Versos Spanish Gaspar Núñez de Arce ¡Ya Triunfó La República! Has Vencido

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¡Ya Triunfó La República! Has Vencido

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¡Ya triunfó la república! Has vencido. Tras prolongada y mísera agonía lanzó a tus plantas el postrer gemido nuestra sacra y gloriosa monarquía. No vino a tierra como el cedro erguido que el huracán y el rayo desafía: cayó como la mustia y débil hoja de que en Octubre el árbol se despoja. ¡Ay! ¿Esta sociedad que desespera, logrará acaso tiempos más felices, porque haya muerto, sin luchar siquiera la tradición excelsa que maldices? ¿Se desplomó quizás porque tuviera podrido el tronco y secas las raíces? ¿Fue su impensada y rápida caída, torpe venganza o pena merecida? Si al paso que se extingue y desvanece como el último rayo vespertino, renace el orden y la paz florece, es que cumplió la ley de su destino. Pero si la tormenta se embravece, si nos arrolla el raudo torbellino, si no se aclara el porvenir incierto, entonces es que asesinada ha muerto. Mientras el cielo mi conciencia guarde, jamás se apartará de mi memoria aquella triste y vergonzosa tarde baldón eterno de la patria historia, en que un Senado imbécil o cobarde vendió sin fruto y entregó sin gloria, cediendo a los estímulos del miedo, el trono secular de Recaredo. No nació la república, gloriosa, formidable y potente en lid reñida, ni cual del casto cáliz de la rosa la pura esencia en ondas esparcida. Brotó de aquella tarde ignominiosa como brota la sangre de la herida, y como en medio de mortales dudas nació de un beso la traición de Judas. ¡Oh! ¡Quién tuviese la robusta vena de aquel ilustre historiador romano, que en libros inmortales encadena los fieros monstruos del linaje humano! Mi pluma entonces... ¡pero no! La pena que envilece al león, honra al gusano: nunca la ruin bajeza ha merecido censura eterna, sino eterno olvido. Tal vez ceñida de fulgentes galas forjose tu ilusión que en pleno día la república, austera como Palas, del cerebro del pueblo surgiría. Tal vez pensaste que al tender sus alas paz y ventura y luz derramaría, siendo para tu fama ¡oh nuevo Orfeo! la honrada encarnación de tu deseo. Si el llanto no te ciega, en torno mira ya tu inspirada voz no la conmueve, ya tu templanza se convierte en ira, ya revienta el volcán bajo la nieve. Ya ha arrebatado tu sonora lira la desgreñada Musa de la plebe; ya suena, en vez de tu rotunda estrofa, brutal insulto y sanguinaria mofa. Ya con sordo fragor se precipita y mueve a Dios desesperada guerra, la santa cruz de los sepulcros quita, vuelca las aras y los templos cierra. Ya con furor satánico medita, no sólo echar a Cristo de la tierra, sino dejar en su insensato anhelo mudo y vacío y solitario el cielo. ¡Inútil presunción! Cuando mañana se agoste, como yerba el poderío de esta generación soberbia y vana que lanza a Dios su imbécil desafío; cuando de su grandeza soberana quede el polvo no más, árido y frío, ¡tú, redentora cruz! ¡tú, santo leño, sobre las tumbas guardarás su sueño! ¡Valor, Emilio! El pueblo se desborda y nuestra gloria secular destruye. ¡Ya no existe el ejército! ¡Ya es horda la que fue hueste, y se desmanda y huye! La anarquía los ámbitos asorda, la honrada libertad se prostituye, y óyense los aullidos de la hiena, en Alcoy, en Montilla, en Cartagena. Tu voz, que siempre condenó la saña de la turba feroz, de nuevo estalle, y vibre como el trueno en la montaña y el bronce de los templos en el valle. La triste España, nuestra madre España, se desangra entre el cieno de la calle; ebrio el desorden la denuesta y hiere. Agonizando está. ¡Sálvala, o muere!