Versos Spanish Julio Flórez ¡Oh, Viejo Mar Azul! —Trágico Amigo

Spanish poem

¡Oh, Viejo Mar Azul! —Trágico Amigo

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¡Oh, viejo mar azul! —trágico amigo de mis tristezas mudas e ignoradas! Cómo me place sollozar contigo, cuando la luna entreabre su postigo de nubes, en las noches sosegadas y se asoma a mirarnos, desde l‘hondo de la celeste bóveda, entre tanto que, ante su disco pálido y redondo, cae y desciende hasta tu mismo fondo, amargándote más... ¡todo mi llanto! ¡Oh, viejo mar azul! ¡Oh, hermano! ¡Cómo mi inconsolable espíritu se alegra, cuando sacudes tu encrespado lomo, y lloran, sobre ti, nubes de plomo, bajo los lutos de la noche negra! Como un monte que vuela, como un monte que horada y ennegrece el horizonte, va un nubarrón hacia la etérea altura: Denso, medroso; avanza lentamente; sube... de pronto, la fugaz serpiente del ígneo rayo incendia la negrura, y en un vivo zigzag resplandeciente, recorre toda la gigante hondura y se extingue, en las sombras, ¡de repente! Un grito pavoroso, un grito inmenso, cada vez más profundo y más intenso, la atmósfera, al sentirse desgarrada, brota de los abismos de su seno, como un ay! hondo y fúnebre: es el trueno que, como una nevera despeñada, retumba y va como corcel sin freno, sobre enorme timbal, de espanto lleno, por la siniestra bóveda enlutada. El sol ha muerto. El nubarrón, ahora, va descendiendo hacia la tierra... ¡y llora! Cae la lluvia en gélida cascada, con furia aterradora, sobre la mar convulsa y alterada; e inunda la cubierta del navío, desde donde ella y él, ven la traidora mar, que sacude extraño escalofrío. Sopla el ronco huracán en su bocina gigantesca; y el barco que se inclina, ante el soplo invisible y formidable que las jarcias y mástiles golpea, sube hasta el lomo de falaz colina de agua crespa... ¡momento inacabable! ¡El barco, cabecea! ¡Ya desciende!... ¡ya se hunde! ¡ya se empina! Ya la Muerte, en el vórtice negrea! Ella, lívida y mustia, las pupilas pasea por el terrible mar, llena de angustia, ¡mientras q‘el nubarrón relampaguea! Él, calla; no ha sentido ni el estruendo del mar ni ha visto el rayo. ¡En torvos pensamientos sumergido, y como preso de mortal desmayo, parece un muerto a quien llegó el olvido! Ella, con anhelante mirada, lo interroga, lo investiga... De pronto, d‘el, poniéndose delante, —¡ven!... ¡Mi profunda desazón mitiga! ¡Ya resistir no puedo!... ¿Por qué desprecias a tu pobre amiga?— clama, y concluye: —¡ingrato!, ¡tengo miedo! Él, con el ceño adusto, la mira; yergue su flexible busto, y, con risa sarcástica, murmura, cruel, haciendo singular remedo de aquella melancólica hermosura: —¡Ven!... ¡Mi profunda desazón mitiga! ¡Ya resistir no puedo!... ¿Por qué desprecias a tu pobre amiga?... ¡Ingrato...!, ¡tengo miedo!... —Infame—digo yo... ¡Dios te maldiga! ¡Miedo tienes! ¡Ah, sí!... No lo tuviste ayer cuando traidora me engañaste, y solo me dejaste... ¡Solo!... ¡tan solo!... ¡y deshonrado y triste! Pide perdón... siquiera... y serás perdonada... ¡aunque me muera! ¡Rompe esta trama pérfida y confusa! ¡Arcángel y... ramera! di: si todo te acusa, ¿por qué niegas tu falta? Di: si tu empeño mi furor exalta, ¿por qué tu lengua la verdad rehúsa? Ya que sembraste el cardo en mi camino, hasta ayer tan hermoso y enflorado, ¡confiesa tu pecado!... ¡Confiésalo!... ¡te adoro!... ¡te abomino!— dice, y la espalda vuelve, mientras, ella, postrada de rodillas, su corazón en lágrimas disuelve, y estruja, con sus manos, sus mejillas. —¡Soy inocente!—clama; y corrobora: —¿Por qué dudas de mi? ¿Por qué me humillas? ¡Nadie en el mundo, como yo... te adora!—. Eriza el mar sus tumbos como crines espantosas; y suenan, suenan, suenan, los altos atambores y clarines de la borrasca, en todos los confines, y con sus voces el espacio llenan! ¡Y el mar redobla su pujanza y ruge! Crispa sus olas como enormes garras! Fiero león que tiembla!... El barco cruje y baila sobre el mar, como una hoja que va a tragarse el vórtice! Una hoguera en la fúnebre sombra reverbera, flamante, viva, roja: es un faro... que anuncia la ribera. Valles, riscos y montes estupendos de agua oscura y colérica, se agitan en negra confusión, como tremendos monstruos que se revuelcan y encabritan con diabólico estrépito... El navío húndese en las entrañas del piélago bravío que finge, bajo el cóncavo vacío un desmoronamiento de montañas. Con vigoroso aliento, un hombre nada hacia la orilla, ¡nada! ¡Es él..., es él, que con las olas lucha entre el clamor horrísono del viento! Como una queja aguda y desolada, una voz en los ámbitos se escucha: —¡Perdón!... ¡perdón!... ¡ven!... ¡sálvame! ¡cobarde!— Es ella que sucumbe... abandonada! De su terrible acento haciendo alarde, el hombre que se aleja, la mirada torna atrás, un momento, y grita, próximo a arribar, —¡es tarde!— Y nada... y nada... y nada... y sale al fin del hórrido elemento! Después: el faro entre las sombras arde. ¡Mudos están: el mar y el firmamento! ¿Por qué se asombra tu mirada vívida? ¿Por qué te pones lívida? ¿Te hace daño este cuento?

—¡Ven!... ¡Mi profunda desazón mitiga! ¡Ya resistir no puedo!... ¿Por qué desprecias a tu pobre amiga?... ¡Ingrato...!, ¡tengo miedo!...