Spanish poem
Desnudez
Con velo de mantillas te mostraste al nacer. Tú, la vida, a los pastores, rendido sobre el tronco del pesebre cuando sonó el ejército del cielo Lucas II, 14. Gloria y paz; mas ahora, ya desnudo y sobre el tronco de la cruz, deslumbras al Sol, que su fulgor ante Ti apaga, Luna de Dios, y a tu mudez responde la del orbe. Porqu eres Tú la vida Juan I, 4. para los hombres luz, y así al morirte se quedaron a oscuras; mas tu muerte fue oscuridad de incendio, fue tiniebla de amor abrasadora, en que latía de la resurrección la luz. Corona tu desencarnación y cumplimiento de la obediencia que encarnarte hiciera. «Yo soy la esclava del Señor—tu madre Lucas I, 38. dijo sumisa—, según tu palabra que se haga en mí»; y a su obediencia el Padre rendido, la Palabra que es la Vida hizo alumbrar en cuerpo a los vivientes y le envolvió de carne en los pañales. Y al ir a muerte esa Palabra dijo: «¡Se haga tu voluntad, y no la mía!»; Lucas XXII, 42. y al desnudarte, Luna del espíritu, la oscuridad eterna quedó en cueros. Es tu cuerpo desnudo la Palabra, 1 Pedro II, 2. la leche racional y sin engaño; pues que no le hay en el desnudo cuerpo. No Te avergüenzas Tú de presentarte Génesis II, 25; III, 10. en carne ante tu Padre. Adán de susto se huyó de ante el Señor cuando se viera frente a su cara en cueros. Fue la ciencia de su desnudo el vengador espejo. Cuando el pecado les abrió los ojos, Génesis III, 7. desnudos conociéndose, zurcieron con hojas de la higuera delantales. Dónde meter su miedo Adán no supo Dios al llamarle: «¡Adán!»; pero nosotros sabemos ya esconderlo en buen seguro tras tu inocente desnudez. Nos limpia su resplandor la mancha del pecado, Romanos VII, 23-24. que a su blancor se borra. Ya desnudo vuelves al Padre como de Él saliste; por la ley del espíritu tus miembros se rigen, y tu cuerpo sin mancilla lo es de vida. Dejas que se repartan Mateo XXVII, 35. guerreros tus vestidos, que a ese leño te han sujetado: vestirán tus ropas, mas no tu desnudez, que es la que salva. Y como flor de desnudez corona tu cabeza la henchida cabellera de nazareno, ¡tu blazon! Revista tu desnudez, Señor, sobrevestido de nuestra muerte, ¡y que la vida lleve lo que en nosotros es aún mortal!