Spanish poem
Luna Marina
La luna nueva en lo más hondo Del horizonte, atarda su descenso; Y como un resto de agua en el fondo Dé un cántaro inmenso, Sobre la inquieta Infinitud de abismo y de amarga ola, Sugiere una enorme sed de profeta Que en la zarza flagrante se inmola. En tanto, sobre el espectral velamen, Una brisa de naufragio, Pasa imponiéndole repentino vejamen Con silbos de vagancia y de presagio. Mas el navio, aunque asaz tétrico, Todavía tranquilo boga, Y el oleaje continúa simétrico Cual un tejado que la vislumbre azoga. Una brusca ventana Echa rumores de sarao; Y en el salino desabrimiento emana Con intimidad tertuliana Un cálido soplo de cacao. Pero el mar abrevia Aquel grato detalle con nuevo tumbo, Y en el ignoto rumbo, La noche vuelve a su majestad previa. Entonces, sobre los mares arcanos, Haciendo en el aire el proverbial castillo, Se evoca el dulce organillo De los plenilunios ciudadanos. Roedora conjetura, Intimamente el espíritu embarga. Bajo una soledad demasiado larga Todo el pasado niega la ventura. Y el corazón marcha con su pena obscura Como árido camello con su carga. Con histéricos efluvios, La maravilla lunar preexiste, Iluminando cabellos rubios De longitud anormal, en la onda triste. Y la música inaudita Del organillo imposible, Llora con una sencillez increíble En una desolación de luna infinita. Como huraño vagabundo que pulsa Para su insomnio y su perro, En una vieja guitarra convulsa Nobles dolores de destierro; Traspasada de ternuras, El alma, de los ángeles vecina, Abre a la inspiración su ala genuina Para arrancarse lágrimas más puras. El alegre organillo en la tristeza Del grave mar, divaga con fútil melodía, Empalideciendo de luna la tristeza Que es el fondo cordial de su alegría. Y mientras con la brisa traba flébil litigio. Mece el astro en las aguas su ebúrnea trirreme, Haciendo brotar en pálido prodigio Las Ciudades del Mar que el nauta teme. Es como si entre el bullido espumarajo Que estruja en la estela líquidos pañales, Viniera el organillo sonando muy abajo En el teclado obscuro de los hondos cristales. Y a ratos, en las cuencas abismales, Repercute claramente un badajo. Su son anuncia por las fatales trayectorias Del oblicuo vértigo de avenidas En que tiemblan las ciudades ilusorias, La augural campana de las naves perdidas. La faz urbana, sobre el vago celeste, No es sino un vertical rigor de perfiles En fuga hacia el Oeste, De donde un aura llena de ideas sutiles Murmura que son las Ciudades de la Peste. Por eso abren tan solas, Bajo el novilunio miope, Sus calles sin más vida que el mudo galope Con que inflan sus siluetas tumbales las olas. El aire se pone inerte En su abierta extensión, sin causa alguna; Y llena todo el ámbito la blanca muerte De la luna. Para que el luminoso desamparo irradie Con más desolación, se alza la niebla. Un metafísico y evidente Nadie, En negativo concepto las puebla. Sobre el venenoso mar de antimonio, Su existencia maligna, No tiene otro testimonio Que aquel badajo en lúgubre consigna. Y de pronto se nota en el seno De la noche finamente plateada, Que en realidad no se ha oído nada, Ni tañido ni música por el aire sereno. El organillo, a ratos pueril o grave, Fue nada más que un silencio, lleno De invisibles ojos fijos sobre la nave. Un silencio con ojos, impávido y ajeno.