Spanish poem
La Tarde En Muelle Lasitud Declina
La tarde en muelle lasitud declina legeramente enferma, y el ambiente está suave como una muselina habitual, cuyo roce no se siente. Abrúmase el estanque; entre los juncos una vieja piragua se desfonda, quizá arrastrando los recuerdos truncos de algun drama de amor sobre la onda... Para que el kiosco en su cristal se marque con la trivial fidelidad de un calco, reposa el agua; el nemoroso parque tiene una majestad de catafalco. Hay una estatua entre la fronda obscura; abstracto albor su desnudez aviva, ¡y como impone al bosque la mesura de su castidad grave y pensativa! Adquiere la alameda encanto agreste su ámbito, diluyendo las siluetas, acaba en una infinitud celeste que la tarde sembró de violetas. Duerme el estanque en su matiz de plomo; mas, fina o invisible vuelo, rizan su frágil superficie como una felpa frisada a contrapelo. Y esa fugaz tremulación del agua fuera la única inquietud acaso, si no surgieran junto a la piragua tras enlutadas de indolente paso. Casi niñas las tres, sus brazos flojos con prematuro afán siegan quimeras, y asombra lo profundo de sus ojos y la devastación de sus ojeras. Como un temple sutil vibra el linaje en sus nervios; un áspero pregusto de voluntad, aun bajo del encajo da al mórdido mentón algo de adusto. Sabrán sufrir y odiar, pero se augura que ya agobiadas de ancestral flaqueza, su odio es más ironía que amargura y su mal es esplín más que tristeza. Su palidez ya casi luminosa las vuelve más esbeltas y más leves, como evocando la asunción gloriosa de un diáfano crepúsculo en las nieves. Y sus cabellos de fragancia queda que artístico alfiler prende y alhaja, hacen pensar en la excesiva seda de un insecto anormal que se amortaja. Una se yergue con aciago hastío, y en la obseción fatal que la acomete, presenta a la pasión en desvarío la atracción inquietante de un florete. El deber como un ayo antiguo y lerdo, fastidia su inconciencia soñadora regañando al pasar (¡ah, qué recuerdo de un pecado mortal me asalta ahora!) Sus ojos miran cual los de una ciega, sin expresión, sin rumbo, sin visiones, y la estupefacción que los anega anticipa espontáneas perversiones. Son sus labios capullo en que rebosa sangre de esclavos por nutricio jugo, fatigándose en ellos la golosa beatitud de un ídolo verdugo. La otra tiene por todo distintivo un menudo lunar junto a su cuello, de cuando en cuando un ademán cursivo como el céfiro, alisa su cabello. Bagatela jovial, sólo en la liza de algun fútil amor sufrió quebranto, y ese lunar que la individualiza como el tilde a la forma su encanto Adora la baladas «A la luna» sabe un poco de Schummann, no muy triste, y corona superflua como una cinta, el viejo blasón que ya no existe. Pero la estirpe, de altivez dechado, la agobia en su magnífico decoro. (¡Oh prima a quien pudiera haber amado cuando tenía un corazón de oro!) Sellando la piedad lúgubre y rica de su luto, con fiel recogimiento, la tercera en el agua se duplica como un joven ciprés ya macilento. Sugiere en la quietud casi nocturna, la ilusión de un cariño que se yerma en la melancolía taciturna de amar sin esperanzas a una enferma. (Las nobles fuentes que el jardín decoran, gimen en la abismda lejanía, con esos balbuceos que ya lloran y que no son palabras todavía). Sueña quizá las acuitadas trovas de amadores heridos de pesares, por quienes en sus ríspidas alcobas plañeron Berenguelas y Guiomares; O en el novio ideal, mancebo blondo entrevisto por la íntima persiana, que a la tarde pasó, miró muy hondo, y que no volverá a pasar mañana... La noche da a las tres aire de esfinge; y el negro traje al agravar la duda, con la caricia de sus curvas finge líquida ondulación que las desnuda. Cuando de pronto, con ligero arranque, en su blancura casi refulgante. El solitario cisne del estanque boga hacie ellas armoniosamente...
forma su encanto