Spanish poem
Tus Cuatro Sílabas Suenan
Tus cuatro sílabas suenan, «Teusaquillo, Teusaquillo», Como un cantar armonioso Que va en la noche perdido. «¡Teusaquillo!» De los Zipas Plácido y buscado asilo, Cuando en época de lluvias En el llano el turbio río Formaba grandes pantanos Y borraba los caminos!... De los empinados cerros, Bajo ramajes tupidos En las quiebras, murmurando Dos arroyos cristalinos Descienden. Cercados pozos Aquí, al soplo de los riscos, Tienden sus fríos cristales, En que peces fugitivos Nadan, en límpidas aguas, Donde el serrallo escogido Del Zipa, su carne bruna Hunde en mañanas de estío. Aquí jarrones de Ráquira Se ven con dibujos finos; En pilares, cornamentas De ciervos, conchas, colmillos De leopardos; en colgantes Jaulas, bajo cobertizos De tupida cañabrava, Son deleite del oído, De aves de variadas plumas Dulces cantos no aprendidos En los maizales de Tenza O en las selvas del Gran Río; Labor de orfebres quimbayas En los muros se ven ídolos, Y sobre tapiz de esparto Que se extiende a todo el piso Pieles y telas vistosas Teñidas de rojo vivo, El mismo que en grandes piedras Perdura en los jeroglíficos. El Licenciado su gloria Manchó con nuevo delito. No pudo entregarle el Zipa Los tesoros repartidos A los nobles del Zipazgo, Y murió en tormento inicuo. Pero los tres responsables Sufrieron duro castigo, No castigo de los hombres Más sí del poder divino: Uno, muerto por un rayo, En día de cielo limpio, Otro en un juego de cañas, Y otro, de lepra raído. Por el incendio de Bosa, Ya sin techos como abrigo, Para el Reino conquistado Capital Quesada quiso, Y todos, asiento de ella Fijaron a «Teusaquillo» Y cuando llegó Quesada Al lugar que fue escogido El recuerdo de la vega De Granada al punto vino A su mente, vega hermosa En donde jugó de niño. La Serrezuela de Suba, Bajo un azul opalino, Fingió que era «Sierra Elvira»; Las colinas de «El Suspiro Del Moro» le recordaban Las de Soacha a su espíritu Y los dos cerros cercanos, En claro fulgor ceñidos, Trajéronle a su memoria, Entre fantástico brillo, Los collados de Granada Con un misterioso hechizo. Y por eso «Nuevo Reino De Granada», al punto dijo, «Será el nombre de esta tierra Del Rey de España y de Cristo». La aurora del seis de Agosto Llegó espléndida. Bullicio En el campamento. Alegre Son de cornetas. Relinchos De corceles apastados, Y terror en los bohíos. De todos los que lloraban, Ante sus ocultos ídolos, La muerte vil de su Zipa, En lento y cruel suplicio, Con los huesos destrozados, En una tabla tendido. Ya recogidas las toldas Avanzan a «Teusaquillo». Se apea de su caballo Quesada —los ojos fijos De todos en él— arranca Puñado de hierba; altivo Se yergue; lo agita y dice: «De estos remotos dominios Tomo posesión perpetua En nombre de Carlos Quinto». Vuelve a montar. Y prosigue, Con fuerte voz: «Desafío A todo aquel que se oponga A esta fundación... ¡Oídlo!» Desnudo brilla el acero, En su puño fuerte erguido, Y vuelve a envainarlo. Nadie Sus palabras contradijo. Y al punto ordenó que doce Casas de techo pajizo Se alzaran, de los Apóstoles En recuerdo. Fray Domingo De Las Casas por mandato De Quesada, en ese mismo Instante empezó una ermita Con españoles e indios, Y en tela de burdo lienzo Incólume ante los siglos, Un crucifijo pintado Se alzó en el altar. ¡Y Cristo Abrió los brazos pidiendo Piedad para los vencidos! Y desde aquella mañana, Cuando cambió «Teusaquillo» Su nombre por Santa Fe De Bogotá y Carlos Quinto Iba con un nuevo reino A ensanchar su poderío, El sol ya no se ponía En españoles dominios.