Spanish poem
Muhamad al-Hamar el Nazarita
En el nombre de Aláh clemente y sumo Que da sombra á la noche, luz al día, Voz á las aves y á las hierbas zumo: Cuya suprema voluntad podría Tornar de un soplo el universo en humo, Y que atesora en mí su poesía, Escrita os doy para su eterna gloria Del príncipe Al-hamar la regia historia.
Bálsamo que disipa la amargura, Luz del pesar sombrío ahuyentadora, Es su sabrosa y celestial lectura Risueña como fuente saltadora, Grata como del campo la verdura, Bella como la grana de la aurora, Tierna cual de la tórtola las quejas, Dulce como el panal de las abejas.
Destila de sus versos ambrosía Su dulce narración maravillosa: Exhala su fecunda poesía, Grato como la esencia de la rosa, Mágico són de incógnita armonía; Y cual lluvia de Abril, que lenta posa Sus gotas en la flor, vierte en el alma Su amena relación plácida calma.
Encierra sus conceptos peregrinos Misteriosa virtud y fuerza varia: Aplacan el rigor de los destinos Elevados á Aláh como plegaria: Regalan á quien lee sueños divinos Leídos en la alcoba solitaria, Cuya influencia y compañía amiga Calman del cuerpo la mortal fatiga.
No hay sér bajo el imperio de la luna Que su lección sagrada no comprenda, Ni Aláh produjo criatura alguna Que no sienta placer con su leyenda. El pez á quien abriga la laguna, El ave que del árbol hace tienda, La fiera que entre rocas se sepulta, El reptil que en los céspedes se oculta:
Y en su colmena el zumbador insecto, Y en su corteza el röedor gusano, Y el árbol recio en su vigor perfecto, Y el aire inquieto en su vagar liviano, Y el sordo incendio en su humear infecto, Y en su ciego furor el ocëano, Prestan oído respetuoso y grato Al armónico són de su relato.
Esculpido en las hojas de sus flores Se guarda en el Edén por altos fines: Y los justos en él habitadores, Los ángeles que velan sus confines, Las hurís que alimentan sus amores Y los genios que pueblan sus jardines, Gozan en descifrar sus caracteres En la paz de sus místicos placeres.
Tal es la historia peregrina y bella Que os doy en estas hojas extendida, Para que el pasto y el deleite de ella Os alivien las penas de la vida: Pues la luz que en sus páginas destella Despierta el alma á la virtud dormida, Y eleva el corazón y el pensamiento Á la pura región del firmamento.
Y aunque en idioma terrenal y humano Para la humana comprensión la escribo, De espíritu más alto y soberano Su luminosa inspiración recibo. Guía mi corazón, guía mi mano Sér á quien dentro de mi sér percibo, Y el genio ardiente que en mi pecho habita La palabra me da que os doy escrita.
Leedla, pues; y el ámbar que perfuma Del Paraíso la mansión divina, Y el resplandor que de la esencia suma Derramando los mundos ilumina, Y el rumor que levantan con su pluma Las alas de Gabriel cuando camina, Embalsame y alumbre y dé contento Á cuantos lean el divino cuento.
Nació Al-hamar y sonrió el destino Contemplándole amigo: la fortuna, Fijando un punto su inconstancia, vino Amorosa á mecer su blanda cuna: Y, el curso de su carro diamantino Parando en el zenit, la casta luna Tendió desde él con maternal cariño Tierna mirada sobre el regio niño.
Del ángel que custodia su persona Bajo las alas de perfume llenas, Dió sus primeros pasos en Arjona Sobre el tapiz fragante de azucenas Que dan al pueblo natural corona, Sus vegas en redor ciñendo amenas: Y sin dolencia corporal alguna Llegó á la juventud desde la cuna.
Ánimo noble y continente bello, Porque inspirara afecto y simpatía, Dióle el Señor. Espléndido destello Puso en sus ojos de la luz del día: La gracia de el del cisne dió á su cuello Dió á su voz de las auras la armonía: Dió á su talle lo esbelto de la palma, Y el temple de los genios á su alma.
Dió el carmín de la aurora y de la nieve La limpieza á su tez; dió á su cintura La grave majestad con que se mueve El león, y del corzo la soltura: Del sabio á su palabra dió lo breve, La paz del niño á su sonrisa pura, Y al corazón sin miedo y sin codicia La fe, la lealtad y la justicia.
Diestro en la lid, en el consejo sabio, Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia, Modesto en la victoria, en el agravio Perdonador y sobrio en la opulencia: En la mano la dádiva, en el labio El consuelo y la paz, de la violencia Castigador, y hermoso en la persona, Nació digno Al-hamar de la corona.
Chispa encendida de la fe en la hoguera Su estrella fué. Su celestial influjo En el erial de la vital carrera Por luminosa senda le condujo. La ventura tras él fué por doquiera, Su presencia doquier el bien produjo; Amigos y enemigos le admiraron Y la historia y el tiempo le afamaron.
Luchas civiles de la gente mora Le llamaron urgentes á la guerra, Y lidió con honor desde la aurora Hasta que en sombra se sumió la tierra. Llevó al fin su bandera vencedora Del verde valle á la nevada sierra: Y de un día de Abril en la alborada Aclamado por rey entró en Granada.
Pequeña población recién tendida En el seno amenísimo de un valle, Por donde Darro en sonorosa huída Abre á sus hondas perfumada calle, Era entonces Granada, y parecida Á africana gentil de suelto talle, Que fatigada en calurosa siesta Á la sombra durmióse en la floresta.
Y cuando digo población pequeña Á la de hoy la imagino comparada: Pues no era entonces cual después fué dueña De dilatados términos Granada. Bella ciudad de situación risueña Y de bizarros Árabes poblada, Era ciudad no grande, no opulenta, Mas ya por su valor tenida en cuenta.
Á una orilla del Darro que mojaba De sus labradas puertas los umbrales, (Por bajo de la cádima alcazaba Ceñida de murallas colosales) Un barrio se extendía que habitaba Raza de los egipcios arenales Oriunda: gente audaz, de miedo ajena, De negros ojos y de tez morena.
Tribu, como nacida en el desierto, En sus gustos voluble y pareceres, De este jardín á su escasez abierto Doblemente apegada á los placeres. Sus blancas azoteas eran huerto Cuidado con afán por sus mujeres, Y sombreaban sus altos miradores Toldos fragantes de enredadas flores.
Gozaban de sabrosos alimentos, Ocio oriental y cómodo vestido; Cercaban sus alegres aposentos Blandos cojines de sutil tejido: Revestía sus limpios pavimentos Mármol de Macäel blanco y pulido, Los muros preciosísimo estucado Y el friso trabajoso alicatado.
Sostenían los ricos arquitrabes De sus claros moriscos corredores Columnas ligerísimas. Sus naves Adornaban arábigas labores, Sutiles cual la pluma de las aves, Tan brillantes como ella en sus colores; Frutales desde el huerto á las ventanas Alargando limones y manzanas.
Sus patios, que en albercas espaciosas Reciben unas aguas cristalinas Al cuerpo gratas y al beber sabrosas, Pilas eran de baño alabastrinas, Sembrado el borde de arrayán y rosas, Donde las bellas moras granadinas El seco ardor de la mitad del año Ahuyentaban de sí con fresco baño.
Y en las serenas noches del estío, Á la luz misteriosa de la luna, Al són del agua del plateado río, Y al compás de una cántiga moruna (Dulce recuerdo del país natío Que no se olvida en la mejor fortuna), Sentábanse á danzar en la ribera La alegre Zambra, y la Jeíz ligera.
Tal fué la tribu y las mansiones tales Que á una margen del Darro se extendían, Mirándose en sus líquidos cristales Á cuyo són los dueños se adormían: Y tan gratas sus casas orientales Eran, tal el contento en que vivían, Que con justicia los que en él moraron El barrio del deleite le llamaron.
La otra ribera del sonante río Era una verde y desigual colina, Cuya enramada falda daba umbrío Y ancho tapiz al agua cristalina, Y cuyo lomo, seco en el estío, Fundamento á una torre casi en ruina, Que sirviendo á dos términos de raya Era alminar á un tiempo y atalaya.
Domínase en la cumbre de esta altura La extensión de la vega granadina, Rica alfombra de flores y verdura Que tendió ante sus plantas la divina Mano de Aláh: tesoro de frescura, Manantial de salud y peregrina Mansión de toda dicha, cuyas suaves Auras encantan con su voz las aves.
Ven desde allí los ojos embebidos Cien alegres y blancos lugarejos, Que de palomas asemejan nidos Entre las verdes huertas á lo lejos; Y montes cien que, por el sol heridos, Descomponen su luz con mil reflejos Que lanza el agua y el metal que encierra Pródiga madre su fecunda tierra.
Allí anidan al par todas las aves Y se abren á la par todas las flores: Con la rápida alondra águilas graves, Con la murta el clavel de cien colores; Se respiran allí cuantos las naves De oriente traen balsámicos olores, Y allí da el cielo deliciosas frutas, Y encierran minas las silvestres grutas.
Allí, bajo aquel cielo transparente Donde vieron su Edén los Africanos, Hállase aún en ideal viviente La mujer de contornos sobrehumanos, De ojos de luz y corazón ardiente, De enano pie y anacaradas manos, Cuya generación guardarán solas Las árabes provincias españolas.
Moran allí esas célicas huríes, Que pintan las muslímicas leyendas Reclinadas en frescos alhamíes, Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas; Cuyos labios de rosas y alelíes Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas, Palabras que embelesan los oídos Y besos que adormecen los sentidos.
Aquellas celestiales hermosuras Que coloca el Korán en su divina Fantástica mansión de las venturas, Cuya mirada el iris ilumina, Cuyo aliento desparce esencias puras, Cuyo seno y espalda alabastrina, Velando mal sus mágicos hechizos, Negros circundan y flotantes rizos.
Vense del cerro aquel gigantes cimas Que eternas cubren seculares nieves, Donde por grietas mil sus hondas simas Ríos destilan en arroyos breves: Y allí, cosechas para dar opimas, Refréscanse al pasar las auras leves, Que bajan luego á fecundar la vega De las fuentes al par con que se riega.
Vese también por el siniestro lado El valle de Genil, cuyos raudales Bañan la verde amenidad de un prado Cubierto de avellanos y nopales. Gózase allí de un aire perfumado Con el subido olor de los frutales, Del cantueso, tomillo y mejorana, Que el aura mueve al revolar liviana.
Y entre este barrio de delicias lleno Y esta florida y desigual colina, Se extiende el valle cuyo fértil seno Fecunda el Darro que por él camina: Y es el lugar más grato y más ameno, La situación más bella y peregrina De cuantos ríos fertiliza y baña En la extensión de nuestra rica España.
Aquí, pues, á la margen de este río, En la aromada falda de esta altura, En una noche límpida de estío, Y al són del agua que á sus pies murmura, Arrobado en extraño desvarío La alameda cruzaba á la ventura Al-hamar, que en paseo misterioso Olvidaba las horas del reposo.
Único sér con movimiento y vida En la nocturna soledad errando, Sin que la tierra por su pie oprimida Crujir se oyera con el césped blando De que la tierra inculta está mullida, Algún insomne le juzgó temblando Alma que torna á visitar la huesa Del cuerpo en cuya cárcel vivió presa.
Flotaba suelto el alquicel nevado, Blanqueaba del turbante el albo lino, Y relucía en piedras engastado El puño del alfanje damasquino: Y este blanquear y relucir callado, Á intervalos oculto del camino Entre los troncos que al pasar cruzaba, Faz de visión á su persona daba.
Y tal avanza silenciosa y lenta Del solitario valle en la espesura, Y al verla calla el ruiseñor que cuenta Sus amores al aura, y á la hondura Del río se desliza soñolienta La culebra enroscada en la verdura, Y el vuelo tiende á la contraria orilla Espantada la tímida abubilla.
En tanto el noble príncipe, sumido En el mar de sus propios pensamientos, Ni atiende al ave que ahuyentó del nido, Ni al reptil que saltó, ni á los acentos Que el ruiseñor ahogó: y embebecido Continúa avanzando á pasos lentos, Hasta perderse en la arboleda obscura Que se espesa del valle en la angostura.
Formaba esta recóndita arboleda Un extendido bosque de avellanos, Guardador de una espesa moraleda Donde sus utilísimos gusanos Daban por fruto delicada seda, Que labrada después por diestras manos Iba en preciosas telas y tejidos Á todos los mercados conocidos.
Brotaba una sonora fuentecilla En medio de esta fértil enramada, Vertiendo sus cristales por la orilla De tilos aromáticos orlada. Hallábase en redor, con maravilla De los ojos, la tierra cultivada, Y (obra admirable de cuidosas manos) Hechos jardín los céspedes villanos.
Corría allí suavísimo el ambiente Cargado con la esencia de mil flores, Y al respirarle huían de la mente Los pensamientos tristes, sinsabores Y duelos ahuyentando; y la corriente Del manantial remedio á los dolores Era del cuerpo débil, cuyos males Cedían al beber de sus raudales.
Lugar divino en la región humana Colocado era aquél: retiro augusto De algún Genio de estirpe soberana Que el sacro Edén abandonó por gusto: Destierro acaso de una hurí que vana Apreció su beldad más que fué justo: Cita acaso de un Silfo en sus amores: Lecho tal vez del Ángel de las flores.
Allí á Al-hamar inspiración secreta Á hallar condujo solitario asilo, Y allí, al mirarse en soledad completa, Irguió la frente y respiró tranquilo: Y á la sombra y al són que esparce inquieta La extensa copa de oloroso tilo, Sentóse alzando la real mirada Al cielo azul de su gentil Granada.
Y allí á sus hondos sentimientos dando Pábulo y campo en la mansión del pecho, Con la influencia del lugar hallando Á ellos el corazón menos estrecho, Poco á poco la espalda reclinando Fué de la hierba en el mullido lecho, Y poco á poco deleitosa calma Le aquietó el corazón, le arrobó el alma.
El canto de las aves anidadas En el ramaje fresco, el campesino Aroma de las hojas, oreadas Con manso són por el errante y fino Aliento de las brisas perfumadas, Y el suave arrullo del raudal vecino, Daban al sitio en que Al-hamar yacía Célica paz y mágica armonía.
Ansiaba el rey grandeza venidera, Gloria, poder, celebridad futura: Ansiaba que su corte la primera Fuése en valor, en lustre y en cultura: Ansiaba darla fama duradera Con prodigios de rica arquitectura: Mas veía al par escaso su tesoro Para hacer realidad sus sueños de oro.
Gozaba su exaltada fantasía Con la bella ilusión de sus intentos: Sus soberbios alcázares veía Llenar la tierra y dominar los vientos: Admiraba la gala y simetría Que daba á sus labrados aposentos, Y en sus doradas letras africanas Leía ya las suras musulmanas.
Pensaba en las mil torres de los muros Que á su noble ciudad dieran confines, Fuerza rëal y límites seguros: Pensaba en la extensión de sus jardines, Asilos del deleite, y en los puros Baños, y en los ocultos camarines Del voluptuoso Harén de las mujeres, Santuario del amor y los placeres.
Y embebecido en pensamientos tales, Y embriagado tal vez con la esperanza De hacer un día sus proyectos reales, Si la fortuna amiga en la balanza Su ambición y poder ponía iguales Guiando el porvenir siempre en bonanza, No percibió el dulcísimo beleño Que iba en sus miembros derramando el sueño.
Poco á poco sus párpados cedieron Á lenta pesadez, y sus pupilas La claridad y la visión perdieron; De los árboles mil las verdes filas, De las aves y fuentes se le fueron Borrando las imágenes tranquilas: Y su imaginación quedando en calma, De la vigilia al sueño pasó el alma.
Dos veces intentó los ojos vagos Echar en rededor y á los sonidos Atender, para alzarse haciendo amagos; Pero cedieron otra vez rendidos Sus párpados y miembros: anchos lagos De sombra cada vez más extendidos Envolvieron su inquieta fantasía, Y un instante después... el rey dormía.
En calma universal, en paz completa Quedó el frondoso valle, y la vecina Corriente del arroyo y la aura inquieta Le arrullaron con suave y campesina Música.—Y en tal cláusula el poeta Interrumpe su historia peregrina, De agua y aire los sones halagüeños Poniendo fin al LIBRO DE LOS SUEÑOS.