Versos Spanish José María Heredia y Heredia Yo Te Amo, Sol: Tú Sabes Cuán Gozoso

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Yo Te Amo, Sol: Tú Sabes Cuán Gozoso

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Yo te amo, Sol: tú sabes cuán gozoso, Cuando en las puertas del oriente asomas, Siempre te saludé. Cuando tus rayos Nos arrojas fogoso Desde tu trono en el desierto cielo, Del bosque hojoso entre la sombra grata, Me deleito al bañarme en la frescura Que los céfiros vierten en su vuelo; Y me abandono a mil cavilaciones De inefable dulzura Cuando reclinas la radiosa frente En las trémulas nubes de occidente. Empero el opulento en su delirio Sólo de vicios y maldad ansioso, Rara vez alza a ti su faz ingrata. Tras el festín nocturno crapuloso Tu luz sus ojos lánguidos maltrata, Y tu fuego le ofende, Tu fuego puro, que en tu amor me enciende. ¡Oh! si el oro fatal cierra las almas A admirar y gozar, yo lo desprecio; Disfruten otros su letal riqueza, Y yo contigo mi feliz pobreza. ¡Oh! ¡cuánto en el Anáhuac Por tu ardor suspiré! Mi cuerpo helado Mirábase encorvado Hacia la tumba oscura. En el invierno rígido, inclemente, Me viste, al contemplar tu tibio rayo, Triste acordarme del fulgor de mayo, Y alzar a ti la moribunda frente. «¡Dadme», clamaba, «dadme un sol de fuego, Y bajo el agua, sombras y verdura, Y me veréis feliz...! Tú, Sol, tú solo Mi vida conservaste: mis dolores Cual humo al aquilón desparecieron, Cuando en Cuba tus rayos bienhechores En mi pálida faz resplandecieron. ¡Mi patria...! ¡Oh Sol! Mi suspirada Cuba ¿A quién debe su gloria, A quién su eterna virginal belleza? Sólo a tu amor. Del Capricornio al cáncer En giro eterno recorriendo el centro, Jamás de ella te apartas, y a tus ojos De cocoteros cúbrese y de palmas, Y naranjos preciosos, cuya pompa Nunca destroza el inclemente hielo. Tus rayos en sus vegas Desenvuelven los lirios y las rosas, Maduran la más dulce de las plantas, Y del café las sales deliciosas. Cuando en tu ardor vivífico la viertes Larga fuente de vida y de ventura, ¿No te gozas ¡oh Sol! en su hermosura? Mas a veces también por nuestras cumbres Truena la tempestad. Entristecido Velas tu pura faz, mientras las nubes Sus negras olas por el aire ardiente Revuelven con furor, y comprimido Ruge el rayo impaciente, Estalla, luce, hiere y un diluvio De viento, agua y fuego se desata Sobre la tierra trémula, y el caos Amenaza tornar... Mas no, que lanzas ¡Oh Sol! tu dardo irresistible, y rompe La confusión de nubes y a la tierra Llega a dar esperanza. Ella con ansia Le recibe, sonríe, y rebramando Huye ante ti la tempestad. Más puro Centella tu ancho disco en occidente. Respira el mundo paz: bosque y pradera Se ornan de nuevas galas, Mientras al cielo con la tierra uniendo El iris tiende sus brillantes alas. ¡Alma de la creación! Cuando el Eterno Del primitivo caos Con imperiosa voz sacó la tierra, ¿Qué fue sin tu presencia? Yermo triste Do inmóviles reinaban Frialdad, silencio, oscuridad... Empero La voz omnipotente Dijo: ¡Enciéndase el Sol! y te encendiste, Y brotaste la luz, que en raudo vuelo Pobló los campos del desierto cielo. ¡Oh! ¡cuán ardiente, al recibir la vida, Al curso eterno te lanzaste luego! ¡Cómo al sentir tu delicioso fuego, Se animó la creación estremecida! La sombra de los bosques, El cristal de las aguas, Las brisas y las flores, Y el rutilante cielo y sus colores A una mirada tuya parecieron, Y el placer y la vida Su germen inmortal desenvolvieron. Y esos planetas, tu feliz corona, Te obedecen también: raudos giraban Sin órbita ni centro Del éter en las vastas soledades. El Creador soberano sujetolos A tu poder, y les pusiste rienda, A tu fuerte atracción los enlazaste, Y en derredor de ti los obligaste A que siguiesen inerrable senda. Y tú sigues la tuya, que eres sólo Criatura como yo, y estrella débil, (Como las que arden por la noche umbría En el cielo sin nubes), en presencia De tu Hacedor y mi Hacedor, que eterno, Omniscio, omnipotente, dirigiendo Con designios profundos Tantos millones férvidos de mundos, Reina en el corazón del universo. Espejo ardiente en que el Señor se mira. Ya nos dé vida en tu fulgor sereno, Ya con el rayo y espantoso trueno Al mundo lance su terrible ira; Gloria del universo, Del empíreo señor, padre del día, ¡Sol! oye: si mi mente Alta revelación no iluminara, En mi entusiasmo ardiente A ti, rey de los astros, adorara. Así en los campos de la antigua Persia Resplandeció tu altar; así en el Cuzco Los Incas y su pueblo te acataban. ¡Los Incas! ¿Quién, al pronunciar su nombre, Si no nació perverso, Podrá el llanto frenar...? Sencillo y puro, De sus criaturas en la más sublime Adorando al autor del universo Aquel pueblo de hermanos, Alzaba a ti sus inocentes manos. ¡Oh dulcísimo error! ¡Oh Sol! Tú viste Á tu pueblo inocente Bajo el hierro inclemente Como pálida mies gemir segado. Vanamente sus ojos moribundos Por venganza o favor a ti se alzaban: Tú los desatendías, Y tu carrera eterna proseguías, Y sangrientos y yertos expiraban.

¡Enciéndase el Sol!