Spanish poem
Elegía A La Muerte De La Duquesa De Frías
by Juan Nicasio Gallego (1777–1853)
Al sonante bramido Del piélago feroz que el viento ensaña Lanzando atrás del Turia la corriente; En medio al denegrido Cerco de nubes que de Sirio empaña Cual velo funeral la roja frente; Cuando el cárabo oscuro Ayes despide entre la breña inculta, Y a tardo paso soñoliento Arturo En el mar de occidente se sepulta; A los mustios reflejos Con que en las ondas alteradas tiembla De moribunda luna el rayo frío, Daré, del mundo y de los hombres lejos, Libre rienda al dolor del pecho mío. Sí, que al mortal a quien del hado el cerio A infortunios sin término condena, Sobre su cuello mísero cargando De uno en otro eslabón larga cadena, No en jardín halagüeño, Ni al puro ambiente de apacible aurora Soltar conviene el lastimero canto Con que al cielo importuna. Solitario arenal, sangrienta luna Y embravecidas olas acompañen Sus lamentos fatídicos. ¡Oh lira Que escenas sólo de aflicción recuerdas; Lira que ven mis ojos con espanto Y a recorrer tus cuerdas Mi ya trémula mano se resiste! Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe! ¡No existe, y vivo yo! ¡No existe aquella Gentil, discreta, incomparable amiga, Cuya presencia sola El tropel de mis penas disipaba! ¿Cuándo en tal hermosura alma tan bella De la corte española Más digno fue y espléndido ornamento? ¡Y aquel mágico acento Enmudeció por siempre, que llenaba De inefable dulzura el alma mía! Y ¡qué! fortuna impía, ¿Ni su postrer adiós oír me dejas? ¿Ni de su esposo amado Templar el llanto y las amargas quejas? ¿Ni el estéril consuelo De acompañar hasta el sepulcro helado Sus pálidos despojos? ¡Ay! Derramen sin duelo Sangre mi corazón, llanto mis ojos. ¿Por qué, por qué a la tumba, Insaciable de víctimas, tu amigo Antes que tú no descendió, Señora? ¿Por qué al menos contigo La memoria fatal no te llevaste Que es un tormento irresistible ahora? ¿Qué mármol hay que pueda En tan acerba angustia los aciagos Recuerdos resistir del bien perdido? Aun resuena en mi oído El espantoso obús lanzando estragos, Cuando mis ojos ávidos te vieron Por la primera vez. Cien bombas fueron A tu arribo marcial salva triunfante. Con inmóvil semblante Escucho amedrentado el son horrendo De los globos mortíferos, en torno Del leño frágil a tus pies cayendo, Y el agua que a su empuje se encumbraba Y hasta las altas grímpolas saltaba. El dulce soplo de Favonio en tanto Las velas hinche del bajel ligero, Sin que salude con festivo canto La suspirada costa el marinero. Ardiendo de la patria en fuego santo, Insensible al horror del bronce fiero, Fijar te miro impávida y serena La planta breve en la menuda arena. —¡Salve, oh Deidad!—del gaditano muro Grita la muchedumbre alborozada; —¡Salve, oh Deidad!—de gozo enajenada La ruidosa marina Que a ti se agolpa y en bajel rodea; Y al cielo sube el aclamar sonoro Como al aplauso del celeste coro Salió del mar la hermosa Citerea. Absortas contemplaron El fuego de tus ojos Las bellas ninfas de la bella Gades; Absortas te envidiaron El pie donoso y la mejilla pura, El vivo esmalte de tus labios rojos, El albo seno y la gentil cintura. Yo te miraba atónito: no empero Sentí en el alma el pasador agudo De bastarda pasión; que a dicha pudo Del honor y deber la ley severa Ser a mi pecho impenetrable escudo. Mas ¿quién el homenaje De afecto noble, de amistad sincera Cual yo te tributó, cuando el tesoro De tu divino ingenio descubría, Que en cuerpo tan gallardo relucía Como rico brillante en joya de oro? ¡Cuántas, ay, qué apacibles Horas en dulces pláticas pasadas Betis me viera de tu voz pendiente! ¡Cuántas en las calladas Florestas de Aranjuez el eco blando Detuvo el paso a la tranquila fuente; Ya el primor ensalzando Que al fragante clavel las hojas riza Y la ancha cola del pavón fnatiza; Ya la varia fortuna Del cetro godo y del laurel romano; O el poder sobrehumano Que de un soplo derroca Del alto solio al triunfador de Jena Y con duras amarras le encadena, Como al antiguo Encélado, a un roca. Pero otro don magnífico, sublime, Más alto que el ingenio y la hermosura, Debiste al Criador, vivaz destello De su lumbre inmortal, alma ternura. ¿Cuándo, cuándo al gemido Negó del infeliz oro tu mano, Ayes tu corazón? El escondido Volcán que decoroso Tu noble aspecto revelaba apenas, Un infortunio, un rasgo generoso, Un sacrificio heroico hervir hacía. Entonces agitado Tu rostro angelical resplandecía Del más purpúreo rosicler cubierto: Del seno revelado La extraña conmoción, el entreabierto Labio, las refulgentes Ráfagas de tus ojos Que entre los anchos párpados brillaban, Las lágrimas ardientes Que a tus negras pestañas asomaban, El gesto, el ademán, los mal seguros Acentos, la expresión... ¡Ah! Nunca, nunca Tan insigne modelo De estro feliz, de inspiración divina Mostró Casandra en los dardanios muros Ni en las lides olímpicas Corina. Y sólo al santo fuego De un pecho tan magnánimo pudiera Deber tu amigo el aire que respira. Sólo a tu blando ruego La Amistad se vistiera Máscara y formas del Amor su hermano. ¿Quién sino tú, señora, Dejando inquieta la mullida pluma Antes que el frío tálamo la Aurora, Entrar osara en la mansión del crimen? ¿Quién sino tú del duro carcelero, Menos al son del oro empedernido Que al eco de los míseros que gimen, Quisiera el ceño soportar? Perdona, Cara Piedad, que mi indiscreta musa Publique al mundo tan heroico ejemplo, Y que mi gratitud cuelgue en el templo De la santa Amistad digna corona. En el mezquino lecho De cárcel solitaria Fiebre lenta y voraz me consumía, Cuando, sordo a mis quejas, Rayaba apenas en las altas rejas El perezoso albor del nuevo día. De planta cautelosa Insólito rumor hiere mi oído; Los vacilantes ojos Clavo en la ruda puerta, estremecido Del súbito crujir de sus cerrojos, Y el repugnante gesto Del fiero alcaide mi atención excita, Que hacia mí sin cesar su mano agita Con labio mudo y sonreír funesto. Salto del lecho, y sígole azorado, Cruzando los revueltos corredores De aquella triste y lóbrega caverna Hasta un breve recinto iluminado De moribunda y fúnebre linterna. Y a par que por oculto Tránsito desparece Como visión fantástica el cerbero, De nuevo extraño bulto, Sombra confusa, que se acerca y crece, La angustia dobla de mi horror primero. Mas ¡cuál mi asombro fue cuando improvisa A la pálida luz mi vista errante Los bellos rasgos de Piedad divisa Entre los pliegues del cendal flotante! «¿Por qué, por qué benigna», Clamé bañado en llanto de alborozo, «Osas pisar, Señora, Esta morada indigna Que tu respeto y tu virtud desdora? ¡Ah! si a la fuerza del inmenso gozo, Del placer celestial que el alma oprime, Hoy a tus plantas expirar consigo, Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo. »A este oscuro aposento No a que de pena o de placer expires La voz de la amistad mis pasos guía, Sino a esforzar tu desmayado aliento Contra los golpes de la suerte impía. Su cuello al susto y la congoja doble El que del crimen en su pecho sienta El punzante aguijón; que al alma noble Do la inocencia plácida se anida, Ni el peso de los grillos la atormenta, Ni el son de los cerrojos la intimida. Recobra, amigo caro, La esperanza marchita. Y el digno esfuerzo del varón constante. Pronto será que el astro rutilante, Que jamás estas bóvedas visita, De la calumnia vil triunfar te vea: Mi fausto anuncio tu consuelo sea. »Serálo, sí; lo juro; Y aunque ese llanto que tu rostro inunda Vaticinio tan próspero desmiente, No me hará de fortuna el torvo cerio Fruncir las cejas ni arrugar la frente; Que el dichoso mortal a quien risueño Mira el destino...» ¡No acabé! A deshora La aciaga voz del carcelero escucho, Diciendo: «Es tarde; baste ya, Señora». «¡Adiós! ¡adiós! Del vulgo malicioso Que al despuntar del sol sacude el sueño Temo el labio mordaz. ¡Adiós te queda!» «Aguarda» ... «¡Adiós!» ... Y en soledad sumido Oigo ¡ay de mí! del caracol torcido Barrer las gradas la crujiente seda. ¡Oh digno, oh generoso Dechado de amistad! ¡Oh alegre día! ¿Y dónde estás, en dónde, Ángel consolador, Duquesa amada, Que no te mueve ya la angustia mía? ¡Gran Dios, y ni responde De su esposo infeliz al caro acento, Aunque en la tumba helada Lágrimas de dolor vierte a raudales! ¡Ni de su triste huérfana el lamento, Con ambos brazos al sepulcro asida, Ablanda sus entrañas maternales! ¡Oh dulces prendas de su amor! Al mármol En vano importunáis. Hará el rocío Del venidero Abril que al campo vuelva La verde pompa que abrasó el estío; Mas no esperéis que el túmulo sombrío La devorada víctima devuelva, Ni a sus profundos huecos Otra respuesta oír que sordos ecos. En él de bronce y oro, Ínclito vate, estallarán cinceles Vuestro heroico blasón, entretejiendo Con palmas tus laureles. ¡Inútil afanar! La sien ceñida De adelfa y mirto, pulsará tu mano La dolorosa cítara, moviendo El orbe todo a compasión... ¡En vano! Resonarán con ellas Mis gemidos simpáticos, y el coro De cuantos cisnes tu infortunio inspira Alzar podrá a su gloria Noble trofeo en canto peregrino. Mas ¡ay! ¿podrá su lira Forzar las puertas del Edén divino Y el diente ensangrentado Del áspid arrancar en ti clavado? A más alto poder, mísero amigo, Los ojos torna y el clamor dirige Que entre sollozos lúgubres exhalas. Al Ser inmenso que los orbes rige, En las rápidas alas De ferviente oración remonta el vuelo. Yo elevaré contigo Mis tiernos votos, y al gemir de aquella, Que en mis brazos creció, cándida niña, Trasunto vivo de tu esposa bella, Dará benigno el cielo Paz a su madre, a tu aflicción consuelo. Sí; que hasta el solio del Eterno llega El ardiente suspiro De quien con puro corazón le ruega, Como en su templo santo el humo sube Del balsámico incienso en vaga nube.
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