Spanish poem
Llegó La Nueva: Rápida Volando
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
Llegó la nueva: rápida volando, Mensajera feliz, el aire cruza La fama, cuya voz pujante llena Los valles anchos y las hondas grutas. Francia a la hermosa Emperatriz, que el suelo Granadino le dio, madre, saluda. Hierve en gozo París; desde sus muros Me manda la amistad... Tomo la pluma. Deja, Salustio, que obsequiosos cerquen Egregios vates la cesárea cuna: Disonaría de sus arpas de oro La de tu amigo, destemplada y ruda. Benignas otro tiempo visitaban Este humilde rincón plácidas musas; La paz de mi retiro las atrajo; Las apartó de mí la desventura. Falta aquí el ángel del consuelo mío. Llora una madre aquí; no ven la suya, Y la llaman a gritos, y no viene, Tres desafortunadas criaturas. Partió con ellas de Madrid; contaba Tornar con ellas... ¡Esperanza ilusa! Con traje de orfandad los tres volvieron; No volverá la que a los tres enluta. Casi a la hora que por vez primera Se oyó nombrar a la Consorte Augusta, Del placentero título adornada, Gloria y dulce temor de la hermosura; A las trémulas manos de otra madre, Revueltas en montón, llegaban juntas Prendas que fueron juveniles galas, Despojos ya que desechó la tumba. No me es dable cantar: piadoso el tiempo Reprime el llanto y el pesar endulza; Para la triste esposa de tu amigo Más crece con el tiempo la amargura. No me es dado cantar. Estos borrones Destinados a ti, guarda y oculta: Parabienes, Eugenia, escucha gratos, No quejas de dolor inoportunas. Tú, cuya voz tan elocuente fluye En el trato social y en la tribuna, Y a la Madre feliz de César nuevo Sus dichas puedes anunciar futuras; Aprovecha el instante en que sus ojos, Bellos como la luz que nos alumbra, Los horizontes penetrar queriendo, Miren a España con filial ternura; Y dile entonces que si Francia en ella Las esperanzas de su dicha funda, Españoles también por ella al cielo Votos dirigen de la fe más pura. ¡Logre ese Niño, que entre palmas nace, Ganar aquélla que jamás caduca! La de regir su generoso pueblo Con ley de paz y amor próvida y justa. Padece aún su combatida patria De heridas viejas de azarosa lucha: Llegue su mano allí, y al blando toque Lesión no quede ni señal ninguna. En la remota orilla del Euxino, Cuyos escollos baten furibundas Hinchadas olas que al chocar bramando Su enojo escupen en hirviente espuma, Allí a la paz en lóbrega caverna Con hierros en los pies Marte sepulta: Cautiva lanza lastimeros ayes, Y el fragor de la mar los traga y burla. Gruesos cañones de contrarias huestes Sobre la inmensa cárcel se sitúan, Y del rimbombe horrible de sus rayos El tormentoso piélago murmura. Los férreos globos, que de entrambas partes El polvo estallador ardiendo empuja, Siembran la destrucción, llevan la muerte Do quier que llega su potente furia. De las entrañas de la tierra salta Volcán labrado por fatal industria, Que armas, y combatientes, y defensas, Arroja por las diáfanas alturas. Cada postrer suspiro del soldado, Víctima allí de su infeliz fortuna, Cuesta, sonando en el hogar paterno, Mísero lloro, devorante angustia. Tenga ese azote fin. Cuando a la tierra, Mal de las aguas del Diluvio enjuta, Salir dudaba la familia indemne Generadora de la edad segunda, Blanca paloma con el ramo vino, De perdurable paz señal segura: Traiga el Hijo de Luis la oliva santa Que a un diluvio de mal término anuncia. Esto dirás a la Guzmana madre, Que electa del Señor, planta fecunda, Vea en torno de sí ricos renuevos Donde amor sus encantos reproduzca. Esto dirás en el lenguaje noble Que presta a la verdad gala y dulzura; Para plácemes tiernos hoy inhábil, Agria mi voz al corazón calumnia, Siglos un español faustos desea, Gloria sin fin a la progenie augura Napoleón —Guzmán... —¡Oh Dos de Mayo! Dios no permitirá que vuelvas nunca.