre invocaré con son lloroso; Y, de tamariz verde coronado, Le cercaré cien veces presuroso. En este sacrificio acompañado Seré del dulce Tirso, del fluido Elfino, y de Batilo delicado. Cuando vean los tres el conocido, Y funesto lugar, donde expiraste, Sacando un profundísimo gemido, Dirán: «Suelo dichoso, que abrigaste La sangre de un varón, que merecía Un más eterno, y más precioso engaste; »Tú, que fuiste testigo de aquel día, Que despreciando la granada fiera, Que el término a su aliento conducía 8, »Se mantuvo sereno en la trinchera; Hasta que al rebentar con rabia ardiente La frente destrozó que no debiera; »Tú, que viste su espíritu eminente, Y que ves nuestro llanto, allá en tu seno A los tres nos esconde juntamente». En cuanto el ponto de agua exista lleno; Los troncos con raíces se sostengan; La serpiente conserve su veneno; ¿Los ganados de yerba se mantengan; Habiten los delfines en los mares; Y las desdichas tras los bienes vengan; Crecerán en nosotros los pesares, Y crecerá tu nombre, que merece Otros loores aún más singulares. Y mientras que tu fama se alza, y crece; Penetrado de amargo sentimiento, Mi fatigado aliento desfallece: Y así colgado dejo mi instrumento De un fúnebre ciprés, no por el canto; Sino porque con él mi triste acento Ha expresado del pecho el justo llanto.