Spanish poem
15 De Septiembre
by Manuel Acuña
Después de aquella página sombría En que trazó la historia los detalles De aquel horrible día, Cuando la triste Méxitli veía Sembradas de cadáveres sus calles; Después de aquella página de duelo Por Cuahulemoc escrita ante la historia, Cuando sintió lo inútil de su anhelo; Después de aquella página, la gloria Borrando nuestro cielo en su memoria No volvió a aparecer en nuestro cielo. La santa, la querida Madre de aquellos muertos, vencedores En su misma caída, Fue hallada entre ellos, trémula y herida Por el mayor dolor de los dolores... En su semblante pálido aun brillaba De su llanto tristísimo una gota... A su lado se alzaba Junto a un laurel una macana rota... Y abandonada sola como estaba, Vencido ya hasta el último patriota, Al ver sus ojos sin mirada y fijos, Los españoles la creyeron muerta, Y del incendio, entre la llama incierta La echaron en la tumba con sus hijos... Y pasaron cien años y trescientos Sin que a ningún oído Llegaran los tristísimos acentos De su apagado y lúgubre gemido; Cuando una noche un hombre que velaba Soñando en no sé qué grande y augusto Como la misma fe que le inspiraba, Oyó un inmenso grito que le hablaba Desde su alma de justo... —Yo soy— le repetía, Descendiente de aquéllos que en la lucha Sellaron su derrota con la muerte... ¡Yo soy la queja que ninguno escucha, Yo soy el llanto que ninguno advierte!... Mi fe me ha dicho que tu fuerza es mucha, Que es grande tu virtud, y vengo a verte; Que en el eterno y rudo sufrimiento Con que hace siglos sin cesar batallo, Yo sé que tú has de darme lo que no hallo: Mi madre, que está aquí porque la siento.— Dijo la voz y al santo regocijo Que el anciano sintió en su omnipotencia, —Si el indio llora por su madre, —dijo, Yo encontraré una madre para ese hijo, Y encontró aquella madre en su conciencia. A esta hora, y en un día Como éste, en que incensamos su memoria, Fue cuando aquel anciano lo decía, Y desde ese momento, patria mía, Tú sabes bien que el astro de tu gloria Clavado sobre el libro de tu historia, No se ha puesto en tus cielos todavía. A esta hora fue cuando rodó en pedazos La piedra que sellaba aquel sepulcro Donde estuviste, como Cristo, muerta Para resucitar al tercer día; A esa hora fue cuando se abrió la puerta De tu hogar, que en su seno te veía Con un supremo miedo en su alegría De que tu aparición no fuera cierta; Y desde ese momento, y desde esa hora, Tranquila y sin temores en tu pecho, Tu sueño se cobija bajo un techo Donde el placer es lo único que llora... Tus hijos ya no gimen Como antes al recuerdo de tu ausencia, Ni cadenas hay ya que los lastimen... En sus feraces campos ya no corre La sangre de la lucha y la matanza, Y de la paz entre los goces suaves Bajo un cielo sin sombras ni vapores, Ni se avergüenzan de nacer tus flores, Ni se avergüenzan de cantar tus aves. Grande eres, y a tu paso Tienes abierto un porvenir de gloria Con la dulce promesa de la historia De que para tu sol nunca habrá ocaso... Por él camina y sigue De tu lección de ayer con la experiencia; Trabaja y lucha hasta acabar esa obra Que empezaste al volver a la existencia, Que aún hay algo en tus cárceles que sobra, Y aún hay algo que el vuelo no recobra, Y aún hay algo de España en tu conciencia. Yo te vengo a decir que es necesario Matar ya ese recuerdo de los reyes Que escondido tras de un confesonario, Quiere darte otras leyes que tus leyes... Que Dios no vive ahí donde tus hijos Reniegan de tu amor y de tus besos, Que no es el que perdona en el cadalso. Que no es el del altar y el de los rezos: Que Dios es el que vive en tus cabañas, Que Dios es el que vive en tus talleres Y el que se alza presente y encarnado Allí donde sin odio a los deberes Se come por la noche un pan honrado. Yo te vengo a decir que no es preciso Que muera a hierro el que con hierro mate, Que no es con sangre como el siglo quiere Que el pueblo aprenda las lecciones tuyas; Que el siglo quiere que en lugar de templos Le des escuelas y le des ejemplos, Le des un techo y bajo dél lo instruyas. Así como en tu frente Podrás al fin ceñirte la corona Que el porvenir te tiene destinada; Él, que conoce tu alma, que adivina En ti a la santa madre del progreso, Y que hoy ante el recuerdo de aquella hora En que uno de sus besos fue la aurora Que surgió de tu noche entre lo espeso, Mientras el pueblo se entusiasma y llora, Té viene a acariciar con otro beso.