Spanish poem
La voz de las campanas
by Luis Vicente Varela (1845–1911)
LUIS V. VARELA
Morte morieris.. (Gen Cap. II, v. 17).
En el alma aflijida Cuánta memoria triste se amontona! La voz de esa campana Que, lentamente, por los muertos dobla, Repitiendo en el pecho su tañido, Los recuerdos evoca! Parece que los manes de mis deudos
Sus tumbas abandonan, Y vienen á sentarse, entre los suyos, Del triste hogar á la tranquila sombra. Parece que, de nuevo, reverdecen Del tronco añoso las caidas hojas, Y en el huerto de zarzas y malezas Las rosas se perfuman y coloran, Cual si sonase, allá en el infinito, La trompa del Arcángel, que convoca A todo lo creado, Del Juicio Eterno en la suprema hora!
La vida, en sus radiosas armonías, Por todas partes su fulgor desborda ! Como un himno de gracias Los pájaros entonan, En medio de fragantes madreselvas,
Dulces gorgeos, con su voz canora; Y las flores, vivientes incensarios Que embalsaman las brisas voladoras, Hasta el azul sereno de los cielos Elevan sus aromas: Hay fiesta en el ambiente, que dilata La melodiosa onda Que lleva entre sus jiros fujitivos Las endechas del árpa trovadora ; Hay la fresca alegría de la dicha En el rayo de sol, que se arrebola En los átomos vivos del espacio, Y, luego, todo fecundiza y dora... Solo hay lúgubre noche de tinieblas, En medio de la luz esplendorosa, En el turbado espíritu del hombre Que escucha, entre sollozos y congoja, La voz de esa campana, Que, lentamente, por los muertos dobla.
¿Es solo sensacion, —fruto complejo Que músculos y nérvios elaboran,— Esta santa fruicion del sentimiento De aquel que á Dios adora, Del que ama á sus padres y á sus hijos, Y las dichas eternas ambiciona? ¿Es tan solo quimera la Esperanza, Perenne talisman que no se agota, y que guardamos lodos los mortales Como santa redoma, Que apaga, con su bálsamo divino, De la angustia la sed devoradora?
La carne de su ser perecedero! Yo siento tu presencia á cada hora!.. Te adivino en la noche que me envuelve Con su manto de sombras, Y en el rayo de luz, que me despierta, Al despuntar la aurora; En el trino del ave, que en la rama Del árbol se columpia cadenciosa, Y en el rujido con que al bosque aterra La fiera bramadora; En el céfiro blando y perfumado Que murmura en la fuente rumorosa, Y en el trueno, que estalla en la borrasca, Y retumba del mar entre las ólas! Yo admiro tu poder, y te venero, En tu grandeza ignota, Cuando veo los mundos siderales Que por el éter flotan, Y contemplo al insecto que se arrastra, Y á las plantas que brotan
Al solo impulso de la fuerza viva Que su sávia fecunda desarrolla. Todo eso, que me abisma y me confunde, Señor, eso es tu obra; Pero es pequeño el Universo mismo Con que tu inmensa potestad asombra, Ante el fúlgido rayo del espíritu, Que forma la corona De tu más grande creacion : el hombre! A sus plantas, nada hay que no deponga El cetro y el poder. A su mirada No hay molécula ó ástro que se esconda; Mas cuando á todos á su ley somete Con la idea ó la fuerza victoriosas, Éste soberbio pensamiento humano, De su orgullo insensato se despoja Al llegar hasta Ti, que, generoso, Su vanidad perdonas, Y enciendes en su pecho anonadado, Como suspiro de su alma absorta,
Esta sed insaciable de infinito Que al hombre siempre y sin cesar devora; Este anhelo vehemente del que espera Salir de esta existencia transitoria, Y habitar, por los siglos de los siglos, La Pátria Celestial que, acaso ahora, Nos recuerda la voz de esa campana, Que, lentamente, por los muertos dobla!
Si la idea fecunda de la ciencia, Que todo lo reforma Al golpe que le imprime el pensamiento, Con su potente fibra creadora, Fuese solo producto de elementos Que dentro del cerebro evolucionan, ¿Porqué no pensarían los cadáveres Que mantienen su forma, Y en cuyos hemisferios aún palpita La célula vibrátil, que funciona En tanto que la larva no destruya Su fuerza productora?
¿Porqué, tambien, como él no sentiría Visiones de la mente soñadora, Todo cuanto se ajita con la vida Y que solo en sustancia se transforma? ¿Porqué no piensa, leda, en los pensiles La flor fragante que en la tarde asoma? ¿Porqué no tiene concepcion de génio El libre bruto que en el bosque mora? ¿Porqué, como el astrónomo, no miden Las estrellas que jiran en su órbita Y siguen en su marcha á los cometas, Los peces que se ocultan en las óndas? ¿Porqué no han descubierto el infinito En el mundo invisible de la escoria, O en el aire que surcan en su vuelo, La débil y pintada mariposa, O el águila caudal, que cuelga el nido En la cumbre altanera de la roca? Nó! si el bruto y el pez, la planta, el ave Y cuanto existe en la natura toda,
Tienen vida fugaz de sensaciones y por instinto obran, No cultivan la flor del sentimiento, Ni piensan, ni razonan! Sólo un ser superior, un ser que fuese La imágen misma de tu esencia propia, Ha podido alcanzar á concebirte En tu magnificencia portentosa, Entreviendo en el mundo de su idea Toda tu inmensidad deslumbradora. Y es por eso, Señor, que solo el hombre Ha levantado templos en tu honra, Y que, en el dia del dolor supremo, Sólo ánte el Ara de tus Templos ora, Al escuchar la voz de esa campana Que, lentamente, por los muertos dobla!
II
Por acaso, no puedo proferirla Debajo de la cúpula sagrada, Donde la Iglesia de mi santo credo Sus altares levanta; Humilde me prosterno solitario, Y, en la noche callada, Cuando no turba el vuelo de mis preces, La ajitacion mundana, Elevo, en el silencio del insomnio, Mi súplica, formada De ternura, de amor y bendiciones, Que el lábio mudo á traducir no alcanza.
Como lejano faro de mis noches, La vision de mi madre idolatrada! Oigo su voz que, cariñosa y suave, Modula una palabra, Que mi boca repite, sin conciencia De que le reza al Ángel de la Guarda; Y la miro despues, cuando, más tarde, Austera me enseñaba, Con la leyenda de mi propia estirpe, La historia americana, Encendiendo, en el niño balbuciente, La inextinguible llama Que nos lleva, en el curso de la vida, A honrar á Dios y á defender la Patria! Y mi mente tambien hace memoria De que triste, ajitada, En medio de efusiones y caricias, Mi madre me narrava, La trajedia del dia de infortunio En que, una mano airada,
Me arrebataba al padre, derribando Con implacable saña, El protector abrigo de los míos, El fuerte tronco de la encina magna!
Me sentí débil, y temí el naufragio, Mas, en medio á mi noche desolada, Su recuerdo indeleble Fué puerto de bonanza, Donde siempre encontré seguro asilo, Y dulce paz y venturosa calma!
De algun desamparado, que reclama, En la hora del tránsito, Tributo de oraciones y de lágrimas ... Ese bronce que jime plañidero, Como arpéjio de música lejana, Cual si fuesen acordes fujitivos De las celestes árpas, Es la voz del Autor del Universo Que á las conciencias habla, Recordando que, el paso por el mundo, Es solo una jornada, De esta ruta en que el hombre, combatiendo En perpétua batalla, Vá buscando alcanzar la recompensa Que su Fé le señala en lontananza!
Castigando en el réprobo y el justo Del primer hombre la primera falta! Ante ella, nada importa la fortuna, Ni la grandeza, ni la gloria humana, Que el ántro misterioso de la huesa, A todos nos iguala, Sin que pese, en el fallo de los juicios, De Dios en la balanza, El oropel con que á los muertos viste El nécio orgullo ó la soberbia vana! Es la voz elocuente que recuerda Que si, al nacer, lloramos la desgracia De llegar á la tierra Con la cándida frente maculada, Podemos, de la vida en la milicia, Reconquistar la gracia Y morir sonrientes, Divisando, entre luces de alborada, La gloria prometida al varon justo Como inmortal albergue de su alma!
Siempre que siento que á mi oido suena Esa voz que nos llama A orar, en medio al sufrimiento propio, Por los que fueron en el mundo párias, Mi pecho enternecido Devoto les consagra, Todo el recuerdo que dejó en mi seno De sus virtudes la memoria cara.
III
De su vida mortal, nada hay que ignore Tu ciencia sacrosanta; Mas, al ménos, Señor, el lábio puede, En ferviente plegaria, Pedirte que concedas el reposo A todos los que amaba, Y que fueron errantes peregrinos De Fé sincera y celestial confianza! Puede decirte que tambien tuvieron, En las caídas de su senda ingrata, Su Cruz y su Calvario, Precedidos del Huerto y la Montaña, y si al subir hasta tu Trono Santo, No llevaron de mártires la palma, El dolor que sufrieron en el suelo, Para probarte su martirio basta! Ampárales, Señor; y si mi ruego A conseguir no alcanza, La paz de sus espíritus, acaso Te mueva á la piedad, la continuada
Oracion que, por ellos, te dirije Aquella noble anciana Que ha contado los dias de su vida Por los de su desgracia, Y que ostenta la aureóla del martirio En la blanca corona de sus canas.
Tú que sabes que, «triste hasta la muerte», Imploró atribulada A esa Madre sublime de las madres, Que su favor derrama, Sobre lodos los seres que, contritos, Su intercesion reclaman, — Protéjela, Señor! Sobre su frente Celeste rayo de tu lumbre irrádia, Que ilumine la noche de sus penas Con fulgores del alba; Protéjela, Señor! Y, como prémio De su vida angustiada, Aparta los escollos del sendero Que recorra su planta; Concédele á sus horas alegrías Que compensen las lágrimas Que ha vertido, sin trégua, á cada instante, De su existencia amarga, Y, en el dia supremo en que la llames A descansar de su fatiga aciaga,
Para dar á su espíritu selecto La dulce paz y venturosa calma,— Haz que ascienda tranquila, En la espiral del humo que levantan La mirra y el incienso en tus altares, Su alma siempre blanca!
IV
Los objetos se pierden y se borran, En el azúl sombrío de los cielos, Las estrellas tachonan El manto inmenso, que cubriendo al mundo Le sirve de dosel cuando reposa. Ya no cantan las áves en el prado, Ni suspiran las árpas trovadoras, Ni los rayos del sol amaneciente En cambiantes de lúces se trasforman; Ya no ostentan sus flores Las madreselvas tiernas y frondosas! Ora pliegan su tallo delicado Y, débiles, se doblan Anegado su seno, por las perlas Del llanto del aljófar; Ya la fresca alegría de la dicha Su fulgor no desborda... Sólo la negra oscuridad desciende Sobre el suelo dormido en esta hora! En su quietud, naturaleza entera
Parece que solloza, Cuando, tímida y queda, se estremece Al soplo de las áuras vagarosas, Que susurran gimientes elegías, Formadas de doloras Y endechas de las fuentes cristalinas, Repetidas por palmas rumorosas.
Y ya no existirán muchos que oyeron La primer campanada dolorosa! Mas no muere el que acaba la existencia. Y vive del amor so la custodia, Dejando que repitan sus virtudes Los vivos ó la historia. Solo sucumben, y muriendo mueren Aquellos que abandona El olvido, en el borde del sepulcro! De los muertos la sombra Turba el placer de la radiosa fiesta: Si la vida es muy corta, Ménos dura el recuento del que espira; Que tarda más en consumar su obra El gusano voráz, que en extinguirse La llama que consagra una memoria!
A cuyo abrigo dormirá mi cuerpo El sueño eterno de la eterna sombra! Y cuándo, melancólico, se pierda El día, en la penumbra misteriosa En que el cielo y la tierra se confunden, Mientras la Estrella del Pastor asoma, Como un faro encendido en el vacío En la noche del Gólgotha, Yo sé que mi alma subirá á los cielos, Sobre el ála piadosa, De las preces de aquellos que me amaron, Que hoy me aman y que lloran,— Y que han de orar, cuando á su oído llegue Del céfiro en las ondas, La magestuosa voz de esa campana Que, lentamente, por los muertos dobla!
Buenos Aires, 1891.