Spanish poem
El Poeta Y La Sirena
Coronada de vivos resplandores Luce la tarde en el azul del cielo, Va tendiendo la noche su ancho velo Y en el Ocaso se sepulta el Sol. Su veste de esmeraldas pliega el césped, Su cáliz las galanas florecillas, Y truecan las celestes nubecillas En armiño su bello tornasol.
La nacarada estrella de la tarde Su luz, vertiendo, plácida y serena, Semeja una purísima azucena Sobre un manto de grana y de zafir, Como virgen que oculta sus hechizos Bajo el cendal flotante de una nube, Así la Luna, majestuosa sube, Bañada de alabastro hacia el cenit.
En un océano de plateadas luces Flotan el monte, el valle y la pradera, Y esparce la brillante primavera De sus flores la esencia virginal. En la margen de un lago bullicioso Alza un poeta su inspirado acento, Que se pierde en las ráfagas del viento, O del lago en el límpido cristal.
Surge de entre las ondas azuladas Una deidad risueña y misteriosa, De frescos labios de color de rosa Y un seno de marfil, encantador. Su lúcido cabello de azabache Rueda sobre sus hombros de alabastro, Tienen sus ojos el fulgor de un astro Y el fuego centelleante del amor.
Su breve pie de nacarado esmalte Cubren sandalias de zafir hermoso, Orna con cintas de color azul Lleva en sus manos una lira de oro Con cuerdas de diamante decorada, Y el eco seductor de su trovada Vuela a las nubes del celeste tul.
El genio misterioso de la noche Las estrellas de mágicos fulgores, Los silfos bellos y lucientes flores En torno suyo se les ve girar. Tendida entre la espuma cristalina, Con halagüeña inspiración secreta, Dirige el melancólico poeta Este armonioso y seductor cantar:
—«Tú creas en la noche fantásticas visiones Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor, Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.
»Aquí bajo esta espuma de armónicos rumores Habito yo un palacio de perlas y coral; Mi lecho forman rosas del valle más ameno, De fúlgidos colores, de esencia virginal.
»Las sílfides y ondinas que moran en el lago Me cantan en la noche, sublime trovador, Y a su argentino acento y al rayo de la Luna, Apuro deleitosa la esencia del amor. »Suspende esos cantares al céfiro del valle Que juega entre los lirios del plácido jardín, O a la gentil violeta, o a la doncella pura De Labios sonrosados y aliento de jazmín. »La vida tiene encantos, poeta de los sueños; La gloria sólo ofrece martirios y dolor: ¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales Para apurar beodos la esencia del amor». . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . —¡Cesa:—le dijo, un eco de los montes Con voz de trueno asolador, profundo;— Tú simbolizas el error del mundo Y el poeta la luz de la verdad. Despareció la maga entre la espuma Exánime, sin vida y sin aliento; Alzó el poeta su inspirado acento Y el eco resonó en la eternidad.