Versos Spanish Juan Valera 08

Spanish poem

08

by (1824–1905)

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El plácido arroyuelo rompe el lazo de hielo, y desatado en onda cristalina fecunda la pradera. Flora presta sus galas a Chiprina; reluce Febo en la celeste esfera, y en la noche callada la casta diosa a su pastor dormido, con trémulo fulgor, besa extasiada. Del techo antiguo a suspender su nido ha vuelto ya la golondrina errante; dulces trinos difunde Filomena; el mar se calma, el cielo se serena; sólo Céfiro amante, oreando la hierba en los alcores. Y acariciando las tempranas flores, con música y aroma el aire agita. En la rica estación de los amores amor en todo corazón palpita; pero en el alma del zagal Mirtilo halla perpetuo asilo. Allí ingenioso el dios labra un dechado de gracia encantadora, donde con fiel esmero ha retratado a Clori bella, a la gentil pastora. Por quien Mirtilo muere. Clori, en tanto, amistosa y compasiva, quiere que el zagal viva, mas amarle no quiere, antes, dicen que piensa dar su mano a un rabadán anciano. Con celos el zagal su pena aumenta, y así en la selva oculto se lamenta: -¡Tú no sabes de amor, encanto mío! ¡Ah! Tu ignorancia virginal te engaña. Seré merecedor de tu desvío, mas no comprendo la ilusión extraña que a dar tanta beldad te precipita, inútil don, tesoro inmaculado, a la vejez marchita. La amapola del prado no despliega la pompa de sus hojas, de púdico amor rojas, hasta que el sol derrama en su velado seno estiva llama; ni la rosa se atreve a abrir el cáliz entre escarcha y nieve. No censurara yo que Galatea al cíclope adorase: la hermosura bien en la fuerza y el valor se emplea; bien con estrecho, cariñoso nudo, la hiedra ciñe firme tronco rudo. Mas nunca a quien apenas sostener puede el peso de la vida a llevar sus cadenas, si dulces, graves, el amor convida. Huyen del mustio viejo las Camenas; si la flauta de Pan su labio toca, allí perece el desmayado aliento, sin convertirse en melodioso viento, y la risa del sátiro provoca. Con vacilante pie mal en el coro de ninfas entra; y el alegre giro y canto de las Ménades sonoro, o con flébil suspiro, o con dolientes ayes turba acaso; que, en el misterio de la santa orgía, ni el hierofante el tirso le confía, ni él llega hasta la cumbre del Parnaso. ¡Ay Clori! ¿Qué demencia te extravía? Ya que por ti se pierde mi tierno amor, mi juventud lozana, de frescas rosas y de mirto verde no ciñas ora una cabeza cana. Trepa la vid al álamo frondoso, y a la punzante ortiga deja que adorne el murallón ruinoso. ¿Qué riesgo, qué fatiga no aceptará mi amor por agradarte? Por ti en el bosque venceré las fieras; por ti el furor arrostraré de Marte; y el rey de las praderas, cuya bronceada frente arma ostenta terrible, que figura de nueva luna el disco refulgente, de mi garrocha dura sentirá en la cerviz la picadura. El rabadán, por la vejez postrado, tu solícito afán reclamaría, ¡oh, Clori! mientras yo, por tu mandado, al abismo del mar descendería, sus perlas para ver en tu garganta, y acosaría al lobo carnicero, su hirsuta piel con plomo o con acero ganando para alfombra de tu planta. Alucinada ninfa candorosa, desecha ese delirio que te lleva a ser del viejo rabadán esposa. Pues ¡qué! ¿te he dado en balde tanta prueba de amor? Ya ves que por seguirte dejo el templo de Minerva y los vergeles por do Betis copioso se dilata. De mis padres me alejo, y huyo también de mis amigos fieles para sufrir crueldades de una ingrata. No estriba tu desdén en mi pobreza, que no oculta tan bajo sentimiento tu noble corazón, y ni en riqueza me vence el rabadán, ni en nacimiento. Sólo un funesto error, una locura, ¡oh, Clori! ¡Oh, rosa del pensil divino! Le hará exhalar tu aroma y tu frescura entre las secas ramas del espino; te hará romper el broche delicado, no para abril, para diciembre helado. No así me hieras, si matarme quieres; mira que así te matas cuando hieres.