Versos Spanish Gertrudis Gómez de Avellaneda Oda En Loor De La Magnánima. Piedad De S. M. La Reina Doña Isabel Segunda

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Oda En Loor De La Magnánima. Piedad De S. M. La Reina Doña Isabel Segunda

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Heureux le Prince empli de pieuses pensées

Era la noche: tenebroso manto Cielo y tierra cubría; Sin que templase un tanto La opacidad de la región vacía, El rayo de la luna macilento O el trémulo fulgor de las estrellas; Pues, cual rastro sangriento, De un sol de invierno las rojizas huellas Surcaban solo el negro firmamento. Pero vuelan las horas: la ruidosa Agitación del mundo, Se trueca en silenciosa Calma, y reposo tétrico y profundo. Blando circula próspero beleño Suspendiendo a la par goces y enojos, Y en los brazos del sueño Olvida el infeliz que ante sus ojos Ve sin cesar de la fortuna el ceño. No aduerme, empero, la angustiosa calma De aquella noche triste, Dolores que del alma El inmenso vigor solo resiste. Allá, entre muros de prisión severa, Mortales gimen que el postrer desvelo Y la noche postrera, Alcanzan ¡ay! en el infausto suelo Do ya el sepulcro abierto les espera. Vida y placer devolverá a natura La claridad febea, ¡Y ellos en la luz pura Solo verán su funeraria tea! Y no al término atroz que ven cercano Los arrastran ignobles sentimientos.... ¡El destino tirano Los arrojó con borrascosos vientos A surcar de la vida el Oceano! ¡Oh! ¿qué pincel tan fúnebres colores Puede prestar, que alcance A pintar los dolores Que así vecinos del tremendo trance, De cada triste el corazón devora? No solo ve la muerte: la vigilia, De espectros creadora, Presenta allí su mísera familia... La esposa, el padre, el hijo a quien adora. ¡Mísero infante, cuya blanca cuna, De la esperanza nido. La pérfida forluna, Que oyó propicia su primer vagido, Deja con luto de horfandad cubierta! ¡Mísero infante, que en el pecho tierno Lleva la herida abierta, Que de su vida con brotar eterno La senda regará triste y desierta! Mas es fuerza morir, ¡padre infelice! Con pavorosos ecos Tu corazón lo dice; Y esa luz bella, que a tus ojos, secos Por insomnio voraz, la aurora envía, Te lo dice también: ¡morir es fuerza! ¡Marcha a la tumba fría: No esperes, no, que su guadaña tuerza, Piadosa a tu dolor, la parca impía! Fuerza es dejar el hijo abandonado, La esposa desvalida, El padre desolado, ¡Ay! y a la madre tierna, encanecida Por años de virtud. De tu existencia, Que ella cuidára con afán prolijo, En tan amarga ausencia ¿Qué le vas a dejar, funesto hijo? Tu sangre ¡oh Dios! ¡tu sangre por herencia! ¡Tu sangre y su dolor!... ¡Llegó la hora! ¡Del noble pensamiento La llama creadora Se va a extinguir; a helarse el sentimiento En el inmóvil corazón! — ¡Amores, Glorias, placeres cesan...! ¡ya se escuchan Los lúgubres tambores! ¡Ya la esperanza muere!... ¡mas aún luchan En cada pecho a miles los dolores! Un súbito clamor se eleva y crece En la mansión sombría: Crujiendo se estremece La férrea puerta, que tener debía, Cual la del reino del eterno llanto, Del fiero Dante la inscripción tremenda; Y estáticos, en tanto Que abre a sus pasos la temida senda, Yacen los reos trémulos de espanto. ¡Llegó el instante ya!... ¿Pero qué anuncia Esa voz repentina Que alto nombre pronuncia, Con cuyo encanto mágico domina A toda vil pasión, a todo bando, Y hasta los tristes sentenciados vuela Fausto, sublime y blando?... ¡Ese nombre feliz es ISABELA, Lo va do quier el eco divulgando! Lo divulga do quier, y al navegante Ya próximo al naufragio, No es el iris brillante Tan fausto anuncio o próspero presagio, Cual aquel nombre celestial, propicio, A los míseros es, que en llanto y duelo, Por postrer beneficio Solo ya esperan del airado cielo El término cruel de su suplicio. Al nombre celestial que en torno cunde, Súbita luz divina La esperanza difunde En la lóbrega estancia que ilumina, Y una tierna beldad allí aparece, Que, como el alba de la noche el velo, Las penas desvanece Con la dulce expresión y ardiente anhelo, Que en sus brillantes ojos resplandece. ¡Es ella, sí, miradla!... pura y bella De sus plantas reales Sienta la leve huella De la horrible capilla en los umbrales. El ángel santo de piedad la guía, La majestad del Solio la acompaña, La siguen a porfía Las esperanzas y el amor de España, Y huye a su aspecto la discordia impía. ¡Llega, virgen real! Tu planta imprime En la mansión del duelo; Ejerce la sublime Prerrogativa que te otorga el cielo. Perdona como él, y que la historia De los monarcas, con tu ejemplo egregio, Conserve en la memoria Que al emplear tan noble privilegio Dispensan gracia recogiendo gloria. La tuya ¡oh ISABEL! la tuya hermosa En esos rostros mira Do tu mano piadosa Secó el llanto cruel: ella respira En esas vidas que arrancó a la tumba Tu corazón magnánimo: se extiende En ese que retumba Eco de bendición, que el aire hiende; Y aun brilla en el cadalso que derrumba. La tuya ¡oh Reina! su laurel no tiñe Con el sangriento riego: Los mirtos que se ciñe Nacen de amor al sacrosanto fuego; La gratitud ardiente los colora; La inocencia les da su aroma santo; Y en ellos se atesora El dulce riego de benigno llanto Que divina piedad te arranca ahora. ¡Lágrimas deliciosas, que postrados Bendicen a tus plantas, De placer embargados Los ecos de la voz en las gargantas, Padres, esposas, hijos inocentes Que arrancas del abismo de abandono Con tus manos clementes; Por que a la sombra de tu excelso trono Ni al terror mudo ni al dolor consientes. Gloriosa en él por dilatados días Goza, virgen augusta, Las santas alegrías Del poder bienhechor. La frente adusta De la justicia tu piedad suavice; Que el rigor nunca la nefanda tea De la venganza atice; Y justa siempre y perdurable sea La voz universal que te bendice. La profunda emoción la mía embarga; Y aunque avezado el pecho A la desdicha amarga, Vierte el placer en lágrimas deshecho. Par a cantar tu nombre al genio imploro; Mas no puedo, ISABEL, mi lira ruda Trocar en arpa de oro: Humilde te bendice y yace muda... ¡Que otro te cante como yo te adoro!