Versos Spanish Leopoldo Lugones Tu Recuerdo Es Como Un Olor De Rosas

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Tu Recuerdo Es Como Un Olor De Rosas

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Tu recuerdo es como un olor de rosas, A cuya sugestión mi pecho siente, Esa melancolía de las cosas Que guarda el aposento de un ausente. La última tarde, como el viento fuera Un poco más cordial que en estos días, Llegó esa exhalación de primavera Al huerto de mis breves alegrías. La glorieta con su ámbito desierto Evocaba tus largos peinadores, Y dorado de otoño hacía el huerto La caridad de sus postreras flores. En el lago espectral, la clara luna Que da el insomnio del amor aciago, Regaba sus fulgores como una Camelia deshojada sobre el lago. Alguno refería en la enramada La historia de un amor, ahora yermo. Con la voz temerosa y mesurada Como en consulta sobre un niño enfermo. Y tu nombre surgió de aquella obscura Narración, avivando ignotas huellas; Y al eco de tu nombre en la espesura. Toda mi noche se nevó de estrellas. Y te vi como en esa hora distante, Cuando al efluvio de amistad que deja Tu falda, me sentí un poco gigante, Y bueno como un ángel o una oveja; Como en ese crepúsculo sombrío. Cuando ante el duelo de las hojas mudas, Nuestras almas vistiéndose de hastío, Se parecían como dos viudas... En esa tarde y ésta, iguales miedos; Igual tristeza en el follaje inerte; Y tú a mi lado y en tus finos dedos Una sutil insinuación de muerte. Mi huérfano dolor, como un ropaje Demasiado magnífico, te abruma; Mientras tu fantasía, en un miraje De arborescencia capilar se esfuma. Y ese miraje cuya sombra arranca Toda su luz a tu mirada fija, Está flotando en la tiniebla blanca Del ópalo que adorna tu sortija. Con languidez de plenilunio boya En descompuesta carnación de almendra, El ánima fluida de la joya Que en gota de coñac su luz acendra. A su influjo despiertan mis cautivas Penas, renace mi abatido encanto, Y me acojo a tus manos evasivas Para que el pecho no me duela tanto. Son pobre lenitivo a mi amargura, La aquiescencia trivial de tu elegante Sombrilla, y la etiqueta un poco dura Que autoriza la punta de tu guante. Tu carne se congela en alabastro, Y mi palabra, en ti, solo despierta Una vaga sonrisa, como el rastro De una hoja seca sobre el agua muerta. Fúnebre es tu candor adolescente Que la luna sonámbula histeriza, Y el perfume de nardo decadente En que tu alma pueril se exterioriza. Fría en el mármol cruel de tu inocencia, A la hosca fíera que en mi amor te brama, Sonde tu romántica indolencia Rebuscando actitudes de gran dama. La fiera se deslumbra en el destello Que tu collar adamantino arroja, Y la apacientas con tu fino cuello Que en su agua de iris el diamante moja, Pero hay algo de ti, caricia leda Que en mi revive; tu perfume acaso. Que como una sutil cinta de seda A ti me arrastra, y me insinúa al paso. Que tus ojeras lánguidas no mienten. Y mientras desde la pradera obscura, Las azucenas pálidas asienten Al galante cariz de la aventura; Mientras a mi hábil asechanza esquiva, Fuga en sus pliegues ágiles tu falda, Y con escalofríos de piel viva Se ajusta el raso a tu armoniosa espalda; Mientras junto a la náyade oportuna, Finge tu cuerpo, en abandono blando, Esas melancolías que son una Pereza triste de seguir amando; Aquel ingenuo amor de los serenos Días, a nuestras ansias siempre tardos, Ha empezado a placerse entre tus senos, Como abeja dichosa entre los nardos. Tu boca elude aún la impía falta De mi beso, en que tu alma padecía; Mas ya tus ojos que el recuerdo exalta. Se entenebrecen llenos de la mía. La tibia seda que en tus rizos toco, Mórbido aroma en mis entrañas vierte, Y siento que me invaden, poco a poco, Ideas de mi madre y de la muerte. Y recuerdo los versos de otros días; Aquellos seres místicos y raros, Que en su estricto lenguaje de armonías Traducen incurables desamparos; Y el epigrama en que, con hábil tino, La ironía, en epítetos de mofa. Vibra como una flecha de oro fino Sobre el arco de acero de la estrofa; Y los cantares que mi amor te expresan —:Estrofas agradables a tu oído—: En que las rimas dóciles se besan Tal como las palomas en un nido. Pues todas las canciones en que flota Algo mío, alegrías o dolores, Están en ti como en la misma gota De miel, los jugos de diversas flores. En las sombrías noches de ventura Guían con clara luz tus mismas huellas, Porque cuando el amor te transfigura, No tienes sombra como las estrellas. Renueva aquí, bajo el follaje espeso. La inquietud de los tálamos viudos, y te parecerá que a cada beso Brota una flor entre tus labios mudos. Cosecharemos flores; mi opulento Jardín, te brindará filtros extraños; Y como el dulce ruiseñor del cuento, Te encantaré en mi amor trescientos años.