Versos Spanish Ismael Enrique Arciniegas Los Oidores Han Citado

Spanish poem

Los Oidores Han Citado

by

Listen in the reader

Los Oidores han citado, En muy respetuosa carta, Al Virrey Solís. La hora De la cita es ya pasada Y no llega. Desacato Consideran la tardanza, Y por el nuevo desaire Han convenido en voz baja En remitir otra enérgica Queja a la Corte de España, En que además de esta burla Se haga mención detallada De su vida censurable Según es pública fama. Y uno dice: «Es bien sabido Que usando postiza barba, De noche, por puerta oculta Se sale, donde lo aguardan Compañeros de jolgorio, Y con ellos se va a casas Que durante todo el día Tienen la puerta cerrada, A visitar a mujeres De quienes todos mal hablan; Y en Santa Fe muchos dicen Que un día al rayar el alba Por haber dejado en una Casa mal vista, olvidada La llave, se vio en el trance De que lo vieran los guardias Disfrazado entrar. ¡Vergüenza Para esta ciudad cristiana, Para quien debe enseñanza Ser de honor y de virtudes Pues representa al Monarca. Y oyéronse en las iglesias De esta cuaresma en las pláticas Contra su libertinaje Admoniciones muy claras, Sin que él se cuidara de ellas… Esa María Lugarda!... Esa Lugarda de Ospina De quien cuentan y no acaban, Que se fugó de un convento De noche, saltando tapias; Esa Marichuela, escándalo De toda la gente honrada, Que al Virrey sorbiole el seso, Que es perdición de su alma Y con ella ¡Dios me ampare! (Y el Oidor se santiguaba) Olvidado de su rango, Y pecando, a Dios le falta!...» Los Oidores asentían A lo que el decano hablaba, Mientras que hacíanse cruces, En la puerta la mirada. El Virrey en ese instante Entró muy grave a la sala. Saludó con aire serio A los señores garnachas, Los que en pie, gran reverencia Le hicieron, la frente baja; Y quedó la puerta al punto Con fuerte llave cerrada. El Oidor decano entonces Dijo con voz lenta y clara (El Virrey se sonreía; Grave el Oidor lo miraba): —«Señor Virrey: por mandato De nuestro augusto Monarca, A quien vos, como nosotros, Por la fe de nuestras almas Acatamiento debemos Por obediencia jurada, Os hemos pedidos humildes, En nombre de quien nos manda Nuestro Rey Fernando Sexto, Honor y gloria de España (Y al decir esto, los ojos Los tres Oidores bajaban Como si allí, de rodillas, Y rezando comulgaran), Que vengáis, dejando a un lado Por un momento la carga Del gobierno, a que lectura Oigáis, de una reservada Cédula (el Virrey entonces Se sonreía, y miraba El cielo raso, adornado Con farol de hoja de lata). —«Señor Escribano», dijo El Oidor, con voz pausada: «Lectura dadle a la Cédula En que del Virrey nos habla Nuestro Rey Fernando Sexto»… (El Virrey los ojos clava Burlones de los Oidores En las rollizas papadas). «Al recibir esta Cédula» —Tal decía el Rey de España—, «Llamaréis ante vosotros A mi Virrey, en privada Sesión, y habréis de advertirle Que todas sus graves faltas, De que me habéis dado cuenta; Sus nocturnas escapadas, Sus disfraces y sus fiestas Con hembras de vida mala, Hanme causado amargura, Y a esa oveja que mal anda, De perdición por caminos Que de Dios los pies le apartan, Pedidle arrepentimiento Para salvación de su alma. Yo el Rey». El Virrey entonces Desabrochó su casaca, Sacó un pliego, dio unos pasos, Y alargándole la carta Al Escribano, le dijo: «De nuestro amado Monarca Ya oí la Cédula. Ahora Servíos, como posdata, Leer lo que el Rey, mi amigo, Me dice en carta privada: »Querido primo: Que el cielo Te colme de venturanza. Yo, sin ti, muy aburrido. ¡Cómo mi vida alegrabas! Mas siempre pienso que en ese Nuevo Reino de Granada Por los indios y las indias Velas, como por España, Para acrecentar la gloria De mi cetro y nuestra raza. Y de otra cosa he de hablarte, Primo, y ríete a tus anchas. De mi Audiencia he recibido Una relación de faltas De que te hace responsable, Como si la edad y canas De mis Oidores, acaso Deslices no exageraran De quien por su ardiente sangre Necesita amor y holganza; No hagas caso de chocheces; Muéstrales risueña cara. Ellos la vida gozaron; Que para el cielo sus almas Preparen, a Dios pidiéndole Perdón por culpas pasadas, Y en tanto, tú y yo gocemos De lo que pronto se acaba». El Escribano muy serio Bajó al papel la mirada, Mas se mordía los labios Porque en ellos retozaba La risa. Los tres Oidores Con las manos en las calvas, Tal vez entre sí decían: «¡Cosas que en la vida pasan! Trasquilados hemos vuelto Y todos fuimos por lana; Quien anda siempre con chismes Lo que hemos sacado, saca; Y todo esto por meternos En camisa de once varas». La carta del Rey Fernando Otra vez puso doblada En el bolsillo. Inclinose, Y grave dejó la sala. Era su vestido blanco, Llevaba abierta la capa, Y hacía la luz cambiantes En su cruz de Calatrava.

Marichuela