Spanish poem
La Gloria. Pequeño Poema En Dos Cantos. Canto Primero. La Cabeza Sin Corona
by Manuel Acuña
Como decir veinte años es lo mismo Que decir corazón, ternura, amores, Arranques, heroísmo, Cielos, celajes, pájaros y flores, Y a falta de otros útiles mejores Tener para salvar cualquier abismo Las alas del lirismo, Que si no son muy buenas, no son malas Porque al cabo y al fin siempre son alas, Ya que de comenzar entre los modos Tengo por fuerza que escoger alguno, No pudiendo a la vez usar de todos, A fin de no pecar por importuno Y, lo que fuera peor, por indigesto, Ya que en esto me auxilia la memoria. Que no siempre me auxilia como en ésto, Seguro de que todo lo reúno, Diré que Pablo, el héroe de esta historia, Se hallaba entre los veinte y los veintiuno, Al dar principio al poema de la gloria. Así es que aunque muy alta La bohardilla en que vive, y aunque pobre, Porque si tiene mucho que le falta, No tiene en cambio nada que le sobre; El muchacho contento en su pobreza Desde el obscuro fondo de su pieza, Si sabe que hay un mundo es solamente Porque así lo ha aprendido de la gente, Pues él con otro mundo en la cabeza De su bendita edad bajo la calma, No cree que exista más naturaleza, Que la que todo joven lleva en su alma.
Pobre razonamiento Que arrastrando en su vuelo al sentimiento, De esperanzas origen tan fecundo, Hace que el hombre triste, Desconozca este mundo donde existe Hasta la hora de entrar al otro mundo... Pues aunque esos rateros Que en español se llaman desengaños Lo dejan de ilusiones casi en cueros, Sin que haya una ilusión que no le roben; Él, en medio de propios y de extraños Sostendrá con su ciento y pico de años Que la alma es siempre nueva y siempre joven.
Pablo, apartado por la negra ausencia Del dulce hogar donde la luz del día Vio por la vez primera en la existencia, Siente frecuentemente Esa vaga y letal melancolía Del que tiene una madre y en su frente No puede recibir, porque está ausente, Los besos que su madre le daría; Ve a su padre muy lejos A través de unos cielos muy obcuros; Y extrañando su voz y sus consejos Halla que, visto bien, no eran tan duros Los que él llamaba achaques de esos viejos; Recuerda a sus hermanos Con quienes en las horas del cariño Jugaba esos mil juegos soberanos Que ocupan en la edad en que uno es niño La alma al dormir y al despertar las manos... Y pensando en todo eso Que por haber pasado le parece Más bonito y más triste por supuesto, Se aflije, languidece, Y para hacer más rápido y más pronto El término que falta a su carrera, Se levanta, y después de —Soy un tonto— Coge el libro y estudia una hora entera. Y estudia... y dan las dos de la mañana Que lo encuentran despierto, Y dan las tres, y con el libro abierto Lo sorprende la luz por la ventana... Pues aunque Pablo sepa Quu no hay fuerza o vigor que no se acabe Cuando se abusa más de lo debido, Ve que su aliento juvenil se agosta, Y arrojando esa máxima al olvido, Sigue siempre lo mismo, decidido A ser un hombre sabio a toda costa.
achaques de esos viejos
Mas no vaya a pensarse que esto es todo Lo que hace que él trabaje de ese modo. Pues queda y falta por decir que Elena, Que es muy hermosa y además muy buena, Le dijo el otro día Que le gustaba mucho la poesía, Y que si amarle más posible fuera, Aún más de lo que le ama le amaría Si él supiera decir lo que sentía De la misma manera Que un poeta cualquiera Tratando de decirlo lo diría; Y como Pablo, en cuanto a Elena toca, Nunca ha sabido despegar la boca Mas que para rendirse a sus antojos, Ha visto en la mirada de sus ojos Que de ahí en adelante Si ha de decirles a sus labios —rojos— Tendrá para encontrar el consonante Que ponerse de hinojos, Y queriendo agradarla a cualquier precio, Aunque nunca jamás ha escrito una oda, Por no hacerse acreedor a su desprecio Pensó en una oda y escribió tan recio Que en menos que lo digo, la hizo toda.
La oda era muy buena. Como es fácil pensarlo; pero Elena, Que se oía llamar la más hermosa De todo el universo, Y esto no en simple prosa sino en verso, Lo cual, como se ve, ya es otra cosa, Radiante de alegría Propuso que la prosa Abolida por siempre quedaría En cuantas cartas él la escribiría; Y Pablo, que no hay modo de que pueda Resistir a un capricho de su amada, Tras de —la prosa queda desterrada— No supo más que contestar—pues queda. Y así con la alma henchida De ternura y pasión por su querida, La escribe diariamente Una carta de dos o de más hojas, Donde forzosamente Hay muchas frases débiles y flojas, Pero en cambio también y de repente Alguna que por nueva y por valiente Recuerda a los Quintanas y a los Riojas; Pues Pablo en fuerza de escribir cuartetas Y de educar el gusto y el oído, Ha conseguido al fin ser aplaudido Y al nombre y apellido de otros poetas Ver agregar su nombre y su apellido.
Y ésto, que el pobre mozo Se encontró con grandísimo alborozo Cierta vez que un periódico leía, Se lo enseñó a su amada Con mucho del rubor y la alegría Del que por vez primera Mira una cosa suya publicada, Cuando ha sido, además, acompañada De una lisonja o de una flor cualquiera. Cuán cierto es que la gloria Brotando de la cosa más sencilla Toma las formas de lo real y brilla De la ambición en la óptica ilusoria, En dos líneas o tres de gacetilla Que allá en la soledad de una bohardilla Se aprenden muchas veces de memoria.
Llena de regocijo Por la prueba de amor que le presenta, Quedó Elena con ella tan contenta Que queriendo hablar mucho nada dijo: Mas si no pudo hablar porque su boca No estaba en aquel punto para eso, En cambio le abrazó como una loca Y le dio de su dicha en un exceso Que casi casi en la demencia toca, Un beso de esa especie que provoca A hacer interminable cada beso.
Pablo, que en la pasión en que se ardía Por la graciosa Elena, Al pensar en el beso de aquel día, No acertaba a encontrar ni comprendía Que pudiera existir cosa más buena, Henchido de esperanzas y risueño Como aquel que no lleva en su memoria Ni aun la sombra del duelo más pequeño, Al entregarse aquella noche al sueño No soñó en otra cosa que en la gloria. Sobre su altiva frente Brillaba inmarcesible y refulgente La corona inmortal de la victoria; Y entre el inmenso aplauso que la gente Alzaba vitoreándole a su vista, Con esa buena fe de todo artista Que se siente muy grande interiormente Cree que el laurel de triunfo que conquista La gloria misma lo tejió en persona, Aunque sabe muy bien que su corona Salió del obrador de una modista.
Sueña con que su nombre Dicho siempre entre muchas alabanzas Ha hecho concebir mil esperanzas De que tenga la patria otro gran hombre. Y de tan dulce sueño despertando Y al despertar quedándose suspenso, Se incorpora en el lecho meditando Con un placer inmenso, En que si la ansia noble que le apena Llegase al ñn a realizarse un día, Al corazón que ha consagrado a Elena Su corona de poeta agregaría.
Y Pablo, a quien le sobra Fuerza y valor porque le sobra afecto, Concibe en su interior un gran proyecto Y sin pensar en más lo pone en obra; Llegando a tal extremo en su demencia Y a tal punto llegando en su arrebato, Que ha olvidado los libros y la ciencia Sin ver que está enfermándose de ausencia Su pobre madre que le dice—¡ingrato!
¡ingrato!
Y es que aunque Pablo quiere a su familia Con el afecto de un amor gigante, Por más que lo medita y lo concilia Siempre halla que el esfuerzo que lo auxilia Nunca llega a auxiliarle lo bastante; Que en la eterna vigilia En que vive soñando con su amante, Ésta, que toda su memoria llena, Le hace olvidar la obligación, de modo Que él sólo dice que ha pensado en todo Si ha pensado en la gloria y en Elena.