Spanish poem
El Último Cartucho
¡De pronto, un mensajero! Es que la Muerte quiere a veces jugarse con la Suerte, entre esperanzas de irritante gozo, como juega el fulgor de la mañana en el turbio cristal de la ventana de un lóbrego y profundo calabozo. Cinco veces mayor, el enemigo Quísole enviar al héroe un mensajero de prometida paz. ¡Ah! ¿Cómo al fiero huracán resistirse del castigo, iba el puñado aquél? ¿Y la esperanza cómo iba a desdeñar, cuando el acero suspenso estaba de feroz venganza? Escoge el enemigo a un denodado capitán de pulquérrimos blasones e insospechable fe: joven soldado que en su raudo corcel, avanza, avanza, por entre las intrépidas legiones, hasta llegar al héroe; y conmovido —¡Salvo es el nombre —dícele— que tengo; y expresar con mi nombre os he querido esta misión de paz en la que vengo!— —¡Seguidme! —dice el héroe; y lo adelanta lleno de majestad, por breve senda, con porte airoso y con segura planta... ¡Ya están los dos en la cerrada tienda! Y no a befarse del anciano vino el mensajero aquel; y de su lengua no cayeron insultos, como gotas de sangre del puñal de un asesino. ¡Ah! no le habló de irritadora mengua, sino de las estériles derrotas que ni afligen ni ablandan al Destino. Su palabra mostrle la ya cierta derrota luego; y le enseñó el camino de honrada salvación: dejar la plaza. Y breve, breve fue, como un alerta, ¡no como una amenaza!... Después que lo escuchó, ligera mano pasose el héroe por el ancha frente; las cejas enarcó súbitamente; pero, al pensar que se enojaba en vano, díjole así tranquilo y sonriente: «Tengo apenas un grupo de soldados; pero tengo a la vez los más sagrados deberes que cumplir: la voz escucho de mi conciencia que morir me manda: y moriré... después que en la demanda haya quemado el último cartucho». Sencilla así y sublime, como el verso con que el poema de Moisés empieza su frase fue. Fue el dorso, fue el reverso de aquellos elocuentes y famosos discursos de pletórica belleza, con que hablan los belígeros colosos de la Ilíada inmortal. Grabar debía la Patria en su marmóreo cenotafio esa frase de heroica bizarría, que, como el sacrificio presentía, ¡tuvo la brevedad de un epitafio!... El sorprendido Salvo pudo apenas balbucear frases de pesar: veía que ancho sepulcro ante los píos se abría de ese héroe, en cuyas venas la misma sangre circulaba acaso que en las del hijo de Peleo un día. Y sintió... ¿qué sintió? Lo que se siente ante el sol, cuando se hunde en el ocaso, como en la tumba ensangrentada frente... En silencio los dos, así un instante contémplense a la vez. Luego al anciano tiende la mano el joven anhelante, y estrecha en ella la rugosa mano del tranquilo gigante... —Aguardad, —dice el héroe—, yo os lo ruego no estoy solo, en verdad; y es deber mío consultar mi respuesta. Volved luego; o mejor... esperad, porque ya ansío de una vez concluir. Venga la junta, aquí mismo, ante vos; y que decida si supe contestar vuestra pregunta y si supe escoger. ¡O muerte, o vida!— Prontos instantes luego empezaron del héroe a la presencia, a llegar sus gloriosos capitanes: More el primero fue, con el sosiego del que marcha, serena la conciencia, a la coronación de sus afanes; y luego Ugarte, con la faz tranquila, de plena juventud en los deseos, fulminando la luz de su pupila por entre el resplandor de ios arreos; e Inclán después, con la modestia suma de un astro casi oculto; y el anciano Arias, que al peso de la edad se abruma y en la espada viril sienta la mano; y O'Dónovan gallardo y sonriente, Blondell dominador, Zavala ufano... ¡Todos peruanos son! Y solamente entre el clásico grupo, un argentino yergue a los cielos la preclara frente: ¡es Saénz Peña! En su febril mirada de ardiente juventud, brilla el destino que en los grandes espíritus chispea; hijo de San Martín, su misma espada ¡es la espada inmortal de Necochea! Rinda parias el Arte a la hermosura de ese grupo de excelsos capitanes, en donde, con hierática apostura, Bolognesi destaca su figura, como un dios en un grupo de titanes... Prenda el Arte la lámpara del numen en el mejor altar, y cante gloria: ¡ese clásico grupo es el resumen de los trescientos de inmortal memoria! ¿A dónde el bronce colosal, a dónde que apologice el alma que se esconde en el reto lanzado a la victoria; que interprete el afán de la respuesta de esos desesperados paladines; y que exprese el vigor de esa protesta, más alta que la voz de cien clarines?... El grupo, en torno sus miradas gira; y un solo bronce que lo copie no halla: ¡y ese grupo es el grupo en que se mira el nubarrón que en el combate estalla! ¡Ah! ¿para cuándo reservar entonces el verbo ensalzador de la batalla? Sólo la lira canta; ella se inspira; ella es la redentora de los bronces, ¡ya que es de bronce el arco de la lira!... Y ahí también, a un lado, Salvo ese grupo respetuoso admira; y se siente crecer ante el ejemplo, como bajo el castigo el buen soldado: su cabeza inclinada y descubierta como la del idólatra en el templo, recibe el sol por la ventana abierta; y su mirada, a veces, busca el campo, que se encuadra en el marco de la puerta... ¡El héroe, en medio! De su nívea barba aprisiónase el ampo con mano nerviosísima; en su frente, cual labrador que la campiña escarba, surcos ahonda el ímpetu furente que enardece su espíritu; en sus ojos, hay un rayo de sol resplandeciente, que fulmina altivez y vibra enojos; en su actitud airada, se ve el deseo que en su pecho late; y en su cintura, la ceñida espada ¡tiene estremecimientos de combate!... En amplio semicírculo, a su frente los bravos capitanes... Es el coro que forma Homero de la aquiva gente en la junta inmortal, en que el sonoro rayo vibra de Aquiles impaciente. Habla el héroe: —Ha venido un mensajero de la enemiga tropa: en una mano trae la oliva de la paz; y al mismo tiempo en la otra vengativo acero... Dejar la plaza me ha exigido en vano: en nombre del rebelde patriotismo que siempre alienta el corazón peruano, le he respondido que la lucha quiero y no la rendición... Fuera egoísmo, egoísmo de gloría, en un anciano, sacrificar vuestras sagradas vidas sin oíros primero. ¡Vosotros escoged! iNo hubo espartano que no siguiera el rumbo de Leonidas: os lo recuerdo: mas quién sabe acaso si no es bueno seguir, cuando están llenas de iuventud las almas, al que un paso le resta, dar hacia la tumba apenas!... Mientras así decía, como en una patriótica ironía, por sus hinchadas juveniles venas ¡en copioso raudal la sangre hervía! Cesó su voz vibrante, como una tempestad de amargas quejas; y se enarcaron las viriles cejas en su rostro de Júpiter Tonante. —¡Vuestra opinión es mía!— dice entonces el majestuoso More; y todos. —¡Mía!— prorrumpen a la vez: la vocería es cual si echasen a volar los bronces... Y no ardió discusión ni surgió enojo entre el Poder, la Ciencia y el Arrojo, como en la junta que de Homero el numen en hexámetros canta varoniles: porque el gran Bolognesi era el resumen de Agamenón, de Néstor y de Aquiles: así encarnaba el héroe americano la majestad de Agamenón de Atreo la experiencia de Néstor el anciano ¡y el arrojo del hijo de Peleo! Salvo, siempre en suspenso, ve la airada tempestad estallar, con cejijunto rostro de horror. Clavando una mirada en esa extraña faz, el héroe al punto desnuda con estrépito su espada, y señalando el campo, que la puerta deja entrever, con la actitud del guía que muestra un rumbo en la extensión desierta. —«Ya sabéis —dice— la respuesta mía. Yo rendirme no sé, yo siempre lucho a vencer o morir; decid que es ésta mi irrevocable y única respuesta: ¡Quemaremos el último cartucho!» No expresó más ese viril deseo que arde en los heroismos sobrehumanos, el epitafio que el cantor de Ceo consagró a los trescientos espartanos. Ei epitafio aquel del pasajero que va a decir a Esparta cómo el fiero Leónidas cumple su deber, se abate, se humilla, palidece, ante este grito, que parece retar al infinito ¡con el último estruendo del combate! Salvo, al oír tan varonil respuesta abrió los ojos, de sorpresa mudo; y ante el grupo inmortal, apenas pudo, viendo del héroe la figura enhiesta, doblegar la cabeza en un saludo: ¡Y fue ese arranque de sorpresa el mismo con que después, tras el combate rudo, saludó la Victoria al Heroísmo!...