Spanish poem
Luna Bohemia
Al reanudar su amoroso convenio Con la pequeña ingrata Que fuera por un divino bienio El perpetuo tema de su sonata, El joven bohemio tortura su corbata Con un altanero regocijo de ingenio. Y ella tiene los clásicos mimos de rubia gata... La buena estación los junta Con una lánguida ebriedad de instinto. Ella tiene la cabeza hecha un laberinto, El le ve a cada lápiz un soneto en la punta. Ella es blonda y un poco cejijunta. Él es moreno y se llama Jacinto. Con regocijo oculto y tierno, La ha visto abandonar como un pimpollo En la frescura rosa de su desarrollo, La grave cachemira que le infligió el invierno. En aquella suntuosidad bruna, Fue perla inaccesible a su monopolio De triste joyero de la luna; Y a ese aislador contraste de la fortuna, Aquel amor fue el ganso de su capitolio. La pobreza, madrastra de esclavos. Es para el amor mala consejera. No se ama en verso sino por primavera, Con una rosa y diez centavos. El lujo de buena cepa, Cual la orquídea congénere necesita la estufa; Y solamente así no discrepa Con su poco de noche, su Borgoña y su trufa. ¡Ah, qué mal lo trató la suerte, Cuando por más perfidia de celosos venenos, La vio, con angustias de muerte, En el refugio de los brazos ajenos! Mas, las gatas mimosas no saben tener frío; Y él no poseía por su mal, Otro bien que la luna, buena sólo en estío, Pues apenas hay cosa más glacial. En el insomnio de sus célibes horas, La soledad curaba, papando de hito, En la honda castidad del infinito El azul infantil de sus auroras. Y decidido a esperar la buena estación Puso a dieta estoica su corazón. Pero la ausencia de la amiga dio origen A la más lacerante envidia, Al desearla en la pérfida desidia De esas horas ajenas que tan cruelmente afligen. Hoy que su sencillez asocia Con un petulante garbo, La gracia de la breve toca color ruibarbo Al popular imperio de la seda de Escocia; Vuelve el amor, en magnífico evento, A hacer del tugurio alcoba regia Que un encanto fraternal privilegia Cuando a través del aposento, La amiga cruza con serenidad de hermana, Hojeando un cuaderno de música alemana. Aquel desvencijado limbo, Vuélvese a su contacto la capilla risueña, Donde la luna habitual forma el nimbo De su loca greña. Y donde, vívido abejorro, El amor que zumba en torno de sus mieles, Junta en prudente ahorro Las migajas de besos que llenan los manteles. Sobre el fatigado diván de estambre, Apuran el escaso champaña En que con locura nada extraña Gastaron un mes de hambre. Al empinar su copa, Con un resto de púdica vergüenza La niña su seno arropa En el oro pluvial de su trenza. Y por el solariego caballete de adobe, Asomando con sardónico arte, Para que más el amor los arrobe. La luna en la fiesta toma parte. Las copas vacías hace ya mucho rato, Brillan cuajadas de joyas lunares, Luciendo un anacrónico boato De adamantinos azahares En aquel tugurio de literato. Mas, brindando a la luna por la ventana, Los amantes apuran sus copas secas, Con inteligentes muecas De comedia italiana. Gozando en absurdo extremo Sus amorosos desatinos, Beben luna en un éxtasis supremo. ¡Y sus besos untados de luna, son divinos!