Spanish poem
Terán Y Maximiliano
Entre las ondas azules Del bello Mediterráneo, En el Golfo de Trieste Surgiendo entre los peñascos, Hay un alcázar que ostenta Con gran arte entrelazados En muros y minaretes Lo gótico y lo cristiano. Parece visto de lejos Airoso cisne de mármol, Que extiende las blancas alas Entre dos abismos claros, El del mar siempre sereno Y el del cielo siempre diáfano. Ese alcázar tan hermoso En tiempos no muy lejanos, Por mirar tanto las olas De Miramar le llamaron, Y en él vivieron felices Dos príncipes de alto rango, Dos seres de regia estirpe: Carlota y Maximiliano. En una tarde serena, Al bello alcázar llegaron Con una rara embajada Varios próceres extraños; Penetran a los salones Y al noble príncipe hablando, En nombre de un pueblo entero (Que no les dio tal encargo) Le ofrecieron la corona Del Imperio Mejicano. El Príncipe quedó absorto, Para responder dio un plazo; Soñó en pompas, en honores, En fama, en poder, en lauros Y al despertar de aquel sueño, Al volver de tal encanto, A su joven compañera Le fue a consultar el caso. «Acepta —dijo Carlota—, Eres grande, noble y apto, Y de este alcázar a un trono Tan solamente hay un paso». No corrida una semana, El Príncipe meditando En las difíciles luchas De los grandes dignatarios, Miraba tras los cristales De su espléndido palacio Enfurecerse las olas, Rojo surgir el relámpago, Y con bramidos horribles Rugir los vientos airados. De pronto, un ujier le anuncia Que un extranjero, ya anciano, Hablarle solicitaba Con urgencia y en el acto. Sorprendido el Archiduque Dijo al ujier: «Dadle paso»; Y penetró en los salones Aquel importuno extraño, De tez rugosa y enjuta, De barba y cabello cano. En frente del Archiduque Dijo con acento franco: «Vengo, señor, para veros Desde un pueblo muy lejano, Desde un pueblo cuyo nombre Jamás habréis escuchado; Yo nací en Aguascalientes, En el suelo mejicano, Serví a don Benito Juárez De quien ya os habrán hablado, Le serví como Ministro, Soy su firme partidario, Y mientras aquí os engañan, Yo vengo a desengañaros; No aceptéis, señor, un trono Que tiene cimientos falsos, Ni os ciñáis una corona Que Napoleón ha labrado. No quiere Méjico reyes, El pueblo es republicano Y si llegáis a mi patria Y os riegan palmas y lauros, Sabed que tras esas pompas Y esos mentidos halagos Pueden estar escondidos El deshonor y el cadalso». Oyendo aquestas palabras Dichas por aquel anciano, A tiempo que por los aires Cruzó veloz un relámpago, Tiñendo en color de sangre La inmensidad del espacio, Sin dar respuesta ninguna Quedóse Maximiliano Rígido, lívido, mudo, Como una estatua de mármol. Corrió inexorable el tiempo, huyeron breves los años Y en una noche de junio Triste, sombrío, ensimismado, En vísperas de la muerte El Archiduque germano En su celda de Querétaro Y en sus desgracias pensando, Así dijo conmovido A uno de los abogados Que tueron a despedirse En momentos tan aciagos: «Todo lo que hoy me sucede A tiempo me lo anunciaron; Un profeta he conocido Que sin doblez, sin engaño, Me auguró que en esta tierra A donde vine cegado, El pueblo no quiere reyes Ni gobernantes extraños, Y que si lauros y palmas Se me regaban al paso Tras ellos encontraría El deshonor y el cadalso». —¿Quién ha sido ese profeta? Al Príncipe preguntaron: «Era un ministro de Juárez Sincero, patriota, honrado, Don Jesús Terán, que ha muerto En su hacienda hará dos años ¡Ah! ¡Si yo le hubiera oído! iSi yo le hubiera hecho caso! ¡Hoy estuviera en mi alcázar Con los seres más amados, Y no contara los horas Para subir al cadalso!!»