Versos Spanish José Santos Chocano Perdonad, Señora Mía

Spanish poem

Perdonad, Señora Mía

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Perdonad, señora mía, que os bese la mano; y luego hable, en cláusulas de fuego, de vuestra cortesanía. No en vano mi musa inquieta soñó ver vuestro gran porte en la castellana corte y en tiempos del Rey poeta... Vestida de negro os miro; e imagino estaros viendo, junto al gran Rey, presidiendo las fiestas del Buen Retiro. Sentada estáis, entre un coro de caballeros y damas, mientras el Rey, que arde en llamas, os compone versos de oro. Entre la turba dispersa que en los salones se espacia, ya el enano os hace gracia, ya el Conde-Duque os conversa... Os veo ahí entre las gentes, reír con alegre afán; ¿de qué corona serán las perlas de vuestros dientes? ¿Reís del bufón, señora, que a vuestros pies se fatiga, de Olivares que os intriga o del Rey que os enamora? Entre el vivido derroche negro tenéis el vestido: sois un lucero dormido en el fondo de una noche... En el negror resaltantes, vibran sus notas lucientes vuestros ojos, vuestros dientes y vuestros claros diamantes; y forman contraste bello, con la negrura del traje, las espumas del encaje en los puños y en el cuello. Aunque el traje los recata, dejáis mirar, al acaso, chapines de negro raso con lentejuelas de plata. Vuestra faz una corola finge de encendida flor, sin recurrir al primor del soneto de Argensola... Hasta rodearos el cuello, por el uno y otro lado, cuelgan de vuestro peinado bucles de flno cabello. Vuestras manos, que de verlas son, cuando deshojan flores, tienen ebúrneos primores en chapa de conchaperlas. En la diestra lucís bella sortija, que es un tesoro; ¿tenéis incrustado en oro el ojo de alguna estrella? Al ver la sortija vuestra, dijérase que en un vuelo el sol bajó desde el cielo, para besaros la diestra... Producís más arrebato, con una vuestra mirada, que la triunfadora espada de Spínola en Monferrato. Felipe no ha en sus antojos más temidos defensores, que, cuando dicen amores, vuestros perlinegros ojos... En la galería, que alta domina el ancho verjel, de la fiesta en el tropel, vuestra hermosura resalta. No en vano el Rey cree justo, ya que sois hecha de nieve, el que en un bajo relieve se eternice vuestro busto; y así manda que el cincel cumpla su gusto real, en el mismo pedestal donde se alza en su corcel... Tal vez acaba el telón de caer en el proscenio, donde luciera el ingenio de Lope o de Calderón; y la nobleza, que admira el Arte, quiere después mover a compás los pies cual oyó a compás la lira. Mientras fingen blandas olas las flautas de dulces ecos, van a anidarse en los huecos los arrullos de las violas; y al halago de los sones, va la eurítmica pavana, majestuosa, grave, ufana, paseando por los salones... De pronto, un paje hacia vos extiende un cerrado pliego. Con una mirada luego le decís al paje adiós. Y sobre el pliego, que ostenta una albura inmaculada, hay una oblea encarnada como lágrima sangrienta. El Rey las cejas enarca como exigiendo merced. —¿De quién es? —Tomad; leed. —¡De Calderón de la Barca! Es en verso. Invoca a Dios y jura que os quiere bien; pero que, harto de desdén, ¡se ordena fraile por vos!... El Rey con altivo porte el pliego rasga en pedazos; y vos... caéis en los brazos de las damas de la corte. Bella aparecéis, señora; pero como nunca bella: tal se desmaya una estrella sobre un girón de la aurora... ¡Como astro que en la mañana brilla aún sobre el abismo, sois un regio anacronismo en la edad republicana!...