Spanish poem
El genio de los Andes
by Juan León Mera (1832–1894)
En otros tiempos los sublimes vates, del estro divinal arrebatados, dioses y héroes cantaban, en combates estupendos mezclados, cuyo espantoso estruendo hasta el trono de Jove estremecía; o bien, de audacia llenos, impetuoso, raudo vuelo rompiendo, a las etéreas esplendentes salas con ellos se encumbraban, y su canto con el canto de Apolo competía; o, depuestas las galas del divino festín, a la sombría mansión bajaban del eterno llanto y el blasfemar eterno del precito; y ¡oh portento inaudito! treguas la magia de su lira daba al tormento infernal. La antigua Musa tal era; el universo reverente, inclinada la frente, cuanto la voz pïeria le anunciaba fanático adoraba. Mas, ahora, la humilde Musa andina, dichosa cuanto humilde, más noble tema a su cantar alcanza; siente en el corazón llama divina, hierve su sangre, exáltase su mente, su mirada chispea cual de águila caudal a la febea lumbre, su mano treme y se abalanza al acorde laúd, púlsale, y notas nuevas al viento y armoniosas lanza.
¡Genio de las ignotas, altas, inmensas, mudas soledades! ¡Genio de las igníferas montañas! Tú, Genio de los Andes, Genio anciano como el dios que preside las edades! ¡Tú, cuyo imperio del glacial Océano Septentrional al Cabo se dilata que al Sur el mundo de Colón remata! ¿En dónde, en dónde estás? ¿Por qué enmudeces? Alza, yergue la frente. ¿Qué profundo pasmo suspende tu inmortal aliento? Álzate y habla... ¡Oh Dios! ¡quién lo creyera! Vencido el numen de los Andes yace, su mansión profanada... ¡Oh feliz vencimiento! ¡Santa profanación! Una y otra era, y otras y otras rodaron sobre el mundo, como de mar airada tumultüosas ondas: mas, ninguna de la humana osadía ejemplo muestra semejante al que ahora propala ya la fama voladora.
Reinaba el Genio; en majestad terrible su faz resplandecía; su níveo trono, al hombre inaccesible, Naturaleza levantado había, cuando a ostentar sus juveniles fuerzas, en fiera convulsión, de sus entrañas hizo brotar montañas tras montañas, y los Andes se alzaron estupendos. Desde allí su dominio al Continente tendió que el Grande Océano y el mar de Atlante en cerco inmenso guardan, desde allí vibra su potente mano la tempestad rugiente; y hace que atroces los volcanes ardan que el seno de la tierra se estremezca, y entre montones de funestas ruinas el ser humano mísero perezca; desde allí ha visto ¡oh cuántas, cuántas generaciones rodar vertiginosas a sus plantas, cual llevadas, de raudos aquilones, de eternidad en el abismo a hundirse! ¡Cuántos reyes y locas ambiciones, sangrientas guerras, crímenes, violencias de conquistas audaces! ¡Cuántos nombres en el ingrato olvido confundirse! ¡Cuánta infamia vivir! y ¡cuántos hombres diversamente grandes... Moctezuma, de trágica memoria; Huaina-Cápac, del sol hijo felice; Atahualpa, inmolado a la codicia de un invasor; Colón, a cuya suma inmarcesible gloria ni aún el brillo faltó que la injusticia da, persiguiendo el mérito eminente; Cortés, cuya luz clara fuera mayor si al lauro de guerrero el de conquistador no se enlazara; Pizarro, si no un héroe, aventurero sin rival en la historia; Las Casas, que a borrar con pías manos vino el crimen que obraron sus hermanos; Penn, de severa probidad modelo; Franklin, audaz sojuzgador del rayo; Washington inmortal que trajo al suelo de América fecundo, en venturoso ensayo, de república libre las simientes; Bolívar el excelso en paz y en guerra, a quien proclama justiciero el mundo libertador, y padre, y vida y gloria de cien pueblos valientes; el noble Sucre, en cuyo heroico lauro, ¡oh singular, altísima fortuna! no halla posteridad mancha ninguna. Y vosotros también perseguidores de los secretos de natura ¡oh sabios! La Condamine, Humboldt, Caldas el mártir, Boussingault... todos del soberbio Genio en la presencia deshojasteis flores, y con honda efusión y ardientes labios cantasteis sus loores.
Mas, un día llegó... ¡Quién te augurara que en el seno del tiempo aqueste día, oh numen poderoso, se guardara de humillación a ti, de gloria al hombre!... ¿Los veis? ¿Quiénes son ésos? ¿Qué osadía mueve su planta a la vedada cumbre? Son dos germanos, y el amor de ciencia allá los arrebata... ¡Ah, deteneos! Temed, parad; devoradora lumbre arde en esa eminencia; Crüel fin nos aguarda: ¡que! la historia, ¿tendrá Encelados nuevos y Tifeos? ¡Que! de la austera ciencia el ejercicio, ¿de otros Plinios demanda el sacrificio?
¿Temer? ¿Cejar? ¡Oh, no! Vedlos: llegaron; de ellos el triunfo es ya; bajo su planta la frente el monte secular humilla, y erguida en el espacio se levanta y con los lampos de victoria brilla del campeón de la ciencia la figura. ¿Veis esa exhalación que allá fulgura una vez y otras mil en el lejano confín del horizonte? Es el Genio que en vano juzgaba eterno alcázar su alto monte, y hoy bate en fuga las enormes alas, y en su rápido y vario movimiento cárdenas luces va lanzando al viento.
Del sublime espectáculo pasmada calla naturaleza; de las entrañas de ignoradas tumbas las sombras surgen de la antigua gente, y entre las nubes vagan lentamente; alzan los muertos siglos la cabeza pesada y polvorosa... Delante el vencedor contempla abierta la boca del abismo pavorosa; aún cálido y letal aliento espira, cual monstruo herido que en penoso esfuerzo por intervalos al vivir despierta, al gladiador triunfante al lado mira, y en el inútil furor tiembla y respira. Encima el astro inmenso numen de luz y genitor del día, que en majestuoso ascenso se aproxima al cenit; el infinito azul espacio en torno; un océano de crespas nubes a los pies, heridas por las del sol miradas encendidas; y el nombre venerando en todo escrito y visible la mano del de los mundos Padre y Soberano.
En tanto el pensamiento de los felices héroes de la ciencia, vívido rayo, a par de su mirada, al hondo seno del volcán desciende; en la lava y las rocas busca atento las huellas de los siglos, y la influencia indaga, aún poderosa, aún no menguada, de remotos y horrendos cataclismos. Así a la inteligencia muestran hasta los lóbregos abismos caracteres y cifras en que se halla la Verdad escondida al humano saber, mas no perdida. Ella aparece y por el mundo vuela, el claro nombre honrando de quien tras luengo afán hallarla pudo; ella aparece y su beldad mirando la Musa, que yacía en ocio mudo, se anima, el sacro fuego la arrebata y en himnos de victoria se desata.