Versos Spanish Leopoldo Lugones Ave Mía Gratia Plena

Spanish poem

Ave Mía Gratia Plena

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Abre la flor su tímido capullo A las temperies del ambiente amigo, Y la tórtola agreste con su arrullo Anuncia ya la madurez del trigo. El paisaje, algo adusto en su atonía, De nuestro grave amor forma el emblema; Los crepúsculos visten todavía Un raso gris de distinción suprema. Ese tono angustiosamente vago Ahonda una tristeza nada ingrata; El agua serenísima del lago, Sensible como un cutis, se amorata. Tras del sauzal desnudo que se encorva Sobre ella, el cielo diáfano clarea Su azul de frialdad un poco torva Como las castidades de una fea. Y la invernal beatitud se obstina En dar, con su mutismo visionario, A tu aquiescente luto de sobrina, Una solemnidad de aniversario. Mas la otra tarde, a la hora en que se esconde El sol, y como en vísperas de ausencia Las manos se unen más, no sé de donde Nos llegó una floral evanescencia. Elucidando tu ideal sin norma, Su soplo, con tibiezas mortecinas, Fue el invisible cuerpo que dio forma Al flotante guipur de las cortinas. En la umbrosa avenida que se aleja Hacia quien sabe que misterio eclógico, Evocaste la clásica pareja De algún amable infierno psicológico. Avanzaban los dos en la vislumbre. Profundizando la íntima ternura De tu piedad, con una certidumbre Tan dulce de morir, que era ventura. Y te dije —«¿te acuerdas?...» Y tus ojos Me dijeron —«¿te acuerdas?»... Y un reproche En que había más lástimas que enojos En nuestra alcoba anticipó la noche. ¿Te acuerdas?... El salón vasto y seguro... La estufa en que mermaban los tizones... Lucían en el pecho casi oscuro Su anodino esplendor los artesones. Bajo las rigideces laceradas Del severo brocado en desaliño, Con la espontaneidad de las granadas Maduras, se entreabría tu corpiño. O bien tus manos, para dar, calmantes Como el silencio, su beleño ambisruo, Mecían, torturadas de diamantes El alma de algún músico ya antiguo. Y soñábamos góndolas discretas... O en gárrulo sainete de amoríos Pompones, bandolines y caretas Preludiando corteses desafíos. (La espada que a tu prez vidas tributa, Y émula de Tizona y de Altaclara, Vibra al acometer, fina y enjuta Su alegre desnudez que el sol aclara). O decíamos versos lentamente... Cual lánguida doncella que investiga El dilema de amor correspondiente En la flor que deshoja con fatiga. El noble vino de tu amor me diste; Y en horas de abandono y de infortunio Si fue mi noche tu mirada triste, Fue tu blancura astral mi plenilunio. Por presagios insólitos opresos, Sombreamos de dolor nuestra delicia; Y cuando ya el cansancio de los besos Desazonaba la voraz caricia; En cadencia obsesora te nombraba, Para seguir, con mis arbitrios sabios, Besándote en tu nombre que pasaba En miel diminutiva por mis labios. Y no me amaste más; en vano alcance Perseguí tus quimeras, y aquel drama Fue sencillo y veraz como el percance De un vaso que rompe y se derrama. Ese recuerdo, endecha de infinita Tristura, ante las pálidas praderas Que extasía la tarde, resucita Con su remordimiento tus ojeras. Tu faz se anega en lágrimas sencillas Como los manantiales y el rocío; Y el indulgente amor; en tus mejillas Esclarece un crepúsculo tardío. Sacuden su sopor viejas pasiones, Como fieras magníficas y lerdas, Y es la calma de nuestros corazones Frágil silencio de estiradas cuerdas. La noche, en la angustiosa lontananza, A su tocado azur prende una estrella; Tus manos, eficaces de esperanza, Vacilan en rendirse a mi querella. Y con la gran quietud, pone tu luto Una inefable angustia en su poesía, Porque en la indecisión de ese minuto Pasa la eternidad, amada mía.