Spanish poem
Oda Fúnebre. Vico Calvo
Cíñete la carátula, ponte el coturno tétrico la carátula negra y el coturno del mal. Y con un gesto olímpico, ¡oh musa hispana!, yérguete sobre la escalinata de un canto funeral. Es el instante único en el que van exánimes dos hombres que en la gloria partiéronse un laurel; y al contemplar sus túmulos deben gemir los ánimos cual mármoles que suenan al golpe del cincel. Pasa el cortejo trágico. Delante van cien vírgenes, un tamboril siniestro y un ronco caracol... Vírgenes de albas túnicas llevan sus cirios trémulos, como en un luminoso pentecostés del Sol. En los hombros atléticos de musculosos jóvenes, pesadamente avanza fatídico ataúd; tal un perpetuo símbolo en el que, en rito helénico, la muerte va apoyada sobre la juventud. Después marchan los proceres de las virtudes cívicas, la dinastía regia, la grave majestad; y así es como adivínanse, en el tropel innúmero, las olas incesantes que vienen de otra Edad. Al fin, un coro místico salmodia un rezo unánime en que el lamento cunde con íntimo fervor. Cien voces, cual son lóbrego de cien cavernas cóncavas, pregonan en cien cantos dos muertes y un dolor. (Otro ataúd fantástico pone su nota lúgubre bajo del áurea lluvia de meridiana luz). Detrás de cada féretro, con la actitud enérgica del puño de una espada, levántase una cruz. Uno es la Fuerza: el ábrego; otro es la Gracia: el céfiro. Y ambos tienen las notas de todo el diapasón. Los dos vibran armónicos, cual puestos al unísono dos cítaras de nervios y un solo corazón. ¿Y quiénes son los héroes que así a dormir dirígense, entre el tropel, al seno de tierra maternal? Los dos fueron los mágicos que, en maravilla escénica, representaron toda la Vida: el Bien y el Mal. Tal el Quijote clásico baja del rocín lírico, porque se siente lleno de espíritu español; y se une al tropel póstumo, llevando un cirio fúnebre en cuya punta tiembla como una chispa el Sol.