Versos Spanish Juan Meléndez Valdés La Partida

Spanish poem

La Partida

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En fin voy a partir, bárbara amiga, voy a partir, y me abandono ciego a tu imperiosa voluntad. Lo mandas; ni sé, ni puedo resistir; adoro la mano que me hiere, y beso humilde el dogal inhumano que me ahoga. No temas ya las sombras que te asustan, las vanas sombras que te abulta el miedo cual fantasmas horribles, a la clara luz de tu honor y tu virtud opuestas, que nacer sólo hicieran... En mi labio la queja bien no está; gima y suspire; no a culpar tu rigor dé los instantes del más ardiente amor tal vez postreros; tú, de ti misma juez, mis ansias juzga, mi dolor justifica; a mí no es dado sino partir. ¡Oh Dios! ¡de mi inefable felicidad huir! ¡en mis oídos no sonará su voz! ¡no las ternezas de su ardiente pasión! ¡mis ojos tristes no la verán, no buscarán los suyos, y en ellos su alegría y su ventura! No sentiré su delicada mano dulcemente tal vez premiar la mía, yo extático de amor... ¡Bárbara! ¡injusta! ¿qué pretendes hacer? ¿qué placer cabe en afligir al mismo a quien adoras, que te idolatra ciego? No, no es tuyo este exceso de horror; tu blando pecho, de dulzura y piedad a par formado, no inhumano bastara a concebirlo. Tu amable boca, el órgano süave de amor, que sólo articular palabras de alegría y consuelo antes supiera, no lo alcanzó a mandar. Sí; te conozco, te justifico, y las congojas veo de tu inocente corazón... Mi vida, mi esperanza, mi bien, ¡ah! ve el abismo do vamos a caer; que te fascinas; que no conoces el horrible trance en que vas a quedar, que a mí me aguarda con tan amarga arrebatada ausencia. No lo conoces, deslumbrada; en vano, tranquila ya, despavorida y sola, me llamarás con doloridos ayes. Habré partido yo; y el rechinido del eje, el grito del zagal, el bronco confuso son de las volantes ruedas, a herir tu oído y afligir tu pecho de un tardío pesar irán agudos. Yo entre tanto abatido, desolado, a tu estancia feliz vueltos los ojos, mis ojos ciegos en su llanto ardiente, te diré adiós, y besaré con ellos las dichosas paredes que te guardan, mis fenecidas glorias repasando, y mis presentes invencibles males. ¡Ay! ¿dó si un paso das, donde no encuentres de nuestro tierno amor mil dulces muestras? Entra aquí, corre allá, pasa a otra estancia: «Aquí», ellas te dirán, «se postró humilde a tus pies, y la mano allí le diste; allá, loco en su ardor, corrió a tu encuentro; y allí le viste en lágrimas bañado, en lágrimas de amor; con mil ternezas más allá fino te ofreció su llama; y al cielo hizo testigo, y los luceros, de su lazada eterna, indisoluble, en la noche feliz...» Sedlo, fulgentes antorchas del Olimpo; y tú, callada luna, que atiendes mis sentidas quejas y antes mi gloria y sus finezas viste, sedlo; y benignas en mi amarga suerte ved a mi amada, vedla, y recordadle su santo indisoluble juramento. Vedla, y gozad de su donosa vista, de las sencillas animadas gracias de su semblante. ¡Oh Dios! yo afortunado las gozaba también; su voz oía, su voz encantadora, que elevada lleva el alma tras sí, su voz que sabe hacer dulce hasta el no, gratas las quejas. ¡Oh, qué de veces de sus tiernos labios me enajenó la plácida sonrisa, las vivas sales y hechiceras gracias! ¡Oh qué de tardes, de agradables horas, de nuestra dicha hablando, instantes breves se nos huyeran! ¡Qué de ardientes votos, qué de suspiros y esperanzas dulces crédulas nuestras almas concibieron, y el cielo hoy en su cólera condena!, ¡Qué proyectos formáramos...! Mi vida, mi delicia, mi amor, mi bien, señora, amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara otro nombre aun más dulce! ¿qué pretendes? ¿Sabes dó quieres despeñarme? Espera, aguarda pocos días; no me ahogues; después yo mismo partiré, tú nada tendrás que hacer ni que mandar; humilde correré a mi destierro y resignado. Mas ora ¡irme! ¡dejarte! Si me amas, ¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?... Ya lo veo, te canso; cuidadosa conmigo evitas el secreto, me huyes; sola te asustas, y de todo tiemblas. Tu lengua se tropieza balbuciente, y embarazada estás cuando me miras. Si yo te miro, desmayada tornas la faz, y alguna lágrima... ¡oh martirio! Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos otros, ¡ay! otros eran: me buscaban, y en su mirar y regaladas burlas alentaban mis tímidos deseos. ¿Te has olvidado de la selva hojosa, do huyendo veces tantas del bullicio, en sus oscuras solitarias calles buscamos un asilo misterioso, do alentar libres de mordaz censura? ¿Qué sitio no oyó allí nuestras ternezas? ¿no ardió con nuestra llama? Al lugar corre do reposar solíamos, y escucha tu blando corazón; si él mis suspiros se atreve a condenar, dócil al punto cedo a tu imperio, y parto. Pero en vano te reconvengo, yo te canso; acaba de arrojarme de ti, cruel... Perdona, perdona a mi delirio; de rodillas tus pies abrazo y tu piedad imploro. ¡Yo acusar tu fineza!... ¡Yo cansarte! A ti, que me idolatras... No; la pluma se deslizó, mis lágrimas lo borren. ¡Oh Dios! yo la he ultrajado; esto restaba a mi inmenso dolor. Mi bien, señora, dispón, ordena, manda: te obedezco; Sé que me adoras; no lo dudo: humilde me resigno a tu arbitrio... El coche se oye, y del sonante látigo el chasquido, el ronco estruendo, el retiñir agudo viene a colmar la turbación horrible de mi agitado corazón... Se acerca veloz y para; te obedezco, y parto. Adiós, amada, adiós... El llanto acabe, que el débil pecho en su dolor se ahoga.

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