Versos Spanish José de Espronceda Parte cuarta

Spanish poem

Parte cuarta

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Vedle, don Félix es, espada en mano, sereno el rostro, firme el corazón; también de Elvira el vengativo hermano sin piedad a sus pies muerto cayó.

Y con tranquila audacia se adelanta por la calle fatal del Ataúd; y ni medrosa aparición le espanta, ni le turba la imagen de Jesús.

La moribunda lámpara que ardía trémula lanza su postrer fulgor, y en honda oscuridad, noche sombría la misteriosa calle encapotó.

Mueve los pies el Montemar osado en las tinieblas con incierto giro, cuando ya un trecho de la calle andado, súbito junto a él oye un suspiro.

Resbalar por su faz sintió el aliento, y a su pesar sus nervios se crisparon; mas pasado el primero movimiento, a su primera rigidez tornaron.

«¿Quién va?», pregunta con la voz serena, que ni finge valor, ni muestra miedo, el alma de invencible vigor llena, fiado en su tajante de Toledo.

Palpa en torno de sí, y el impío jura, y a mover vuelve la atrevida planta, cuando hacia él fatídica figura, envuelta en blancas ropas, se adelanta.

Flotante y vaga, las espesas nieblas ya disipa y se anima y va creciendo con apagada luz, ya en las tinieblas su argentino blancor va apareciendo.

Ya leve punto de luciente plata, astro de clara lumbre sin mancilla, el horizonte lóbrego dilata y allá en la sombra en lontananza brilla.

Los ojos Montemar fijos en ella, con más asombro que temor la mira; tal vez la juzga vagarosa estrella que en el espacio de los cielos gira.

Tal vez engaño de sus propios ojos, forma falaz que en su ilusión creó, o del vino ridículos antojos que al fin su juicio a alborotar subió.

Mas el vapor del néctar jerezano nunca su mente a trastornar bastara, que ya mil veces embriagarse en vano en frenéticas órgias intentara.

«Dios presume asustarme: ¡ojalá fuera, -dijo entre sí riendo- el diablo mismo! que entonces, vive Dios, quién soy supiera el cornudo monarca del abismo.»

Al pronunciar tan insolente ultraje la lámpara del Cristo se encendió: y una mujer velada en blanco traje, ante la imagen de rodillas vio.

«Bienvenida la luz» -dijo el impío-. «Gracias a Dios o al diablo»; y con osada, firme intención y temerario brío, el paso vuelve a la mujer tapada.

Mientras él anda, al parecer se alejan la luz, la imagen, la devota dama, mas si él se para, de moverse dejan: y lágrima tras lágrima, derrama

de sus ojos inmóviles la imagen. Mas sin que el miedo ni el dolor que inspira su planta audaz, ni su impiedad atajen, rostro a rostro a Jesús, Montemar mira.

-La calle parece se mueve y camina, faltarle la tierra sintió bajo el pie; sus ojos la muerta mirada fascina del Cristo, que intensa clavada está en él.

Y en medio el delirio que embarga su mente, y achaca él al vino que al fin le embriagó, la lámpara alcanza con mano insolente del ara do alumbra la imagen de Dios,

y al rostro la acerca, que el cándido lino encubre, con ánimo asaz descortés; mas la luz apaga viento repentino, y la blanca dama se puso de pie.

Empero un momento creyó que veía un rostro que vagos recuerdos quizá, y alegres memorias confusas, traía de tiempos mejores que pasaron ya.

Un rostro de un ángel que vio en un ensueño, como un sentimiento que el alma halagó, que anubla la frente con rígido ceño, sin que lo comprenda jamás la razón.

Su forma gallarda dibuja en las sombras el blanco ropaje que ondeante se ve, y cual si pisara mullidas alfombras, deslízase leve sin ruido su pie.

Tal vimos al rayo de la luna llena fugitiva vela de lejos cruzar, que ya la hinche en popa la brisa serena, que ya la confunde la espuma del mar.

También la esperanza blanca y vaporosa así ante nosotros pasa en ilusión, y el alma conmueve con ansia medrosa mientras la rechaza la adusta razón.

DON FÉLIX «¡Qué! ¿sin respuesta me deja? ¿No admitís mi compañía? ¿Será quizá alguna vieja devota?... ¡Chasco sería! En vano, dueña, es callar, ni hacerme señas que no; he resuelto que sí yo, y os tengo que acompañar. Y he de saber dónde vais y si sois hermosa o fea, quién sois y cómo os llamáis. Y aun cuando imposible sea, y fuerais vos Satanás, con sus llamas y sus cuernos, hasta en los mismos infiernos, vos delante y yo detrás, hemos de entrar, ¡vive Dios! Y aunque lo estorbara el cielo, que yo he de cumplir mi anhelo aun a despecho de vos: y perdonadme, señora, si hay en mi empeño osadía, mas fuera descortesía dejaros sola a esta hora: y me va en ello mi fama, que juro a Dios no quisiera que por temor se creyera que no he seguido a una dama.»

Del hondo del pecho profundo gemido, crujido del vaso que estalla al dolor, que apenas medroso lastima el oído, pero que punzante rasga el corazón;

gemido de amargo recuerdo pasado, de pena presente, de incierto pesar, mortífero aliento, veneno exhalado del que encubre el alma ponzoñoso mar;

Gemido de muerte lanzó y silenciosa la blanca figura su pie resbaló, cual mueve sus alas sílfide amorosa que apenas las aguas del lago rizó.

¡Ay el que vio acaso perdida en un día la dicha que eterna creyó el corazón, y en noche de nieblas, y en honda agonía en un mar sin playas muriendo quedó!...

Y solo y llevando consigo en su pecho, compañero eterno su dolor crüel, el mágico encanto del alma deshecho, su pena, su amigo y amante más fiel

miró sus suspiros llevarlos el viento, sus lágrimas tristes perderse en el mar, sin nadie que acuda ni entienda su acento, el cielo y el mundo a su mal...

Y ha visto la luna brillar en el cielo serena y en calma mientras él lloró, y ha visto los hombres pasar en el suelo y nadie a sus quejas los ojos volvió,

y él mismo, la befa del mundo temblando, su pena en su pecho profunda escondió, y dentro en su alma su llanto tragando con falsa sonrisa su labio vistió!!!...

¡Ay! quien ha contado las horas que fueron, horas otro tiempo que abrevió el placer, y hoy solo y llorando piensa cómo huyeron con ellas por siempre las dichas de ayer;

y aquellos placeres, que el triste ha perdido, no huyeron del mundo, que en el mundo están, y él vive en el mundo do siempre ha vivido, y aquellos placeres para él no son ya!!

¡Ay! del que descubre por fin la mentira, ¡Ay! del que la triste realidad palpó, del que el esqueleto de este mundo mira, y sus falsas galas loco le arrancó...

¡Ay! de aquel que vive solo en lo pasado...! ¡Ay! del que su alma nutre en su pesar, las horas que huyeron llamara angustiado, las horas que huyeron jamás tornarán...

Quien haya sufrido tan bárbaro duelo, quien noches enteras contó sin dormir en lecho de espinas, maldiciendo al cielo, horas sempiternas de ansiedad sin fin;

quien haya sentido quererse del pecho saltar a pedazos roto el corazón; crecer su delirio, crecer su despecho; al cuello cien nudos echarle el dolor;

ponzoñoso lago de punzante hielo, sus lágrimas tristes, que cuajó el pesar, reventando ahogarle, sin hallar consuelo, ni esperanza nunca, ni tregua en su afán.

Aquel, de la blanca fantasma el gemido, única respuesta que a don Félix dio, hubiera, y su inmenso dolor, comprendido, hubiera pesado su inmenso valor.

DON FÉLIX «Si buscáis algún ingrato, yo me ofrezco agradecido; pero o miente ese recato, o vos sufrís el mal trato de algún celoso marido. »¿Acerté? ¡Necia manía! Es para volverme loco, si insistís en tal porfía; con los mudos, reina mía, yo hago mucho y hablo poco.»

Segunda vez importunada en tanto, una voz de süave melodía el estudiante oyó que parecía eco lejano de armonioso canto:

De amante pecho lánguido latido, sentimiento inefable de ternura, suspiro fiel de amor correspondido, el primer sí de la mujer aún pura.

«Para mí los amores acabaron: todo en el mundo para mí acabó: los lazos que a la tierra me ligaron, el cielo para siempre desató»,

dijo su acento misterioso y tierno, que de otros mundos la ilusión traía, eco de los que ya reposo eterno gozan en paz bajo la tumba fría.

Montemar, atento sólo a su aventura, que es bella la dama y aun fácil juzgó, y la hora, la calle y la noche oscura nuevos incentivos a su pecho son.

-Hay riesgo en seguirme. -Mirad ¡qué reparo! -Quizá luego os pese. -Puede que por vos. -Ofendéis al cielo. -Del diablo me amparo. -Idos, caballero, ¡no tentéis a Dios!

-Siento me enamora más vuestro despego, y si Dios se enoja, pardiez que hará mal: véame en vuestros brazos y máteme luego. -¡Vuestra última hora quizá esta será!...

Dejad ya, don Félix, delirios mundanos. -¡Hola, me conoce! -¡Ay! ¡Temblad por vos! ¡Temblad, no se truequen deleites livianos en penas eternas! -Basta de sermón,

que yo para oírlos la cuaresma espero; y hablemos de amores, que es más dulce hablar; dejad ese tono solemne y severo, que os juro, señora, que os sienta muy mal;

la vida es la vida: cuando ella se acaba, acaba con ella también el placer. ¿De inciertos pesares por qué hacerla esclava? Para mí no hay nunca mañana ni ayer.

Si mañana muero, que sea en mal hora o en buena, cual dicen, ¿qué me importa a mí? Goce yo el presente, disfrute yo ahora, y el diablo me lleve si quiere al morir.

-¡Cúmplase en fin tu voluntad, Dios mío!-, la figura fatídica exclamó: Y en tanto al pecho redoblar su brío siente don Félix y camina en pos.

Cruzan tristes calles, plazas solitarias, arruinados muros, donde sus plegarias y falsos conjuros, en la misteriosa noche borrascosa, maldecida bruja con ronca voz canta, y de los sepulcros los muertos levanta. Y suenan los ecos de sus pasos huecos en la soledad; mientras en silencio yace la ciudad, y en lúgubre son arrulla su sueño bramando Aquilón.

Y una calle y otra cruzan, y más allá y más allá: ni tiene término el viaje, ni nunca dejan de andar, y atraviesan, pasan, vuelven, cien calles quedando atrás, y paso tras paso siguen, y siempre adelante van; y a confundirse ya empieza y a perderse Montemar, que ni sabe a dó camina, ni acierta ya dónde está; y otras calles, otras plazas recorre y otra ciudad, y ve fantásticas torres de su eterno pedestal arrancarse, y sus macizas negras masas caminar, apoyándose en sus ángulos que en la tierra, en desigual, perezoso tronco fijan; y a su monótono andar, las campanas sacudidas misteriosos dobles dan; mientras en danzas grotescas y al estruendo funeral en derredor cien espectros danzan con torpe compás: y las veletas sus frentes bajan ante él al pasar, los espectros le saludan, y en cien lenguas de metal, oye su nombre en los ecos de las campanas sonar.

Mas luego cesa el estrépito, y en silencio, en muda paz todo queda, y desaparece de súbito la ciudad: palacios, templos, se cambian en campos de soledad, y en un yermo y silencioso melancólico arenal, sin luz, sin aire, sin cielo, perdido en la inmensidad, tal vez piensa que camina, sin poder parar jamás, de extraño empuje llevado con precipitado afán; entretanto que su guía delante de él sin hablar, sigue misterioso, y sigue con paso rápido, y ya se remonta ante sus ojos en alas del huracán, visión sublime, y su frente ve fosfórica brillar, entre lívidos relámpagos en la densa oscuridad, sierpes de luz, luminosos engendros del vendaval; y cuando duda si duerme, si tal vez sueña o está loco, si es tanto prodigio, tanto delirio verdad, otra vez en Salamanca súbito vuélvese a hallar, distingue los edificios, reconoce en dónde está, y en su delirante vértigo al vino vuelve a culpar, y jura, y siguen andando ella delante, él detrás.

«¡Vive Dios!, dice entre sí, o Satanás se chancea, o no debo estar en mí o el málaga que bebí en mi cabeza aún humea.

»Sombras, fantasmas, visiones... Dale con tocar a muerto y en revueltas confusiones, danzando estos torreones al compás de tal concierto.

»Y el juicio voy a perder entre tantas maravillas, que estas torres llegué a ver, como mulas de alquiler, andando con campanillas.

»¿Y esta mujer quién será? Mas si es el diablo en persona, ¿a mí qué diantre me da? Y más que el traje en que va en esta ocasión, le abona.

»Noble señora, imagino que sois nueva en el lugar: andar así es desatino; o habéis perdido el camino, o esto es andar por andar.

»Ha dado en no responder, que es la más rara locura que puede hallarse en mujer, y en que yo la he de querer por su paso de andadura».

En tanto don Félix a tientas seguía, delante camina la blanca visión, triplica su espanto la noche sombría, sus hórridos gritos redobla Aquilón.

Rechinan girando las férreas veletas, crujir de cadenas se escucha sonar, las altas campanas, por el viento inquietas pausados sonidos en las torres dan.

Rüido de pasos de gente que viene a compás marchando con sordo rumor, y de tiempo en tiempo su marcha detiene, y rezar parece en confuso son.

Llegó de don Félix luego a los oídos, y luego cien luces a lo lejos vio, y luego en hileras largas divididos, vio que murmurando con lúgubre voz,

enlutados bultos andando venían; y luego más cerca con asombro ve, que un féretro en medio y en hombros traían y dos cuerpos muertos tendidos en él.

Las luces, la hora, la noche, profundo, infernal arcano parece encubrir. Cuando en hondo sueño yace muerto el mundo, cuando todo anuncia que habrá de morir

al hombre, que loco la recia tormenta corrió de la vida, del viento a merced, cuando una voz triste las horas le cuenta, y en lodo sus pompas convertidas ve,

forzoso es que tenga de diamante el alma quien no sienta el pecho de horror palpitar, quien como don Félix, con serena calma ni en Dios ni en el diablo se ponga a pensar.

Así en tardos pasos, todos murmurando, el lúgubre entierro ya cerca llegó, y la blanca dama devota rezando, entrambas rodillas en tierra dobló.

Calado el sombrero y en pie, indiferente el féretro mira don Félix pasar, y al paso pregunta con su aire insolente los nombres de aquellos que al sepulcro van.

Mas ¡cuál su sorpresa, su asombro cuál fuera, cuando horrorizado con espanto ve que el uno don Diego de Pastrana era, y el otro, ¡Dios santo!, y el otro era él...!

Él mismo, su imagen, su misma figura, su mismo semblante, que él mismo era en fin: y duda y se palpa y fría pavura un punto en sus venas sintió discurrir.

Al fin era hombre, y un punto temblaron los nervios del hombre, y un punto temió; mas pronto su antigua vigor recobraron, pronto su fiereza volvió al corazón.

-Lo que es, dijo, por Pastrana, bien pensado está el entierro; mas es diligencia vana enterrarme a mí, y mañana me he de quejar de este yerro.

Diga, señor enlutado, ¿a quién llevan a enterrar? -Al estudiante endiablado don Félix de Montemar»-, respondió el encapuchado.

-Mientes, truhán. -No por cierto. -Pues decidme a mí quién soy, si gustáis, porque no acierto cómo a un mismo tiempo estoy aquí vivo y allí muerto.

-Yo no os conozco. -Pardiez, que si me llego a enojar, tus burlas te haga llorar de tal modo, que otra vez conozcas ya a Montemar.

¡Villano!... mas esto es ilusión de los sentidos, el mundo que anda al revés, los diablos entretenidos en hacerme dar traspiés.

¡El fanfarrón de don Diego! De sus mentiras reniego, que cuando muerto cayó, al infierno se fue luego contando que me mató.

Diciendo así, soltó una carcajada, y las espaldas con desdén volvió: se hizo el bigote, requirió la espada, y a la devota dama se acercó.

Con que, en fin, ¿dónde vivís?, que se hace tarde, señora. -Tarde, aún no; de aquí a una hora lo será. -Verdad decís, será más tarde que ahora.

Esa voz con que hacéis miedo, de vos me enamora más: yo me he echado el alma atrás; juzgad si me dará un bledo de Dios ni de Satanás.

-Cada paso que avanzáis lo adelantáis a la muerte, don Félix. ¿Y no tembláis, y el corazón no os advierte que a la muerte camináis?

Con eco melancólico y sombrío dijo así la mujer, y el sordo acento, sonando en torno del mancebo impío, rugió en la voz del proceloso viento.

Las piedras con las piedras se golpearon, bajo sus pies la tierra retembló, las aves de la noche se juntaron, y sus alas crujir sobre él sintió:

y en la sombra unos ojos fulgurantes vio en el aire vagar que espanto inspiran, siempre sobre él saltándose anhelantes: ojos de horror que sin cesar le miran.

Y los vio y no tembló: mano a la espada puso y la sombra intrépido embistió, y ni sombra encontró ni encontró nada; sólo fijos en él los ojos vio.

Y alzó los suyos impaciente al cielo, y rechinó los dientes y maldijo, y en él creciendo el infernal anhelo, con voz de enojo blasfemado dijo:

«Seguid, señora, y adelante vamos: tanto mejor si sois el diablo mismo, y Dios y el diablo y yo nos conozcamos, y acábese por fin tanto embolismo.

»Que de tanto sermón, de farsa tanta, juro, pardiez, que fatigado estoy: nada mi firme voluntad quebranta, sabed en fin que donde vayáis voy.

»Un término no más tiene la vida: término fijo; un paradero el alma; ahora adelante.» Dijo, y en seguida camina en pos con decidida calma».

Y la dama a una puerta se paró, y era una puerta altísima, y se abrieron sus hojas en el punto en que llamó, que a un misterioso impulso obedecieron; y tras la dama el estudiante entró; ni pajes ni doncellas acudieron; y cruzan a la luz de unas bujías fantásticas, desiertas galerías.

Y la visión como engañoso encanto, por las losas deslizase sin ruido, toda encubierta bajo el blanco manto que barre el suelo en pliegues desprendido; y por el largo corredor en tanto sigue adelante y síguela atrevido, y su temeridad raya en locura, resuelto Montemar a su aventura.

Las luces, como antorchas funerales, lánguida luz y cárdena esparcían, y en torno en movimientos desiguales las sombras se alejaban o venían: arcos aquí ruinosos, sepulcrales, urnas allí y estatuas se veían, rotas columnas, patios mal seguros, yerbosos, tristes, húmedos y oscuros.

Todo vago, quimérico y sombrío, edificio sin base ni cimiento, ondula cual fantástico navío que anclado mueve borrascoso viento. En un silencio aterrador y frío yace allí todo: ni rumor, ni aliento humano nunca se escuchó; callado, corre allí el tiempo, en sueño sepultado.

Las muertas horas a las muertas horas siguen en el reloj de aquella vida, sombras de horror girando aterradoras, que allá aparecen en medrosa huida; ellas solas y tristes moradoras de aquella negra, funeral guarida, cual soñada fantástica quimera, vienen a ver al que su paz altera.

Y en él enclavan los hundidos ojos del fondo de la larga galería, que brillan lejos, cual carbones rojos, y espantaran la misma valentía: y muestran en su rostro sus enojos al ver hollada su mansión sombría, y ora en grupos delante se aparecen, ora en la sombra allá se desvanecen.

Grandiosa, satánica figura, alta la frente, Montemar camina, espíritu sublime en su locura, provocando la cólera divina: fábrica frágil de materia impura, el alma que la alienta y la ilumina, con Dios le iguala, y con osado vuelo se alza a su trono y le provoca a duelo.

Segundo Lucifer que se levanta del rayo vengador la frente herida, alma rebelde que el temor no espanta, hollada sí, pero jamás vencida: el hombre en fin que en su ansiedad quebranta su límite a la cárcel de la vida, y a Dios llama ante él a darle cuenta, y descubrir su inmensidad intenta.

Y un báquico cantar tarareando, cruza aquella quimérica morada, con atrevida indiferencia andando, mofa en los labios, y la vista osada; y el rumor que sus pasos van formando, y el golpe que al andar le da la espada, tristes ecos, siguiéndole detrás, repiten con monótono compás.

Y aquel extraño y único rüido que de aquella mansión los ecos llena, en el suelo y los techos repetido, en su profunda soledad resuena; y expira allá cual funeral gemido que lanza en su dolor la ánima en pena, que al fin del corredor largo y oscuro salir parece de entre el roto muro.

Y en aquel otro mundo, y otra vida, mundo de sombras, vida que es un sueño, vida, que con la muerte confundida, ciñe sus sienes con letal beleño; mundo, vaga ilusión descolorida de nuestro mundo y vaporoso ensueño, son aquel ruido y su locura insana, la sola imagen de la vida humana.

Que allá su blanca misteriosa guía de la alma dicha la ilusión parece, que ora acaricia la esperanza impía, ora al tocarla ya se desvanece: blanca, flotante nube, que en la umbría noche, en alas del céfiro se mece; su airosa ropa, desplegada al viento, semeja en su callado movimiento:

humo süave de quemado aroma que al aire en ondas a perderse asciende, rayo de luna que en la parda loma, cual un broche su cima al éter prende; silfa que con el alba envuelta asoma y al nebuloso azul sus alas tiende, de negras sombras y de luz teñidas, entre el alba y la noche confundidas.

Y ágil, veloz, aérea y vaporosa, que apenas toca con los pies el suelo, cruza aquella morada tenebrosa la mágica visión del blanco velo: imagen fiel de la ilusión dichosa que acaso el hombre encontrará en el cielo. Pensamiento sin fórmula y sin nombre, que hace rezar y blasfemar al hombre.

Y al fin del largo corredor llegando, Montemar sigue su callada guía, y una de mármol negro va bajando de caracol torcida gradería, larga, estrecha y revuelta, y que girando en torno de él y sin cesar veía suspendida en el aire y con violento, veloz, vertiginoso movimiento.

Y en eterna espiral y en remolino infinito prolóngase y se extiende, y el juicio pone en loco desatino a Montemar que en tumbos mil desciende. Y, envuelto en el violento torbellino, al aire se imagina, y se desprende, y sin que el raudo movimiento ceda, mil vueltas dando, a los abismos rueda:

y de escalón en escalón cayendo, blasfema y jura con lenguaje inmundo, y su furioso vértigo creciendo, y despeñado rápido al profundo, los silbos ya del huracán oyendo, ya ante él pasando en confusión el mundo, ya oyendo gritos, voces y palmadas, y aplausos y brutales carcajadas;

llantos y ayes, quejas y gemidos, mofas, sarcasmos, risas y denuestos, y en mil grupos acá y allá reunidos, viendo debajo de él, sobre él enhiestos, hombres, mujeres, todos confundidos, con sandia pena, con alegres gestos, que con asombro estúpido le miran y en el perpetuo remolino giran.

Siente, por fin, que de repente para, y un punto sin sentido se quedó; mas luego valeroso se repara, abrió los ojos y de pie se alzó; y fue el primer objeto en que pensara la blanca dama, y alrededor miró, y al pie de un triste monumento hallóla, sentada en medio de la estancia, sola.

Era un negro solemne monumento que en medio de la estancia se elevaba, y a un tiempo a Montemar, ¡raro portento!, una tumba y un lecho semejaba: ya imaginó su loco pensamiento que abierta aquella tumba le aguardaba; ya imaginó también que el lecho era tálamo blando que al esposo espera.

Y pronto, recobrada su osadía, y a terminar resuelto su aventura, al cielo y al infierno desafía con firme pecho y decisión segura: a la blanca visión su planta guía, y a descubrirse el rostro la conjura, y a sus pies Montemar tomando asiento, así la habló con animoso acento:

«Diablo, mujer o visión, que, a juzgar por el camino que conduce a esta mansión, eres puro desatino o diabólica invención:

»Siquier de parte de Dios, siquier de parte del diablo, ¿quién nos trajo aquí a los dos? Decidme, en fin, ¿quién sois vos? y sepa yo con quién hablo:

»Que más que nunca palpita resuelto mi corazón, cuando en tanta confusión, y en tanto arcano que irrita, me descubre mi razón.

»Que un poder aquí supremo, invisible se ha mezclado, poder que siento y no temo, a llevar determinado esta aventura al extremo.»

Fúnebre llanto de amor, óyese en tanto en son

flébil, blando, cual quejido dolorido que del alma se arrancó; cual profundo ¡ay! que exhala moribundo corazón.

Música triste, lánguida y vaga, que a par lastima y el alma halaga; dulce armonía que inspira al pecho melancolía, como el murmullo de algún recuerdo de antiguo amor, a un tiempo arrullo y amarga pena del corazón. Mágico embeleso, cántico ideal,

que en los aires vaga y en sonoras ráfagas aumentando va: sublime y oscuro, rumor prodigioso, sordo acento lúgubre, eco sepulcral, músicas lejanas, de enlutado parche redoble monótono, cercano huracán, que apenas la copa del árbol menea y bramando está: olas alteradas de la mar bravía, en noche sombría los vientos en paz, y cuyo rugido se mezcla al gemido del muro que trémulo las siente llegar: pavoroso estrépito, infalible présago de la tempestad.

Y en rápido crescendo, los lúgubres sonidos más cerca vanse oyendo y en ronco rebramar; cual trueno en las montañas que retumbando va, cual rujen las entrañas de horrísono volcán.

Y algazara y gritería, crujir de afilados huesos, rechinamiento de dientes y retemblar los cimientos, y en pavoroso estallido las losas del pavimento separando sus junturas irse poco a poco abriendo, siente Montemar, y el ruido más cerca crece, y a un tiempo escucha chocarse cráneos, ya descarnados y secos, temblar en torno la tierra, bramar combatidos vientos, rugir las airadas olas, estallar el ronco trueno, exhalar tristes quejidos y prorrumpir en lamentos: todo en furiosa armonía, todo en frenético estruendo, todo en confuso trastorno, todo mezclado y diverso.

Y luego el estrépito crece confuso y mezclado en un son, que ronco en las bóvedas hondas tronando furioso zumbó; y un eco que agudo parece del ángel del juicio la voz, en triple, punzante alarido, medroso y sonoro se alzó; sintió, removidas las tumbas, crujir a sus pies con fragor chocar en las piedras los cráneos con rabia y ahínco feroz, romper intentando la losa, y huir de su eterna mansión, los muertos, de súbito oyendo el alto mandato de Dios.

Y de pronto en horrendo estampido desquiciarse la estancia sintió, y al tremendo tartáreo rüido cien espectros alzarse miró:

de sus ojos los huecos fijaron y sus dedos enjutos en él; y después entre sí se miraron, y a mostrarle tornaron después;

y enlazadas las manos siniestras, con dudoso, espantado ademán contemplando, y tendidas sus diestras con asombro al osado mortal,

se acercaron despacio y la seca calavera, mostrando temor, con inmóvil, irónica mueca inclinaron, formando enredor.

Y entonces la visión del blanco velo al fiero Montemar tendió una mano, y era su tacto de crispante hielo, y resistirlo audaz intentó en vano:

galvánica, cruel, nerviosa y fría, histérica y horrible sensación, toda la sangre coagulada envía agolpada y helada al corazón...

Y a su despecho y maldiciendo al cielo, de ella apartó su mano Montemar, y temerario alzándola a su velo, tirando de él la descubrió la faz.

¡Es su esposo!, los ecos retumbaron, ¡La esposa al fin que su consorte halló! Los espectros con júbilo gritaron: ¡Es el esposo de su eterno amor!

Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! Y era (¡desengaño fatal!, ¡triste verdad!) una sórdida, horrible calavera, la blanca dama del gallardo andar...

Luego un caballero de espuela dorada, airoso, aunque el rostro con mortal color, traspasado el pecho de fiera estocada, aún brotando sangre de su corazón,

se acerca y le dice, su diestra tendida, que impávido estrecha también Montemar: -Al fin la palabra que disteis, cumplida; doña Elvira, vedla, vuestra esposa es ya.

-Mi muerte os perdono. Por cierto, don Diego, repuso don Félix tranquilo a su vez, me alegro de veros con tanto sosiego, que a fe no esperaba volveros a ver.

En cuanto a ese espectro que decís mi esposa, raro casamiento venísme a ofrecer: su faz no es por cierto ni amable ni hermosa, mas no se os figure que os quiera ofender.

Por mujer la tomo, porque es cosa cierta, y espero no salga fallido mi plan, que en caso tan raro y mi esposa muerta, tanto como viva no me cansará.

Mas antes decidme si Dios o el demonio me trajo a este sitio, que quisiera ver al uno o al otro, y en mi matrimonio tener por padrino siquiera a Luzbel:

Cualquiera o entrambos con su corte toda, estando estos nobles espectros aquí, no perdiera mucho viniendo a mi boda... Hermano don Diego, ¿no pensáis así?

Tal dijo don Félix con fruncido ceño, en torno arrojando con fiero ademán miradas audaces de altivo desdeño, al Dios por quien jura capaz de arrostrar.

El carïado, lívido esqueleto, los fríos, largos y asquerosos brazos, le enreda en tanto en apretados lazos, y ávido le acaricia en su ansiedad: y con su boca cavernosa busca la boca a Montemar, y a su mejilla la árida, descarnada y amarilla junta y refriega repugnante faz.

Y él, envuelto en sus secas coyunturas, aún más sus nudos que se aprieta siente, baña un mar de sudor su ardida frente y crece en su impotencia su furor; pugna con ansia a desasirse en vano, y cuanto más airado forcejea, tanto más se le junta y le desea el rudo espectro que le inspira horror.

Y en furioso, veloz remolino, y en aérea fantástica danza, que la mente del hombre no alcanza en su rápido curso a seguir, los espectros su ronda empezaron, cual en círculos raudos el viento remolinos de polvo violento y hojas secas agita sin fin.

Y elevando sus áridas manos, resonando cual lúgubre eco, levantóse con su cóncavo hueco semejante a un aullido una voz: pavorosa, monótona, informe, que pronuncia sin lengua su boca, cual la voz que del áspera roca en los senos el viento formó.

«Cantemos, dijeron sus gritos, la gloria, el amor de la esposa, que enlaza en sus brazos dichosa, por siempre al esposo que amó: su boca a su boca se junte, y selle su eterna delicia, suave, amorosa caricia y lánguido beso de amor.

»Y en mutuos abrazos unidos, y en blando y eterno reposo, la esposa enlazada al esposo por siempre descansen en paz: y en fúnebre luz ilumine sus bodas fatídica tea, es brinde deleites y sea a tumba su lecho nupcial.»

Mientras, la ronda frenética que en raudo giro se agita, más cada vez precipita su vértigo sin ceder; más cada vez se atropella, más cada vez se arrebata, y en círculos se desata violentos más cada vez:

y escapa en rueda quimérica, y negro punto parece que en torno se desvanece a la fantástica luz, y sus lúgubres aullidos que pavorosos se extienden, los aires rápidos hienden más prolongados aún.

Y a tan continuo vértigo, a tan funesto encanto, a tan horrible canto, a tan tremenda lid; entre los brazos lúbricos que aprémianle sujeto, del hórrido esqueleto, entre caricias mil:

Jamás vencido el ánimo, su cuerpo ya rendido, sintió desfallecido faltarle, Montemar; y a par que más su espíritu desmiente su miseria la flaca, vil materia comienza a desmayar.

Y siente un confuso, loco devaneo, languidez, mareo y angustioso afán: y sombras y luces la estancia que gira, y espíritus mira que vienen y van.

Y luego a lo lejos, flébil en su oído, eco dolorido lánguido sonó, cual la melodía que el aura amorosa, y el aura armoniosa de noche formó:

y siente luego su pecho ahogado y desmayado, turbios sus ojos, sus graves párpados flojos caer: la frente inclina sobre su pecho, y a su despecho, siente sus brazos lánguidos, débiles, desfallecer.

Y vio luego una llama que se inflama y murió; y perdido, oyó el eco de un gemido que expiró.

Tal, dulce suspira la lira que hirió, en blando concepto, del viento la voz,

leve, breve son.

En tanto en nubes de carmín y grana su luz el alba arrebolada envía, y alegre regocija y engalana las altas torres al naciente día; sereno el cielo, calma la mañana, blanda la brisa, trasparente y fría, vierte a la tierra el sol con su hermosura rayos de paz y celestial ventura.

Y huyó la noche y con la noche huían sus sombras y quiméricas mujeres, y a su silencio y calma sucedían el bullicio y rumor de los talleres; y a su trabajo y a su afán volvían los hombres y a sus frívolos placeres, algunos hoy volviendo a su faena de zozobra y temor el alma llena:

¡Que era pública voz, que llanto arranca del pecho pecador y empedernido, que en forma de mujer y en una blanca túnica misteriosa revestido, aquella noche el diablo a Salamanca había en fin por Montemar venido!... Y si, lector, dijerdes ser comento, como me lo contaron, te lo cuento.