Spanish poem
Dos Lustros Ya De Plácido Sosiego
by Manuel José Quintana (1772–1857)
Dos lustros ya de plácido sosiego Sobre el regazo de la paz hermosa Gozado el mundo había; Y adormecido el fuego De la discordia atroz, la espada ociosa Entre el polvo y orín se consumía. Nada turbó las cándidas auroras De tan dulce quietud; logró en su asilo El labrador tranquilo Ver coronadas de su afán las horas. Más sangre y fuego respirando viene Con violento ademán Mavorte fiero, Y a la cumbre escarpada De la antigua Pirene Sube ardiendo en furor; cruje el acero, De su carro espantoso, y empuñada La mortífera lanza que blandea, Mueve sañudo la execrable frente, Y en su rabia impaciente Cebarse en llanto y mortandad desea. Tronó su voz; al escucharla entonces El suelo en luto y en pavor gemía Destrozado, oprimido Con los enormes bronces, Vio la flor de la Hesperia que corría De la bélica trompa al gran sonido. ¡Míseros! id donde el honor os lleva, Ardiendo en ansia de funesta gloria; Volad a la victoria, Y haced de vuestro aliento heroica prueba ¿Qué lograréis? El monstruo abominable De vuestra insana ceguedad riendo, Da la señal; ya sube Del cañón formidable, Al cielo vuestros crímenes diciendo, De fuego y humo la ondeante nube. Retumba el aire, y pavoroso esconde Los gritos, el terror, el triste estrago; El amago al amago, La cólera a la cólera responde, Muerte horrible a la muerte. Así espantoso Bate las altas cimas de Apenino El Aquilón sañudo; A su ímpetu fragoso El cedro añoso y el soberbio pino, Sin encontrar a su defensa escudo, Caen; y el hondo valle estremeciendo, Por los ecos alígeros llevado, Asorda dilatado De caverna en caverna el ronco estruendo. Y en medio de la lucha fulminante Es el furor tan bárbaro y tan ciego, Que ni la tierna esposa Ni la afligida amante Templar podrán de la contienda el fuego Con su memoria tierna y dolorosa. Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles! Y acaso aspiran a dorar su estrago Con el falaz halago Del carro triunfador y sus laureles. Mas no; junto a la rueda sanguinaria Van la viudez y la orfandad que lloran. Monarcas de la tierra, ¿La mísera plegaria No escucháis de los pueblos que os imploran? Poned, poned un término a la guerra; Y si el rayo, el relámpago y el trueno Vuestro poder mostraron a porfía, Ya es bien que luzca un día, Debido a vuestra unión, dulce y sereno. Le dais por fin; a vuestra voz levanta En el aire la paz de su alma oliva La bienhechora rama. ¿No veis cuál se adelanta A aplaudiros la tierra, y cuán festiva Bendice vuestro nombre y os aclama? ¡Salud, divina paz! Eterna amiga De la vida y del bien, ven, y en contento Convierte el desaliento, Y en sosiego apacible la fatiga. Ven, y que la amistad, que la preciada Virtud prodiguen sus inmensos bienes: En esto ¡oh Diosa! emplea Tu protección sagrada. Tú fecundas el mundo y le sostienes, Tú le das ornamento y se hermosea; Bajo la sombra de tu augusto velo Las artes viven en concierto amigo, Y seguro contigo, El Genio extiende su brillante vuelo. A ti en los templos el incienso humea, A ti las musas su divino acento Sonoramente envían; Y en cuanto el mar rodea, En cuanto ilustra el sol y gira el viento, De ti sola su bien los pueblos fían. ¡Ah! Maldición eterna al inhumano Que, profanando la quietud del suelo, Muestre en bárbaro anhelo Ardiendo el hierro en su homicida mano! ¡Maldición, maldición! Corren veloces Los ríos a la mar; nosotros ciegos Al crimen y a la muerte Nos llevamos feroces, Sin atender a los humildes ruegos De la virtud, sin escuchar la fuerte Lección del tiempo, que incesante clama. ¡Triste destino! El hombre fascinado Va siempre al carro atado De la ambición frenética que brama. Pues si negado a tantos escarmientos, Siempre ha de ser que el universo gima En guerra y en crueldades, Dejad vuestros asientos, ¡Oh montes! y cayéndonos encima, Feneced de una vez tantas maldades. Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas. Hasta que, sepultado el ancho mundo En tu abismo profundo, Por siempre en él nuestra impiedad escondas.