Spanish poem
Zoraya
Empresas ciertas, aunque asaz extrañas: Peligrosas, Muley, mas emprendidas. Yo, por ti en vela, presentí el estrago De este huracán que nubecilla asoma; Sé que es tu hijo y te dirán que lo hago Por amor á los míos: pero toma.
Tal diciendo Zoraya, de entre el raso De los blandos cojines tunecinos, Prevenidos sin duda para el caso De antemano, sacó dos pergaminos: Y con aquella singular sonrisa En cuya móvil expresión graciosa Algo tal vez siniestro se divisa, Á Muley presentóselos la hermosa: Y al tomarlos Muley: «Mira, le dijo, »Á través de esta tinta venenosa, «El alma de la madre y la del hijo.»
Desplególos Muley, aproximándose Al vaso de alabastro transparente Donde la luz ardía, demudándose Su semblante al lëer: con ojo ardiente La Mora le espió, de su creciente Cólera apercibiéndose, y su flecha, Viendo herir en el blanco, dulcemente En el mullido lecho reclinándose, Tornó á la antigua calma, indiferente.
Más torvo, más feroz á cada instante Según adelantaba en su lectura Se tornaba del Árabe el semblante. Fulguraban sus ojos: insegura Plegaba una sonrisa repugnante Su desdeñoso labio, y la amargura De la hiel que el escrito rebosaba En su lívida faz amarilleaba.
«¡Traidores!—dijo al fin, el pergamino Con los crispados dedos estrujando.— ¡Traidores! En buen hora, en su destino Con ceguedad estúpida fiando, Abrirse intenten al poder camino Y astutos formen revoltoso bando: ¡Pero poner por escalón del trono Al cristiano!... Jamás se lo perdono. Jamás: jamás.» Y con ahogado acento Repitiendo «jamás,» como una fiera Enjaulada, cruzaba el aposento De uno á otro lado, cual si presa fuera De vértigo infernal. Sagaz, atento Y abierto apenas de la Mora el ojo, Por más que indiferente pareciera, Seguía con afán su movimiento, La progresión pesando de su enojo.
De repente Muley frente á la Mora Paróse, y cual si en ella se aprestara La cólera á estrellar que en sí atesora El exaltado corazón, la dijo Con destemplada voz y cara á cara: «¿Y por qué medios, tan sagaz, penetras Los secretos de Aija y de su hijo? ¿Quién te trajo las llaves Del misterio encerrado en estas letras? Si esto es una verdad, ¿cómo la sabes?»
—«Señor, dijo Zoraya levantando La cabeza con calma, Desecha tu temor, templa tu ira: Quien vendió á Abú Abdil vendió su alma Al padre del pecado y la mentira. Este secreto de tu raza infando Yace en la tumba ya: libre respira, Muley: la esclava te veló tu sueño Y el mensajero vil de esa escritura, Al descolgarse audaz de tu alcazaba Por la torre del Agua, sepultura Á demandar no más bajó á tu esclava. —¡Á ti, Zoraya!—Á mí; porque yo vivo Tan sólo para ti,—Mas..... no comprendo..... —¿De qué me sirve, pues, tanto cautivo Como me das, Muley? De los traidores Argos les hice yo: de ellos aprendo: Y como ellos también, compro traidores; Me acechan sin cesar, y les acecho: Tus secretos espían, y yo el suyo Bajo á buscar al fondo de su pecho. No tienen mis esclavos otro oficio, Ni Abú Abdil ni Aija un pensamiento Oculto para mí: mi sér, mi vida, Consagrados están á tu servicio. En esos pergaminos te presento La desnuda verdad: está cumplida Mi obligación. Desde hoy nuestra existencia, Señor, está en tu mano. Lee y lee sin pasión: juzga y sentencia: Castiga justo, ó liberal perdona: Tú eres el soberano: Mas escoge entre el hijo y la corona. En cuanto á mí, Señor, yo soy tu esclava; Que en la balanza igual de tu justicia No sea yo jamás peso, ni traba. El noble amor, que abrigo En mi pecho por ti, no es de cristiano Cobarde corazón; yo, pues, contigo Triunfaré ó moriré como sultana Que tu lecho y tu amor no partió en vano, Amir: porque mi sangre es castellana, Pero mi corazón es africano.»
Calló Zoraya y se tornó en el lecho Á reclinar tranquila: Y el Rey quedó como de mármol hecho Contemplándola, inmóvil y derecho, Dilatada de asombro la pupila.
Jamás la vió ni la creyó dotada De corazón tan varonil y entero, Ni sospechó que su alma apasionada Atesorara amor tan verdadero. Indolente, pasiva, abandonada, Henchida la juzgó de amor sincero Siempre: mas siempre tímida, indecisa, Y á toda intriga al parecer ajena, Con el cariño de su Rey pagada De su dorada esclavitud, precisa Por los preceptos de la fe agarena.
Hombre Muley de cabellera cana, Pero de joven corazón y aliento Heroico y viril, halló contento Un alma varonil en la sultana. Absorto de ello en el primer momento En crëer vaciló lo que veía: Bajó á su corazón su pensamiento Y ahogó su voluntad con la alegría: Y cuanto más dudaba, Tanto más en la duda se engreía: Y cuanto más crecía La inacción que su sér paralizaba, El fuego del amor que le hechizaba Más violento en su pecho se encendía.
Conocíalo bien la artificiosa Y astuta renegada, y contemplando Llegada la ocasión, que codiciosa Preparó en muchos años con constante Mañoso afán y con prudencia mucha, La máscara arrojó de su semblante Y cara á cara se aprestó á la lucha.
Ya era Muley su esclavo: sus antojos Leyes eran para él: sólo tenía Para adorarla corazón, y ojos Sólo para mirar lo que veía Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde Para que su razón iluminara Su avasallado corazón: yacía Ciego esclavo á los pies de su señora: Y el Monarca despótico, el guerrero Indomable, el león de las arenas Abrasadas de Zahara, Esclavo de la esclava á quien adora, Era no más que tímido cordero Amarrado de amor con las cadenas. Pero ¡así estaba escrito, y aun lo llora La gente del desierto que en sus venas La sangre guarda de la raza Mora!
Por eso fascinado, enloquecido Por su pasión, Muley veía sólo De la Mora el amor apetecido Tanto por él, pero jamás el dolo, Mas nunca la ambición de soberana: Y por eso rendido Á tal fascinación, con ambas manos Tomó los pies enanos De la Mora gentil, y enardecido Por su insana pasión, puso sobre ellos Muchas veces sus labios soberanos. «Sí (exclamó): tú lo has dicho, que conmigo Vencerás ó caerás como sultana: Y has dicho la verdad; tú soberana Conmigo reinarás: yo te lo digo.»
Volvió la renegada la cabeza Hacia el Rey otra vez con la sonrisa De un ángel (y la aureola de belleza De una visión que en sueños se divisa Circundaba su faz), y en el sonoro Idioma de los Árabes le dijo: «Amir, tú eres mi dueño y yo te adoro. Te dije la verdad: mas es tu hijo.»
Agolpóse la sangre á la mejilla Del Rey á estas palabras, y con rabia Concentrada exclamó: «No es hijo mío Quien favor contra mí pide á Castilla. De la palma jamás la dulce savia Fecundó la mortífera cicuta: No es hijo mío quien mi fe mancilla, Y yo, sin vacilar, contra el impío Alzaré de las leyes la cuchilla. —Piénsalo, Amir.—Mi ley es absoluta. —Muley, en su favor habló el destino. —Yo haré mentir la predicción aciaga, Y su estrella fatal, que nos amaga, Apagaré en mitad de su camino.»
Reverberaban de Muley los ojos Y chispeaban los ojos de la Mora Con vívidos destellos: Éstos de la ambición devoradora Con el triunfante resplandor, y aquéllos Con el torvo fulgor de los enojos. Pasaron todavía unos instantes De plática en secreto Uno de otro en los brazos: el objeto De tal conversación le comprendía El corazón no más de ambos amantes: Sólo el susurro de su voz se oía.
Á poco, de los brazos de la Mora Desprendiéndose el Árabe, embozóse En su blanco alquicel y hacia el calado Arco del mirador adelantóse. Siguióle hasta el umbral la encantadora Sultana, con un beso regalado Sellando el labio de Muley, quien presto Á desaparecer por la excusada Galería la dijo: «Aláh te guarde, Lucero de la aurora. —Él te acompañe, Amir, dijo Zoraya: Perdona empero al alma enamorada Si duelo te causó.—La llama que arde Inextinguible, inmensa En mi pecho, Zoraya idolatrada, Al amor que en el tuyo se atesora, Digna procurará dar recompensa. —Los destinos, Señor.....—Yo haré que fijos En tu favor los astros permanezcan: Yo te lo juro, luz del alma mía, Tú reinarás y reinarán tus hijos: Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.»
Dijo el Rey y tomó la galería: Y por verle cruzar el lindo huerto Adonde oculta la escalera baja Y la esclava le espera al entreabierto Postigo, descorrió la celosía Del dorado balcón de Lindaraja Zoraya, y saludóle muchas veces, Mientras en el jardín le distinguía Desde los arabescos ajimeces.
Y he aquí que mientras ella contemplaba El jardín, y la espalda al aposento Para mirar á su Señor tornaba, Bajo la celosía que se alzaba De una de las ventanas que en el muro Lateral de la cámara se abrían, Sagaz, osado, atento, Como á la voz secreta de un conjuro Asomó un rostro pálido un momento: Un rostro de mujer en que lucían Dos ojos como rayos en lo obscuro. Clavaron estos ojos en la Mora, Vuelta hacia el huerto aún, una mirada Rencorosa, tenaz, devoradora: Y las palabras lúgubres dejando Una á una á salir con voz ahogada, Cual sin querer la idea formulando En la palabra apenas pronunciada, Murmuró la mujer allí asomada: «¿Tú reinarás y reinarán tus hijos, »Porque hará que los astros permanezcan »En tu favor resplandeciendo fijos?..... »¡Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!»
Dijo: y, volviendo el rostro la sultana Hacia el rico aposento, Tornó á desaparecer en un momento El rostro de mujer de la ventana.