Spanish poem
A una calavera
—«¿Conoces a ese hombre? —No por cierto. —Mírale bien, y tómale las señas. —Imposible. Lleva una máscara tan impenetrable como las tinieblas.
¡Ahí estás tú, secreto de la vida, Espantosa memoria de la muerte: Cifra cuanto fatal desconocida, ¿Quién alcanzó jamás a comprenderte?
Honda verdad donde el vivir se encierra, Jeroglífico audaz, testigo mudo, Que incrustó en los dinteles de la tierra Quien sostenerse a su dintel no pudo.
Ahí estás con tu irónica sonrisa, Tus huecos ojos y tu calva frente, Aguardando tal vez la última brisa Que al puerto del morir lleve la gente.
¿Qué miran, di, tus cóncavos vacíos? ¿Qué escuchan tus oídos sin orejas? ¿Ríen de los humanos desvaríos Con gesto inmóvil tus encías viejas?
¿Quién eres, di, desnuda calavera, Crédito del que fue, prenda de alguno, Que por ser una prenda de cualquiera No como suya te querrá ninguno?
¿Fuistes hermosa y joven y adorada, Fuiste grande, feliz, rica y temida, O cruzastes el mundo despreciada Mendigando tu pan desconocida?
Si fuiste rey, ¿qué se hizo tu corona? Si grande, ¿qué se hicieron tus blasones? ¿Quién tu nobleza y tu poder abona Del callado sepulcro en las regiones?
¿Oyes alguna vez esa campana Que dobla por los vivos que murieron? Al eco de su voz triste y lejana, ¿Sabes tú si las almas acudieron?
¿Alguna vez, sombría calavera, Acaso algunos monjes te llevaron A un templo, donde en pompa lastimera Sobre un negro ataúd te colocaron?
Si registraste su morada obscura, ¡Sin duda que gozaras cuando viera Tantas cabezas que la tierra impura Ha de tornar en tantas calaveras!
Si dejaste la luz triste y mendigo, ¿No te halagaba en la mortuoria fiesta En recinto común tener contigo, Un pueblo, un trono, un ara y una orquesta?
Cuando a la roja luz de los blandones En el metal del ara te veías, Al contemplar tus cóncavas facciones, Tu espantoso mohín, ¿no te reías?
Al revolver tus viejos pensamientos, Si acaso pensamientos te dejaron Las lluvias, los gusanos y los vientos, ¿No te excitó a reír lo que pensaron?
Aquella niña hermosa que escondía Los dedos de marfil torneados, puros, Entre los rizos que en la sien mecía En confusión, como la sombra obscuros,
Sus ojos de azabache, que espiaban Los ojos del mancebo irreverente, A cuyo fuego criminal brotaban Las rosas del pudor sobre su frente,
Aquella niña bulliciosa, inquieta, La sien ceñida de crespón y flores, Que por ajeno parecer sujeta, A los pies del altar soñaba amores:
Tú la veías seca y descarnada, Sin cuanto bello en la hermosura hechiza, Calva la frente, huera la mirada, Los labios de coral vueltos ceniza.
¡Oh! ¡Gran cosa ha de ser sobre una tumba Contemplar en el polvo reunida La loca multitud que se derrumba Por el gran precipicio de la vida!
¡Gran cosa ¡vive Dios! llamar a fiesta Con la gigante voz de las campanas, Y encender cirio y aprestar orquesta, Y alzar altares y entoldar ventanas,
Y convidar a celebrar sin nada A cuanta juventud, pompa y belleza Vegeta en una tierra condenada A acabar en la nada donde empieza!
¡Oh! ¡Gran cosa tener en una farsa El principal papel, la voz primera, Y ver alrededor pueblo y comparsa, Siendo en un funeral la calavera!
¡Tener un rey y un pueblo prosternado, Cabizbajo y sin voz, humilde y quedo, Todo el poder del mundo arrodillado, Lleno el cobarde corazón de miedo!
¡Oh! ¡Gran cosa tener reyes y hermosas Descubierta y doblada la cabeza, Sin poder en las manos poderosas, Sin encantos ni gracia en la belleza!
¡Y en un sitial de muerte y podredumbre Sentirle bajo el pie como un juguete, Y reír de la esclava muchedumbre A la sombra de sórdido bonete!
¡Gran corona imperial! ¡Grave tocado! ¡Entre un harapo inútil e irrisorio Un esqueleto seco y cercenado Presidiendo en un túmulo mortuorio!
¡Grave fiesta terrena! ¡Regia pompa! ¡Donde vamos los míseros mortales, Al ronco son de la funesta trompa, A cantar nuestros propios funerales!
¡Donde a la entrada del fatal recinto Suenan los brindis, la algazara y grita Que dentro del mundano laberinto Al insensato populacho irrita!
¡Oh! Tú puedes decirle al mundo entero: «Ríete y bebe, miserable, y danza, Mientra en el lecho funeral te espero, Porque yo soy tu fin y tu esperanza.»
Y ¿no ríes, sombría calavera? ¿No se te antoja descender al llano, Y entrar en el festín como cualquiera, Y a una hermosa ofrecer la seca mano
¿Agitar tu esqueleto en danza loca, Con tus huesos ceñir una cintura, Y preparar en la desierta boca Un ósculo a la gracia y la hermosura?
Porque si fuiste bella en otros días, Con ojos negros, labios de corales, Alguna vez sin duda gustarías La dulce miel de halagos criminales.
Porque si fuiste grande y poderoso Sin duda que en ensayos seductores Sondaras el secreto vergonzoso De trastornar en duelos los amores
Porque si esclavo fuistes o mendigo, Ansiarías de grandes y de dueños Los que no dividieron ¡ay! contigo Torpes placeres y nefandos sueños.
Porque si fuiste austero solitario Allá en la soledad de tu retiro Alguna vez lanzaras temerario En pos de otro placer algún suspiro
¿No se te antoja descender al llano Engalanada y fácil y ligera, Y en la fiesta mostrar al mundo insano De repente tu calva calavera?
¡Oh! ¿Qué te falta para bien tamaño? ¿Una piel transparente y delicada Que cubra el espantoso desengaño Del secreto fatal de nuestra nada?
Y ¿qué importa la piel? Manto gastado Que nos presta al nacer la tierra ruda. Serás una beldad que han convidado, Y por, mostrarla más viene desnuda.
¡Oh! Ven a delirar donde deliren, Y serás la verdad a quien adoren, Y el espejo serás en que se miren Cuando al tocar'su fin clamen y lloren.
Y ven a murmurar donde murmuren, A cantar donde canten, las botellas A apurar donde en órgia las apuren En ebria confusión ellos con ellas.
Brinda altanera cuando brinden todos, Y con todos también jura y blasfema, Hasta que doblen la cerviz beodos Para alzarla a la voz de tu anatema.
Harapo que deja el hombre Porque su raza al pasar El suelo en su viaje alfombre; Firma fatal, cuyo nombre No se alcanza a deletrear.
Y ¿es cierto, cráneo pajizo, Que aunque pese al corazón Eres tú para quien se hizo Tanta gala y tanto hechizo, Tanta y tanta creación?
¿Es cierto que en otros días, Con otra faz y otra tez, Como yo vivo, vivías, Como yo río, reías, Ajeno de tu hediondez?
¿Que en esos cóncavos hondos Dos ojos aposentabas Vivos, inquietos, redondos, Y que esos dientes hediondos En dos labios encerrabas?
¿Que en tu roída mejilla Brillaron matices bellos En tu tierna edad sencilla, Y que en tu sien amarilla Se arraigaron los cabellos?
¿Es cierto, di, que esa boca Sin contornos ni calor, Que hoy sólo la muerte evoca, Manó en tu esperanza loca Dulces palabras de amor?
¿Que acaso el labio amoroso En suavísimo embeleso A un amante cariñoso Demandaba voluptuoso Regaladísimo beso?
¿Que tal vez sabio profundo, Pasabas tus largas horas Sombrío y meditabundo Buscando avaro en el mundo Venturas engañadoras?
¿Que tal vez el ojo atento Sobre un libro amarillento En tu amarga soledad, Se agotó tu pensamiento Pensando tu eternidad?
¿Que tal vez señor mundano De alcázares y jardines, Viviste torpe y liviano Entre tropel cortesano En impúdicos festines?
Y ese mundo baladí, Sabio, amante, loco o rey, Te trajo con mofa aquí Diciéndote: «Esta es la ley; Cadáver, descansa ahí.»
¡Oh! ¡Nada nos deja ver De tus historias de ayer Tras de tu faz deleznable Tu máscara impenetrable, Imposible de romper!
Todo lo envuelve esa muda, Vaga, insondable verdad Que tu inmoble gesto escuda, Esa verdad que desnuda La invisible eternidad.
Y el pensamiento altanero Viene a estrellarse ¡ay de mí! En ese gesto severo, Que es un centinela fiero De lo que hay detrás de ti.
En vano dentro la mente Se rebelan revoltosas Las ideas locamente, Creándose de repente Teorías mentirosas;
Todas vienen a expirar En tus cóncavos vacíos, Cual las fuentes van a dar Sus arroyos a los ríos, Y los ríos a la mar.
En vano la vida entera Contra tu verdad conspira, Desdeñosa calavera, Que todo en tu faz, severa Se desvanece o expira;
En esa cerviz curada Al soplo de la tormenta, Por el tiempo descarnada, Cuya vida inanimada Ni el tiempo ni el sol calienta;
Y en tu mirada indecisa Y en tu irónica sonrisa, Y en esa hendida y entera, Seca y solitaria hilera De tu dentadura lisa.
Y ahí te estás entre la arena Como una cosa caída, Como inútil prenda ajena A quien nadie juzga buena Sólo porque está perdida.
Y ¡por Dios! que si los hombros, Que un día te sustentaran Volvieran a estos escombros A buscarte, ¡con qué asombros De placer te acariciaran!
¡Oh! ¡Si alzándote una vez, Aun te pluguiera ostentar La perdida esplendidez, Y quisieras tu hediondez Con tu vida engalanar;
Y prendieras en tu frente Unos cabellos postizos Que en madeja reluciente Cayeran confusamente En mil perfumados rizos;
Y el esqueleto sonoro Velaras altiva tú Con minucioso decoro Entre nácar, perlas y oro Y entre crujiente tisú;
Cubrieras el seco cuello Entre las flotantes plumas, Los collares y el cabello, Velos echando sobre ello Tan sutiles como espumas;
Y el repugnante mohín Da tu inmoble rostro viejo, Con esa risa sin fin Asomaras a un festín, Tomándole por espejo! ………………. Si, acaso rey destronado, Se te antojara salir Para ver dó está enterrado El ejército arrojado Que llevaste a combatir,
Y allá en el campo desierto Do fue tu postrer batalla, De aquel mausoleo abierto Tu pueblo evocaras muerto De entra el polvo en que se halla,
Y si a tu voz poderosa Despertando con asombro, Tu nación volviera ansiosa, Trayendo el arnés al hombro En faz de guerra espantosa…
¡Oh! ¡Diabólico senado, Medrosa, horrible ilusión, Ver tanto esqueleto armado En torno un rey convocado —Al dintel del panteón!
Y si vagaran errantes Ensordeciendo la tierra, Combatiéndose pujantes, Con clamores insultantes Pregonando su impía guerra…
¡Ah! ¡Delirios son del alma, que no te alcanza, Señor, En los terribles secretos De tu infinita creación!
En los tormentosos días De mi mundanal dolor Medité desesperado Sobre los sepulcros yo.
Pasé de tumbas a tumbas De mi porvenir en pos, Y en todas encontró polvo, En todas polvo, Señor.
En todas esa sentencia Que cae sobre quien nació Desde esos gestos inmobles Sin miradas y sin voy.
En todos esos despojos, En cuya horrible atención, En cuya eterna sonrisa De complacencia feroz.
En cuyo todo espantoso Deletrea el corazón La triste palabra Confundido de pavor.
Y ¿es ése, Señor, el hombre Que de tu mano salió, Hecho a semejanza tuya, Aborto digno de un Dios?
¿Es ésta, Señor, la vida, Que como una maldición Nos carcome cuanto bello Tu bondad nos regaló?
Entonces ¡ay! ¿qué nos vale Que alumbre tan puro el sol Y en la noche se reflejo La luna en su resplandor?
¿Qué sirve que allá en los bosques En pintada confusión Canten en bandos alegres El mirlo y el ruiseñor?
¿Que los árboles murmuren En melancólico son, Y esponje a su blanda sombra Su dulce cáliz la flor?
¿Qué sirve que en blanda arena Tienda su curso veloz El arroyuelo que viste La pradera de verdor,
Y con sus líquidas perlas Los jazmines juguetón Salpique, con que la pródiga Primavera le alfombró?
¿Que el mar se encorve bramando De las playas en redor, Y le azote y le sacuda Revoltoso el aquilón?
¿Qué, sirve ese cielo azul En cuyo centro adunó Mil nubes tornasoladas En caprichoso montón,
Si todo no es más, al cabo, Este universo, Señor, Que de una inmensa familia El inmenso panteón?
¿Qué sirve a esa calavera Una existencia de honor, Una vida de virtudes, De crimen o de aflicción?
¿Qué le vale todo un siglo De penitencia o de amor, La corona o la cadena Que en este mundo arrastró,
Si el hombre que la llevaba, Al salir de esta mansión, Como una máscara inútil Despechado la arrojó?
En vano la he demandado Por la infamia o el blasón Del dueño que en ese osario Entre el polvo la olvidó.
Su vago mirar me espanta, Su sonrisa me hace horror, Y su boca tiene ahogada En su garganta la voz.
¿Qué espera? Tal vez lo ignora. Ahí está al aire y al sol, Eternamente riendo De cuanto pasa y pasó,
Al borde de la vereda Que conduce al panteón, Diciendo a cada viajero Con eterna risa:—¡Adiós!