Spanish poem
Se Lo Dijo A La Fontana
Se lo dijo a la fontana el llanto de una aldeana; ya el carrizal no lo duda, que oyó gemir al Poeta. Todo, todo lo trasuda: el sauce y la mejorana... Es bien cierto: ¡Pobre nieta!... Lo cuenta en su lengua ruda la Soledad rusticana; lo deplora la campana desde la Ermita desnuda, la zampoña que está muda, la flauta y la pandereta, y hasta el cielo que interpreta una gran tristeza humana... ¡Pobre nieta!... ¡Pobre abuelo!... Hay un gran beso de duelo en la quietud del ambiente, Murió el pastor: ¡quién lo duda! Desde la Ermita hasta el Huerto, la montaña lentamente se está vistiendo de viuda... ¡Es cierto, es cierto! Ya todos saben que ha muerto el mozo de la carreta... Por el camino violeta su corazón va llorando como un cordero inexperto: ¡Armando! ¡Armando!... El alma de las montañas de sugestiones tranquilas, mira con penas hurañas, aquellas claras pupilas que en el camino violeta lloran con lágrimas lilas. Muda está la pandereta, mudas están las esquilas, ya nadie emboca las cañas desde que Armando está ausente, en tanto que las montañas miran pasar lentamente aquellas vagas pupilas que, tarde a tarde, intranquilas van a llorar a la fuente... ¡Cuánto tarda la carretal ¡Armando! ¡Armando!... Van sus ojos escrutando por el camino violeta... Por el camino violeta va la pastora llorando, sin rumbo, no tiene mando su voluntad incompleta... —¿Llora acaso por Armando, el mozo de la carreta? ¿Adónde van sus pupilas? Por el camino violeta va la pastora dejando su alma en lágrimas lilas. ¡Armando! ¡Armando!... ¿Murió su pastor? ¿Es cierto? Ella interroga a la vieja choza y al campo desierto, a la distancia bermeja y hasta al porfiado pedrisco... A la retama, al lentisco, a la vaguedad perpleja del horizonte incierto, al palomar, al aprisco, al buey y al cardal arisco, al asno, a la comadreja, a la congoja del Huerto, al búho rapaz que bizco un mito burlón semeja... Y todo lo grita: ¡ha muerto!... ¡Armando! ¡Armando! Su corazón va llorando como un cordero inexperto...
Cruza junto al Adivino, junto al Sabio y al Poeta, no se fija en el pollino del anciano Anacoreta, y atraviesa la meseta, bajo el misterio opalino de aquella tarde secreta... —¿Adónde va? ¿Qué la inquieta? Ya la perdieron de vista las cabañas lugareñas, el pañuelo de batista que de lejos le hizo señas, el sonámbulo molino y hasta el estanque amatista donde termina el camino... Va sin rumbo, soñadora, por el camino violeta, la pastora...; ¿Por qué llora? ¿Desde cuándo? ¿Adónde va? ¿Qué la inquieta? Hoy se tarda más que nunca la carreta. ¡Armando! ¡Armando!... El aire es de terciopelo. Por el camino violeta, cual a través de una grieta se ve cómo piensa el cielo. En el umbral el abuelo está esperando a su nieta, tiene en la mano un pañuelo y en los ojos el consuelo de una lágrima secreta... Desde que partió la nieta, llora a menudo el abuelo, y por un ceño de hielo se encuentra ¡ay Dios! obsedido. Él hace, con su pañuelo, señas al Sabio, al Poeta, a la inválida carreta de andar penoso y dolido, a la corneja, al mochuelo y al misterioso cometa que, hace noches, desde el cielo le está diciendo: ¿Y tu nieta? ¡Mal año tienes, abuelo!... No es esa, no, la carreta que tú esperabas, ni el vuelo de aquellas cornejas grises te traerá de los países tenebrosos a tu nieta... ¡Pobre abuelo!... ¡Pobre nieta!... Ya no verás la carreta por el atajo vecino, ya no oirás la pandereta, ni comerás del tocino que te brindara tu nieta... Ya ni el Sabio ni el Poeta podrán darte algún consuelo, ya no tendrás otro abrigo que la lámpara del cielo, ni tendrás más fiel amigo que el pobre perro mendigo que fue en un tiempo de Armando, y que ha de venir llorando a consolarse contigo. ¡Armando! ¡Armando!...
El aire es de terciopelo... Por el sendero vecino llega el eco mortecino de voces graves; el cielo tiene un ensueño opalino... A la vera del camino, el Sabio y el Adivino conversan con el Poeta sobre el Amor y el Destino... De repente, el Adivino, después de invocar al Cielo, solemnizó: —¡Pobre Armando!... ¡Es un secreto divino!... Dios sabe... —y sobre el pañuelo se inclinó un rato llorando... Dice el Sabio: —¡Qué saeta tuvo el ingrato destino!... —¡Cierto! —reza el Adivino— ¡era virtuoso, era blando!... Dice a su turno al Poeta: —¡Hemos perdido un amigo!... Mientras el perro mendigo se acerca al grupo ladrando, ¡Armando! ¡Armando! Hoy no viene la carreta... ¡Qué desolación secreta tiene la tarde en el Huerto! ¡Adónde irá la pastora! ¿Se habrá extraviado, que llora como un cordero inexperto?...
A la orilla de un camino que frecuentó por su infancia, oye el rumor campesino de una antigua resonancia... Es el pino, el viejo pino, que le murmura temblando: —¿Qué es de la vida de Armando? ¿Cuál ha de ser tu destino? ¡Armando! ¡Armando! En una de esas mañanas, de esas mañanas muy blancas, que parecen tener francas ingenuidades de hermanas... En una de esas mañanas, al pie de ese mismo pino, se dieron el primer beso y partieron su destino con una sola palabra, ¡mientras partieron el queso, el pan, la leche de cabra, la miel y las avellanas!... En una de esas mañanas... El perejil y el hinojo, el romero y el tomillo, lamen el ruedo sencillo de su trajecito rojo; y por el vago rastrojo y el carrizal amarillo, llega Lux, el perro cojo que perdió a su pastorcillo. ¡Armando! ¡Armando!... ¿Cómo lo ha perdido y cuándo, de qué suerte? Lux lo ignora, pero aúlla y lo deplora y al presentir la pastora, brizna a brizna rastreando, corre a su encuentro, la implora, pregúntale por Armando, si es que murió, cómo y cuándo, y se arrodilla y lo llora. ¡Armando! ¡Armando!... —¿Adónde fue el pastorcillo? —¿Adónde irá la pastora? —¿Qué será del perro cojo? El Adivino lo ignora, y también el ruedo rojo, ¡y el perejil y el tomillo!
Nunca vendrá la carreta... Ya no se oyen las tranquilas dulzuras del caramillo; y el crepúsculo amarillo cuenta una historia secreta... Muertas están las esquilas, colgada la pandereta... ¡Sólo gime la campana desde la Ermita desnuda, bajo el cielo que concreta una gran tristeza hermana!... Mas, ciertas noches, no hay duda, cuenta la grey rusticana, suele verse una carreta y detrás una serrana tocando la pandereta, por el camino violeta que conduce a la fontana... —¡Adiós, mañanas tranquilas! ¡Oh, qué destino nefando! —Dizque Hora la silueta, siempre andando, siempre andando. —¿Qué ven sus glaucas pupilas? ¿Adónde marcha sin mando su voluntad incompleta?... Por el camino violeta va la pastora dejando su alma en lágrimas lilas, ¡Armando!... ¡Armando!...