Versos Spanish Ismael Enrique Arciniegas Mil Quinientos Treinta Y Siete

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Mil Quinientos Treinta Y Siete

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Mil quinientos treinta y siete. Julio. Sol vivo y radiante En claro azul ilumina El Valle de los Alcázares. En la llanura no hay oro Ni esmeraldas. Sólo hambre. Del botín que recogieron Cada cual tomó su parte. Para Fernández de Lugo Raudos mensajeros salen Con oro y gemas, lo suyo, Y con los quintos reales. Y aquellos soldados rasos Que mal cubrían sus carnes Con harapos, y en Castilla En algún feliz instante Sólo unos ochavos vieron Como premio a sus afanes, Tejos de oro bien esconden De compañeros rapaces, Y si hambre sienten ahora, Pensando en sus pegujales Olvidan viejas angustias, Pues ya se ven por las calles De Madrid o de Sevilla Luciendo vistosos trajes, O requiriendo de amores A las manolas ya amables, Y que antes a sus requiebros Respondían con desaires; O bien de dones oyéndose Llamar, con aire arrogante, Porque es baldón la pobreza Y el oro las puertas abre. Viendo gordos los caballos Quesada, y a sus infantes Aburridos, y perdiendo Sus tejos junto a los naipes, Su ocupación sólo entonces, Y estando quietos los sables, Una expedición ordena A la tierra de los panches. El Capitán Juan de Céspedes Con unos valientes sale Por tierra de «sutagaos». Marcha y se traba el combate. Con flechas envenenadas Caballos e infantes caen. No es ésta la raza muisca: En sus venas otra sangre Corre. Batalla dudosa En los ásperos breñales, Hasta que rueda el Cacique De lanzada formidable. ¡Sangre de panches ardiente Como fuego de volcanes! Triunfó al fin España... pero Sobre el último cadáver! Y Quesada cavilaba: ¿Qué montañas o qué valles Ocultarán en sus vetas Las esmeraldas radiantes Que he visto ante mí, suspenso, En diademas y collares? ¿Cerca?... ¿Lejos? Pues si es lejos No importa arriesgado viaje. Esmeraldas son ducados Y ducados son alcázares; Vestes de grana en la Corte Y de nobles homenaje. Y de pronto, por un indio, Dónde está la mina sabe. ¡Somondoco! A Somondoco Van y socavones abren; Y a las piedras adheridas Aparecen destacándose En claroscuro las gemas, Que entre perlas y diamantes Habrán de ser en el mundo Gala en coronas reales. Otro secreto los indios Guardaban, secreto grave, Pero logró descubrirlo Deuda de vertida sangre. Rey en dominios potente Gobernaba extenso valle, Dueño de ricos tesoros Y súbditos a millares; Su nombre, Quimuinchateca, De Tunja temido Zaque. Y a vencer ya acostumbrados, Todos para Tunja parten. Con regalos detenerlos Quiso y corteses mensajes, Pues tiempo ganar quería Para llevar a distante Lugar sus riquezas todas; Pero avanzaron. La tarde Iluminaba el palacio; El cercado roto cae, Y en los muros planchas de oro Vivo incendio fingen, ante Los rojizos resplandores Del sol, ya pronto a apagarse. Acero en mano, Quesada Entra con diez oficiales; De sus enormes espuelas Las rodajas y los sables, Y sus cascos y sus cotas Y sus barbados semblantes, Y el relinchar en el patio, No amedrentaron al Zaque. Quesada intenta abrazarlo; Nunca lo ha tocado nadie. Los nobles y guardias gritan Ante ese inaudito ultraje. Crece el tumulto. Y entonces Antón de Olalla, el semblante Adusto, y de brazo fuerte Al Zaque agarra. Salvaje Gritería oyose... Todo Por libertarlo fue en balde, Y a un aposento contiguo Fue entre arcabuces y sables. Esforzados en la guerra, Y ante el peligro tenaces, Y con la muerte ceñuda En desafío constante, Pero siempre sed de oro En sus almas, insaciable, Al Templo del Sol, a Iraca, Parten jinetes e infantes. Más oro... más esmeraldas.. Ayer contra los alfanges Agarenos y un ochavo Como premio en los combates. Ahora... esmeraldas y oro... ¿Quién podría creer antes Que pedigüeños de antaño Llegaran a ser magnates? El templo de Sugamuxi! . . . Allá en el fondo del valle, Va apareciendo imponente: El más rico y el más grande De toda la raza muisca, Templo de gruesos pilares, Y de muros recamados De petos de oro, en que el arte De orfebres chibchas, serpientes, Ranas, ciervos, tigres y aves Grabó; donde el Gran Pontífice Al sol le rinde homenaje, Todo cubierto de blanco Mientras aroma de gaque Sube de los pebeteros Al son de mayas cantares Que por tradición se guardan En un extraño lenguaje —Tal vez el que habló Bochica En muy remotas edades— —Cantares que entonan vírgenes Trenzando rítmico baile, Ante enorme sol de oro Que ciega por fulgurante. Llegaron todos al frente Del templo, al caer la tarde. Mañana, dijo Quesada Será nuestro día grande... ¡A dormir y a soñar todos! Y que Fray Domingo alabe Al cielo, que aquí nos manda, Entre peligros y afanes, Para enseñar a estos indios Que el amontonar caudales, Habiendo en el mundo pobre, Es pecado imperdonable. Y en tanto que todos duermen, Dos soldados deslizándose Entre las sombras penetran Al templo. De seca y frágil Paja, llevan dos hachones Encendidos; fulgurantes Radian las paredes. Oro, Más oro y gemas vivaces; Todo parece en las sombras Como una aurora que arde. De las manos de uno de ellos Un hachón al suelo cae, Porque ante tanta riqueza Helada siente la sangre. Se incendia el tapiz de esparto, El fuego al santuario invade, Rápido salta a los muros Y a cortinas y a pilares; Aprisa los dos soldados Entre el fuego ruta se abren Y entre el fuego, Sugamuxi Es llamarada radiante. Quesada y su tropa sueñan; El paraíso se abre En su soñar. Esmeraldas Y oro ven, en manantiales Que corren y corren. Oro, Y esmeraldas en sus márgenes; Selvas con gemas por hojas, Y frutas de oro en los árboles... La voz de incendio de pronto Oyen. Aterrados salen. Gran resplandor cubre el cielo; De humo tromba formidable Asciende. Los indios lanzan Alaridos por las calles. Y Quesada, en tanto, mira Las llamas, mudo y exánime, Cual si el infierno en la tierra Hubiera abierto sus fauces.